Una mirada crítica hacia el neoliberalismo

RAFAEL DOMINGO | No es inteligente hacer responsable a una ideología concreta del período de crisis actual, apoyándose para ello, exclusivamente, en percepciones superficiales o en sentimentalismos inoperantes. Yo pretendo que el lector de estas líneas pueda hacer una reflexión propia sobre determinadas propuestas realizadas desde el campo neoliberal, que más allá de mi propia opinión, les lleve a valorar si han sido o no influyentes en las decisiones tomadas por los dirigentes de la élite político-financiera de los últimos 30 años en el mundo occidental. Para ello, y tomando como válida, científicamente hablando, la teoría desarrollada por uno de los considerados ideólogos del nuevo liberalismo, Friedrich von Hayek, voy a apuntar diversos postulados, que a mi entender, subyacen en esa praxis citada.

Hayek entendía el concepto de “progreso“, en base a su previa asunción de los postulados de los ilustrados escoceses, tales como Hume, Smith o Ferguson, como resultado de un proceso de adaptación de los individuos a las circunstancias que les rodean. No hay planificación, sino acomodación a los diversos acontecimientos, y una selección de tipo “darwinista” de las más adecuadas y eficaces para las necesidades del grupo. La positivación posterior de esos comportamientos, por parte de los individuos, no diluye la premisa principal de que es esencial preservar la confianza acrítica en unos comportamientos que han demostrado su utilidad en el pasado, sin querer aspirar a más.

El concepto de “razón”, para Hayek, se asemeja a lo propugnado por Kant, en el sentido de que el hombre no es capaz de conocer las cosas y el mundo, tal como son. Existen unos límites infranqueables para la mente humana, que viene a ser una mera especie de “aparato clasificatorio” de datos, cuya adaptabilidad en ese funcionamiento viene dada por factores culturales, nunca por factores naturales del propio ser humano como tal. Como correlato de esta postura hayekiana sobre la razón, su dictamen sobre el “racionalismo” en la política es muy claro. Todas las ideologías que han basado su doctrina en el valor de las supuestas facultades racionales, solo pueden catalogarse como de pura arrogancia, y así lo expresa en su última gran obra La fatal arrogancia. El límite que dispone Hayek para tomar en consideración una ideología, en este terreno, es el grado que confiere la misma a su capacidad de dictar una razón “autónoma y autodeterminante”. Ese nivel de razón admitido por Hayek vendría a ser lo que Oakeshott define como “conocimiento tradicional”.

En cuanto al concepto “antropológico” del hombre, Hayek lo ve como un “animal social”, pero llega a ello tras una consideración muy elaborada y crítica de las capacidades individuales. Para él, el hombre ha llegado a donde ha llegado, por su capacidad de cooperación, y por ello somos sociables, no por ningún componente vocacional ni esencial. En cierta manera, su modelo se aproxima al “homo económicus” que maximiza de manera egoísta sus propias oportunidades.

Hayek entiende la historia como una sucesión espontánea de hechos, sin que exista una final cerrado de la misma, como buen seguidor de las teorías de Popper, al que debe un influjo temprano.. En su obra Camino de servidumbre señala que “a la larga, somos los hacedores de nuestro propio destino”, y que, “en la evolución social, nada es inevitable”. No obstante, sus observaciones de sociedades dispares, como la austriaca de los años veinte y la del Reino Unido de los años cuarenta del siglo XX, le lleva a concluir que puede admitirse que existan muchas probabilidades de un devenir semejante de acontecimientos para las mismas.

La visión de la política, en base a los preceptos anteriores, es de que su existencia solo se entiende como un control necesario del proceso evolutivo espontáneo, sobre todo cuando ese proceso sufre algún tipo de freno o injerencia extraña. Es un papel totalmente subsidiario de dicho proceso.

La “libertad”, en el ideario hayekiano es “libertad negativa” de manera absoluta, y dentro de ella, da una preponderancia jerárquica a la libertad económica por delante de la libertad política, clara y concluyente. Eso significa que, ante cualquier circunstancia de niveles diferentes de capacidad o dotación natural de los individuos, ello no debe incidir jamás sobre su ámbito de libertad, entendida de esa manera. Este rasgo empieza a colocar su doctrina muy lejos de cierto liberalismo social, como el propugnado por John Rawls. La “coacción” que supone para él, toda acción encaminada a restringir el aprovechamiento de las habilidades o de las rentas de cada individuo, para con ello transferir recursos a otros menos favorecidos, es una cuestión a evitar siempre.

Esta perspectiva de libertad, llevándola a su máximo, parece que conduce a su misma negación, si la entendemos como “poder”, lo que Hayek desmiente en sus aportaciones posteriores, previniendo sobre los falsos profetas de la libertad. Su verdadero paradigma es que la libertad es una condición necesaria para el progreso social, que la valida en la observación de su éxito, aunque ese éxito no lo describa en concreto, sino como un “desideratum” que se alcanza en mayor amplitud en los lugares donde aquella libertad impera, en contraste con los lugares donde el control político anula la individualidad.

Cuando Hayek habla de “igualdad”, lo hace bajo el paraguas del enfoque legal, más que del formal. La igualdad ante la ley es el objetivo, ya que, solamente ella, es compatible con al idea de libertad personal. Debe haber un marco de competencia, entre individuos y grupos, homogéneo y estable, que es el que garantiza que los recursos usados maximizan las posibilidades de cada cual. Cualquier otra igualdad choca con su visión neoliberal, viendo a la igualdad de resultados totalmente incompatible con ella. Y aquí viene una consecuencia derivada de que la legislación debe ser inflexible en su aplicación absoluta no discriminatoria: lógicamente tenderá a reproducir las desigualdades existentes en el escenario real de la sociedad.

La postura intermedia que detenta el concepto de “igualdad de oportunidades”, es vista por Hayek con buenos ojos en sus principios, pero con el devenir del tiempo, se muestra tremendamente escéptico con ella, pues observa la dificultad de integrarla dentro del “carácter impersonal del proceso evolutivo por el que cada uno corre con su suerte” (¡terrible afirmación!).

Avanzando en su razonamiento, la “justicia social” no es admisible en la teoría hayekiana. Incompatible con un Estado de derecho y con el concepto de libertad negativa. La “justicia distributiva es el caballo de Troya del totalitarismo”, viene a decir. El “mérito” o la “necesidad” son conceptos demasiado difusos, casi imposibles de ponderar, en una aplicación de su epistemología, por la cual, aunque existiera algún criterio de mérito moral, no hay capacidad en el individuo para aplicarlo. El único mecanismo distributivo admisible es aquel que viene dado por las propias percepciones de utilidad subjetiva que tiene cada individuo respecto a los demás, aunque ello conduzca a situaciones en las que su propia noción de sociedad meritocrática se contradice con ese sistema de recompensas del modelo de evolución espontánea del progreso, que defiende con tanto ahínco. Para salvar esa contradicción, simplemente propone obviar el concepto de “justicia” al atender las cuestiones de distribución de rentas derivadas del libre mercado. Justicia y mercado son incompatible. Así de claro.

Cuando aborda el concepto ligado de “libertad positiva y democracia”, se puede decir que no le otorga demasiada importancia, lo que le lleva a una constatación inquietante: “un pueblo libre no es necesariamente un pueblo de hombres libres”. La formalidad democrática está un nivel inferior en su consideración de los derechos del individuo. Su confianza en el papel de las mayorías es muy baja, observando muy críticamente el “interés general” como equiparable con la “voluntad mayoritaria”, vaciando de contenido el mismo componente esencial de la lógica democrática. Al no ser de recibo una defensa predemocrática del liberalismo, en los años en que desarrolla su actividad Hayek, establece un catálogo de acciones sobre las que el Estado, como expresión institucional de esa “mayoría”, puede operar, con un criterio restrictivo claro. Aquí subyace uno de los axiomas sobre los que gira la actual política económica: el adelgazamiento de todo lo proveniente del carácter “estatal” o “público”.

Entre las funciones que el Estado debe ejercer, según Hayek, prevalece la de preservar el “·orden espontáneo” del proceso evolutivo. Al ver la gente que es provechoso dicho proceso, no debería plantear especial dificultad dicha protección. Si así no fuera, el Estado deberá adoptar otra función, la de garantizar dicha situación de acomodación al modelo, mediante los instrumentos coactivos indispensables para ello, policía y justicia. Estos instrumentos serán dotado con todo lo necesario para ello, mediante una inversión pública, esta sí, plenamente justificable para el modelo hayekiano.

Para preservar esos objetivos, incluso sería necesario restringir elementos nucleares del sistema político de cualquier sociedad libre, como son los sindicatos, a los que Hayek ve como verdaderos frenos a la libertad auténtica (la de los empresarios, claro), además de ser poco eficientes en el sentido de restringir el mercado y la competencia. Cualquier decisión, como el establecer un salario mínimo (tema de actualidad), socava esa libertad ideal.

La economía, ejercida de manera estatal, y el modelo hayekiano, tienen un terreno de colisión, que se arregla conceptualmente dándole una especie de “salvoconducto” operativo al Estado, cuando se trata de mejorar la situación de determinados individuos o grupos. El gasto público es valorable como beneficioso siempre que vaya a potenciar al propio mercado (curiosa incoherencia). Entre las actuaciones admitidas están la creación, mediante legislación, de un marco de competencia efectiva, que garantice el adecuado funcionamiento del mercado, las tareas de utilidad pública en las que el sector privado, por diversos motivos, no encuentra suficientes alicientes para intervenir (obra pública generalmente), que condicionan el propio futuro competitivo del mercado, y las acciones en los sectores de sanidad y seguridad social, consciente de que la realidad impone que un numero importante de individuos no llegaría, por sí mismo, a poder sufragar ese gasto, pero siempre, en un régimen de no monopolio estatal de dichas prestaciones, y nunca a unos precios por debajo de su coste, en aplicación complicada de su filosofía, que conduce, en definitiva a que mucha gente, aun así, siga estando imposibilitada a acceder a las mismas.

La “lucha contra la pobreza” es vista por Hayek como algo a enfocar desde el punto de vista asistencial. No es una cuestión de derechos, sino una concesión del Estado, tal vez necesaria. En este punto, Hayek quiere separarse conceptualmente del otro liberalismo, representado por Dworkin o Rawls, que hace una separación entre los criterios de producción y distribución del capitalismo, aplicando virtudes al primero y denotando defectos en el segundo aspecto. Hayek no acepta esa especie de asunción de criterios socialistas en la ideología liberal, no admite una postura vergonzante en ese terreno, encuadrándose definitivamente en el ala conservadora del liberalismo.

Para estas acciones del Estado se necesitan recursos, y es en el terreno de la financiación donde se fijan los conceptos más operativos y funcionales de la ideología liberal-conservadora. Hayek viene a decir que, la mejor manera de actuar es “fijar un nivel adecuado de carga fiscal y luego, no antes, decidir cómo gastar lo recaudado”. Por supuesto, el impuesto sobre la renta es un anatema para esta forma de ver las cosas. Critica tanto la progresividad como el paulatino incremento de los tipos de gravamen. La progresividad lleva, según él, a una función, no solamente recaudadora del Estado, sino a una verdadera conformación de la propia sociedad, ajena al desarrollo evolutivo natural de la misma, mitigando las desigualdades existentes, que son connaturales a un modelo de libre competencia. También lleva su crítica sobre el aspecto marginal de la progresividad, quitando capacidad de conocimiento sobre el impacto del IRPF para las rentas altas, aun admitiendo que su marginalidad decreciente existe, y opinando que ello puede limitar las expectativas de un mayor crecimiento, si el uso de esos excedentes de renta requeridos se utilizaran por sus propietarios.. El aumento de los tipos de gravamen también lo contempla como poco recomendables, por su efecto “huida” y su subsiguiente consecuencia sobre la totalidad de la sociedad. El dinero está más rentabilizado en manos de sus propietarios naturales, para lo que propugna, en un principio, impuestos regresivos, pero ante su evidente imposibilidad, propone un tipo proporcional único de gravamen, tendencialmente reducido por supuesto, que Milton Friedman llegó a cuantificar en un límite inferior al 20%. El mensaje es que el modelo de IRPF aplicado por los socialistas o socialdemócratas es una expropiación en toda regla.

Con todo este ensamblaje ideológico, y llegados a este punto, aun no siendo exhaustivo el análisis realizado, podemos conformar ya un escenario en el que, al calor de las teorías descritas, mucho más elaborada claro está, gentes deudoras de esta ideología, como Milton Friedman y su Escuela de Chicago, han ido elaborando actuaciones que, bajo el paraguas del llamado “neo-liberalismo”, han conseguido, sobre todo a partir de los años setenta y ochenta, ir desmantelando mucho de lo construido bajo las premisas keynesianas prevalentes tras el fin de la 2ª Guerra Mundial.

Quisiera ampliar, con la opinión de un economista liberal como James Buchanan, esta reflexión sobre los conceptos “liberalismo” y “conservadurismo”. Buchanan se pregunta si Hayek no sería un conservador, sin más. Es posible que no sea tan simple la respuesta. El liberalismo no es homogéneo, aunque en sus orígenes sí lo fuera. Tanta raigambre liberal tienen los autores a los que Hayek ha denostado, como él mismo. Lo que pasa es que él ha decidido ocupar el sector más a la derecha del mismo. Este mismo razonamiento cabe para el socialismo, lógicamente. Tanto Bernstein como Lenin o Mao, son socialistas, pero distintos, tanto en los instrumentos como en los modelos definitivos de sociedad a la que aspiraban.

Hayek muestra una percepción muy débil de la capacidad del individuo y su naturaleza humana, se apoya mucho en la tradición y la religión, como garante de la misma, observa la democracia de una manera accidental, minimiza la atención a la igualdad de oportunidades y resultados, excluyendo taxativamente la justicia social del discurso liberal.

Su obra se ha utilizado sobremanera, como fuente de ideas para los partidos y los gobiernos, aumentado su auge, bajo esa denominación de “neo-liberalismo” o “neo-conservadurismo”, que le convierten en el pensador de cabecera de los artífices principales de la realidad socioeconómica de los últimos años, que nos ha conducido a la mayor crisis desde los acontecimientos de 1929, eso sí, en medio de toda una campaña mediática para hacer ver al mundo que, los mismos que fueron incapaces de solucionar las carencias de la humanidad aplicando dicha ideología, van a ser los que, sí o sí, nos den las soluciones definitivas. Ese es el “culmen” del engaño ideológico llevado a cabo, bajo mi corto entender, de manera premeditada y organizada, por una minoría, en contra de una mayoría que asiste, con indignación, a este espectáculo sin precedentes en la Historia.

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Rafael Domingo

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