De la crítica a la acción o la parálisis

RAFAEL DOMINGO | Uno de los debates que se suscitan hoy en día acerca de la política en general, y de la organización partidista en particular, sobre todo a raíz del movimiento indignado del 15-M, del clima extendido de corrupción y de la situación general de crisis, no solamente en términos económicos, sino de valores y de incentivos para la participación política, es si se va a plasmar o no en los resultados electorales esa aparente nueva dinámica de relaciones entre los ciudadanos y sus potenciales representantes.

Vemos en tertulias y charlas políticas diversas que hay defensores de la idea rupturista con los partidos “viejos” (PP-PSOE-IU-PNV-CiU-CC, etc.) enfrentados a otros que todavía defienden, no solo el modelo que está representado en esos partidos, sino que éstos se van a ver más reforzados aún, cuando lleguen las correspondientes citas electorales.

Entre unos y otros están muchos ciudadanos que asisten, perplejos en ocasiones, a un escenario donde hay un número de propuestas más o menos novedosas, que ha crecido de manera significativa. Si en el período 2004-2010 se dieron de alta 1052 agrupaciones y partidos políticos, en el período 2010-2013, ya van 784 altas, según los datos del Ministerio del Interior.

Estos datos pueden resultar contradictorios con los mensajes de desafección política que, un día y otro también, nos llegan desde los medios de comunicación, o mejor dicho, desde determinados creadores de opinión.

Dependiendo del enfoque que el creador quiera dar, podremos escucha o leer un mensaje optimista, en el que, a pesar de que se observa esa desafección, se la pone en positivo, como se puede deducir de este párrafo. A pesar de ésto, también existe una lectura positiva de la desafección. La desconfianza hacia la clase política no es sinónimo de pasotismo, como en ocasiones se interpreta, sino de ciudadanos más críticos y exigentes con el sistema. Quienes perciben a los políticos y a los partidos como problema tienen más estudios y se consideran más informados sobre política que el resto. Además, aunque están más insatisfechos con el funcionamiento de la democracia, muestran mayores niveles de apoyo a este sistema como mejor régimen político (barómetro del CIS de Noviembre de 2010)., publicado por Sandra León, o por el contrario, podemos escuchar o leer un mensaje pesimista, pormenorizador de todas las “desgracias” que nos aquejan como sociedad, que nos conduce a un callejón sin salida, o si hay salida, nos la muestra como un acto desesperado de quien ya no tienen ninguna opción válida a su disposición y tiene que “reventar” por algún lado, como nos señala Luis Arias Argüelles-Meres en su publicación.

En la historia de los partidos políticos hemos conocido fases, todas ellas como consecuencia de una dinámica de estímulo y respuesta a situaciones nuevas.

Cuando surgieron los partidos de elites, no se hacían necesarias organizaciones centrales ni una gran cantidad de militantes, pues el fundamento de estos partidos era que los pocos afiliados eran autosuficientes en recursos, y tenían una fuerte vinculación local. En este modelo, el nexo afectivo al partido era en base a los intereses concretos que defendían, y el predominio es de la estructura del partido en las instituciones.

Al aparecer los partidos de masas, ya se hizo necesaria una organización central fuerte, a la par que los recursos debían provenir de todos los afiliados, no solamente de los dirigentes. En este otro modelo, la afectividad viene dada por una visión teleológica del vínculo. Defienden intereses de clase, mayoritariamente de los trabajadores, pero dotándolo de un enfoque ideológico. Aquí se da una fuerte unión entre los afiliados y la organización central.

Cuando los partidos se quisieron abrir a un mayor número de simpatizantes (que serían votantes potenciales), se convirtieron en partidos catch-all,  o partidos “atrapalotodo”. En este modelo, la organización central y los militantes quedan supeditados a la influencia del aspecto institucional del partido, que ocupa cargos públicos y recauda recursos públicos a la organización, en una relación conflictiva. Digamos que el vínculo afectivo, en este caso, pasa a ser deudor de qué sector predomine en ese conflicto.

Ahora nos enfrentamos a uno de esos momentos de crisis. Los vínculos han cambiado, de nuevo. Está muy claro que las organizaciones centrales de los partidos no van a poder retomar el protagonismo que en su día pudieron tener, así como los militantes tampoco podrán pretender hegemonizar las líneas clave de enfoque ideológico de los partidos. En cuanto al sector institucional (cargos públicos), cada vez va a ser más evidente que su labor va a estar más fiscalizada y observada, tanto desde el partido mismo, como desde la ciudadanía en general.

Tal vez ya no se vaya a dar un nexo afectivo basado en intereses concretos, sino que se prime mucho más un compromiso más general con el sostenimiento de la sociedad en unos estándares de bienestar, hoy en día muy restringidos con la excusa de la crisis económica. También es posible que los nexos teleológicos pierdan peso, si no es en el sentido de un renovado “Humanismo”, entendido como un propuesta moral de organización social, donde el protagonista esencial pase a ser, de verdad, el ser humano y sus necesidades, en un esquema de diferenciación partidaria entre movimientos ecológicos (en su acepción más amplia) y defensores de la sociedad del crecimiento.

En homenaje a Antonio Machado, que también es susceptible de verse transformado por la dinámica de los tiempos, podemos citar una frase cierta, que parece estar sacada de algún manual filosófico, que viene a decir: “El futuro no está escrito. No hay destino sino el que hacemos por nosotros mismos”, aunque la dijera un personaje de ficción en la película Terminator 2, parafraseando al famoso “Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”.

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