El fracaso de los “Indignados”: ¿Por qué no hay una verdadera revuelta social en España?

SILVIA BRASA | Es mucho más fácil escuchar lo que uno quiere oír y que desde fuera se refuercen las quejas o se asiente el desanimo. Chomsky o el propio Hessel han reflejado por escrito de que modo se manipula cada vez más a la sociedad. Cualquier ciudadano de a pie que se queje sobre la crisis económica, su nueva situación laboral, la hegemonía de poderes externos al gobierno propio, a cual más lejano de las inquietudes y necesidades de la gente, es consciente de lo que muchos politólogos, sociólogos, periodistas o escritores, manifiestan públicamente erigiéndose en voz del pueblo.

Sin embargo, no es fácil encontrar a quien como Thoreau o Gandhi apostaban por un modo de cambiar el rumbo de los avatares de los pueblos aportando soluciones y no recordando carencias de sobra conocidas.

Mucho se escribió en su momento sobre el movimiento de los Indignados que surgió de forma presumiblemente espontánea y que tuvo gran repercusión internacional por el gran número de personas que durante unos días convocó en la plaza principal de la capital de uno de los países más grandes de Europa. En aquellos momentos, en España, todavía no se había alcanzado el dramatismo económico actual, ni se sufrían los dictados de la llamada Troika, ni tampoco se habían impuesto decretos ley que recortan derechos sociales con total impunidad.

La supuesta espontaneidad del movimiento es falsa por el simple hecho que se necesita tiempo para organizar cualquier evento y más si en se desea que intervengan un número importante de personas. Con el paso de las horas y gracias a que el descontento era cada vez mayor y la ilusión por ver como los jóvenes a los que se les creía carentes de ideas e ideales salían a la calle, el éxito de afluencia superó con mucho lo previsto inicialmente. Lo que si puede calificarse casi de espontánea fue la disolución de los Indignados o el 15M o cualquiera de los nombres que disgregaron aquello que en principio parecía buena idea.

Un año después, en 2012 comenzó a ser visible otro movimiento en Portugal “Que se lixe a Troika” (¡Que se jo** la Troika!) con las mismas nulas posibilidades de éxito que el de los Indignados aunque con un modus operandi muy distinto merecedor de otro post.

Cualquier sociedad, exactamente del mismo modo que asume una imposición, la rechaza firmemente si se ponen en marcha los mecanismos psicológicos adecuados. Indudablemente somos masa, seres que por nuestra naturaleza humana necesitamos apoyo de nuestros congéneres y que actuamos de un modo absolutamente distinto si estamos aislados o si nos vemos sometidos al imperativo de lo que haga o diga la mayoría.

Los Indignados presentaban muchas carencias que les abocaban al fracaso y cada una de ellas por separado les hacía inocuos para el gobierno del momento o para los poderes que pretendían transformar.

Cualquier movimiento social que busque un cambio en un régimen mayoritariamente aceptado y asentado en cualquier parte del mundo, aunque ello sea derivado del miedo a declararse contrario, necesita una estrategia clara y firme. Es impensable suponer que quienes ejercen el poder no tengan un plan para llevar a cabo sus objetivos, sean estos los que sean. Los Indignados carecían de un plan más allá del de exponer desde un movimiento con nombre diferente al que luego se le dío, Democracia Real, una serie de pautas que se suponía serían aceptadas como de hecho lo fueron inicialmente, por una gran mayoría de la población. El simple hecho de no tener un nombre concreto, de haber adoptado uno que daba título a una publicación de alguien con unas creencias e ideología concretas y otro que cuestionaba un sistema político, el democrático, cuyas normas se han aceptado ampliamente, disgregaría a corto o medio plazo las opiniones de quienes no veían una estrategia o una organización clara.

La supuesta democracia real defendida, era la de la Antigua Grecia asamblearia, o la mas cercana en el tiempo democracia directa suiza, sistemas muy difíciles de implantar en este momento de la historia o en una situación demográfica o institucional como la española actual. Es harto complicado modificar un sistema cuando el existente está perfectamente consolidado y no corre peligro de demolición por un desacuerdo mayoritario, imposible con métodos anacrónicos o que no se adapten a la idiosincrasia propia de la situación.

En España, con mayor visibilidad en Madrid, se producen desde que la situación económica y social ha empeorado a niveles de hace décadas, diversas manifestaciones con más o menos éxito, ahora disgregadas en colores, que identifican a diversos grupos laborales. Esta diversidad cromática española es en parte además debida a la particularidad de relacionar la bandera constitucional vigente en la actualidad, con un sistema disuelto como fue la dictadura. Así si cada gremio adopta un color, evita las discrepancias con los colores que deberían ser comunes. El divide y vencerás, se ha empleado con eficacia y astucia por los distintos gobiernos del actual periodo democrático español. Sin embargo la rojigualda es amplísimamente aceptada y defendida cuando se trata de mostrar el orgullo patrio en victorias deportivas. Es sorprendente que sea noticia que en algunas comunidades de un mismo país se vean banderas del mismo por las calles sin que haya un incidente cuando el motivo es la consecución de un campeonato internacional. Para que todavía el asunto cromático sea más complicado, el hecho de que se exhiban las banderas vigentes hace casi cien años, cuando se instauró la Segunda República, es algo tan normal como habitual por mucho que quienes las porten apenas sepan nada de aquella época.

Los Indignados se proclamaban carentes de líderes y cualquier movimiento ciudadano surge de alguna cabeza pensante, lo mismo que cualquier proyecto de la índole que sea y aunque es tan lícito como a veces necesario que esos líderes no sean visibles, la ausencia de una organización real comandada hacía imposible una puesta en común de acciones masivas porque se decidía sobre la marcha y grupos concretos, en un momento dado, aceptaban en votación medidas que no se comunicaba con suficiente amplitud a los ciudadanos. Mucho se habla de hasta que punto repercuten en las actuales revoluciones, las redes sociales o los medios tecnológicos para su divulgación y su posterior éxito. En España con más medios y mas libertad no se supieron aprovechar.

Otro tema en liza fue el de los violentos que boicotean sistemáticamente las manifestaciones pacificas surgidas tras la ocupación de la Puerta del Sol. Se ha debatido sobre ello tanto, como de la violencia que han empleado las fuerzas y cuerpos de seguridad que siguen ordenes y que posiblemente estén tan “indignados” o más que los propios manifestantes. Ese es un punto fundamental en contra de que un movimiento ciudadano pueda consolidarse en España. Se ha inculcado la repulsa a una bandera constitucional con el mismo empeño que la herencia de un pasado muerto y enterrado respecto a la ideología y modo de actuar de las fuerzas de orden público. De este modo se entra en un bucle: los violentos descontrolan una manifestación masiva ya de por si difícil de controlar, agreden a quienes están para proteger a esa masa y estos devuelven la agresión de modo cada vez más descontrolado. Nunca es disculpable ni aceptable, modo alguno de violencia en cualquier sociedad que se precie de ser civilizada y pacífica pero hasta cierto punto llega a ser entendible. Las fuerzas del orden también son ciudadanos que en muchos casos y en otras situaciones en países con mayor peligro y amenaza que España, se unieron a la protesta no obedeciendo a quienes les gobiernan porque el pueblo fue capaz de convencerles con su actitud que ellos estaban de su lado y que también les sentían como ciudadanos. Es curioso oír argumentos como que el propio atuendo de un policía es motivo temor a una agresión cuando por su propia naturaleza se trata de que el uniforme sea un elemento identificativo y disuasorio. Como tantas otras veces me remito al modo de hacer de otros países a los que tomamos como ejemplo en cuanto a educación y cultura (véase en este caso Austria).

La prensa, especialmente la de una ideología determinada, nuevo error y una falacia en cuanto a que en un supuesto país libre y democrático la información no debería tener un sesgo ideológico, dieron cabida y publicidad al movimiento naciente. Cuando un grupo que se manifestaba carente de líderes enviaba a determinados sujetos para realizar declaraciones aún más carentes de sentido, de base y de principios, de algún modo ponía cara y voz al movimiento. Muchos vieron así desvanecerse el humo que parecía adornar el ambiente y junto al que se decía flotaban cabezas pensantes que asesoraban, nunca liderando, el movimiento. Es terrible creer que determinadas declaraciones, faltas de educación y respeto a prensa, políticos y ciudadanos, salieran de una cabeza realmente inteligente con la firme creencia de cambiar un sistema político apelando a la ciudadanía mayoritariamente harta de tanta injusticia, corrupción y falta de respeto por los gobernados.

Tras descubrir “De la dictadura a la Democracia” de Gene Sharp, otro ser humano que como yo cree firmemente en que hay siempre un modo pacífico de cambiar el mundo, os recomiendo la lectura de su obra y el documental sobre su persona emitido en Documentos TV.

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Silvia Brasa

Estudios en ingeniería, politología y derecho. Experta universitaria en solución de conflictos y mantenimiento de la paz internacional. Mis intereses sobre todo se centran en diplomacia, relaciones internacionales, seguridad y defensa, estrategia y energía centrado en como influye en sus principales valedores y usuarios: las personas.

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