Happy Birthday Consti

DANIEL ORDÁS | No voy a unirme al coro de los que desprecian la constitución y sus logros ni entonar el himno de quienes la mataron por beatificarla. Yo canto solo y a mi manera.

En las últimas conferencias y en varios foros me han pedido que, en vistas del aniversario de la Constitución, haga una valoración general de la misma. Esto no es posible por varias razones. En primer lugar no soy ni mucho menos experto en derecho constitucional español y en segundo lugar una constitución no es una obra de arte con un valor intertemporal. No es posible una valoración general de una constitución y menos en el caso de la española que nació de cesárea y con graves enfermedades infantiles.

En primer lugar, creo que es de justicia reconocer que el momento para negociar una constitución no era fácil. Se elaboró después de una larga dictadura que no había encontrado un final organizado tras un relevo planeado, sino que acabó por razones biológicas. Los “padres de la Constitución” que negociaban directamente y los que estaban detrás, eran hombres de los que algunos habían hecho la guerra unos contra los otros y, mientras unos habían gobernado, los otros habían estado en el exilio o en la clandestinidad. En estas circunstancias, que para mi generación suenan raras y para las generaciones posteriores suenan irreales, no se podía esperar una solución muy sofisticada y menos una que perdurara. Era la época de una Constitución provisional para salir del paso y para eso la Constitución de 1978 fue excelente. Era lo mejor que se podía conseguir.

  • Tenía tintes de federalismo y autogestión para satisfacer las reivindicaciones de las diversas nacionalidades que componen el Estado Español como reflejan el artículo 2 y el título VIII (sobre todo en su capítulo III) para satisfacer un poco a los regionalismos y nacionalismos.
  • Tenía un avanzadísimo catálogo de derechos y libertades (que superaba a los estipulados en muchas otras constituciones europeas de la época) para satisfacer un poco a los partidos de izquierdas.
  • Tenía el reconocimiento del derecho de participación y democracia directa recogido en el artículo 23 e insinuado en los artículos 87.3 (Iniciativa Legislativa Popular) y 92.1 (Referéndum) para satisfacer a los defensores de una democracia más desarrollada.
  • Tenía por otro lado la garantía de la unidad de España, artículo 2, de la Corona título II y del papel fundamental de la Fuerzas Armadas artículo 8 para satisfacer un poco al sector nacional-conservador.

Simplificando mucho el panorama, podríamos decir que en el encaje de bolillos de 1978 se intentó contentar a los 4 sectores relevantes: nacionalismos, izquierda, liberal-demócratas y nacional-conservadurismo. Había un poco para todos y cada cual se fue a su casa con la satisfacción de tener una constitución federalista-centralista con nacionalidades y unidad nacional, social-liberal, democrática-monárquica, civil con las Fuerzas Armadas como garante. Todos veían bonita a la novia desde otro ángulo y todos asumieron ciertas derrotas. Ese fue el gran logro de la época. Lo que nadie quiso ver fueron las contradicciones, sobre todo, porque estas sólo fueron creciendo con el tiempo. Cada uno estaba encantado con las semillas que había logrado plantar y éstas, en un inicio, no tenían por qué ser contradictorias. Así fue que cada uno se fue desarrollando en su cabeza la constitución que en 1978 hubiera querido y que en parte había conseguido. Nadie tuvo el valor de reconocer que la Constitución Española de 1978 es una constitución provisional para salir del paso. Una Magna Carta con muchas declaraciones sin desarrollar unas reglas del juego que daban cabida a muchas ilusiones. Una de las curiosidades de la Constitución del 78 es que no define quién compone España (ni se enumeran las provincias que ya existían, ni las Comunidades Autónomas, por el mero hecho de que aún no existían). Las constituciones de Holanda y Suiza definen su territorio en el artículo 1, la alemana en el Preámbulo, la austriaca en el artículo 2, la Constitución da por hecho que se supone más o menos cual es el territorio español. Alguna duda parece que sigue habiendo, véase Gibraltar, Perejil, islas Guedes, Pescadores, Ocea y Coroa. Aún hoy, la Constitución dice en su artículo 137 que el Estado se organizará en las “Comunidades Autónomas que se constituyan”. Esta misma frase demuestra que se trataba de una constitución provisional, de un primer paso, de una declaración de intenciones.

Es comprensible que en 1978 se hiciera una “constitución para todos los gustos” y se dejaran vivas ilusiones opuestas, incluso parece razonable que se mantuviera el inmovilismo del consenso de mínimos en los primeros años de la democracia, teniendo en cuenta la fragilidad de la criatura. Los gravísimos errores se cometieron a finales de los años 80. Una vez superada la Operación Galaxia y el 23F (y las operaciones que habrá habido sin que nos enterásemos), a finales de los 80 el ejército estaba bajo control civil y España bajo tutela europea, de modo que un golpe militar hubiera sido muy improbable. Por otro lado, aún existía un cierto consenso y una gran ilusión con la recién recuperada libertad, ese impulso no se aprovechó, para seguir desarrollando el sistema de convivencia. En aquel entonces ya estaban creadas y funcionando las Comunidades Autónomas. En un momento de prosperidad económica, en la que nuestros nuevos socios europeos sólo tenían que cuidar de dos recién nacidos (España y Portugal) y que de sus pechos aún no mamaban los hermanos que nacieron después de la caída del telón de acero, en ese momento hubiera sido la ocasión para aprovechar la dinámica, la estabilidad y la atención externa para poner las cartas sobre la mesa.

De nada sirve ahora lamentar las oportunidades perdidas, pero hay que conocerlas. Hay que apreciar los conseguido en el 78 y hay que ser consciente de lo que se podría haber hecho en el 86, cuando las distancias eran más cortas y las “constituciones individuales a la carta” no habían crecido aún en direcciones opuestas.

Hoy no nos queda más remedio que retomar la labor y seguir desde el punto al que hemos llegado. Hoy tenemos que ser sinceros y hacer una reforma que aclare la situación aunque rompa algunas ilusiones.

Muchos de los temas que hoy se debaten bajo el lema reforma constitucional no requieren ni mucho menos una reforma constitucional (incluso #Reforma13) es sobre todo una reforma de leyes y de desarrollo constitucional.

Con motivo de la celebración del Día de la Constitución nuestros empleados Rajoy y Rubalcaba han declarado que están hablando de la reforma de la Constitución, pero que dudan de que haya el consenso necesario y acto seguido se niegan a decir cuáles son las partes que creen que hay que reformar. Es más que curioso que hagan cábalas sobre nuestra “disponibilidad” si no nos dicen que quieren cambiar. Además parece ridículo que sean los líderes políticos los que crean que tienen que proponer los cambios constitucionales.

Sigo teniendo la esperanza de que el primer cambio sea la introducción de instrumentos de control y participación democrática. La posibilidad de los ciudadanos de lanzar Iniciativas Populares sobre las que se tenga que decidir forzosamente en Votación Popular y cuyo resultado sea vinculante. Este instrumento aumentaría la involucración e identificación de los ciudadanos con su estado y su política y a la vez generaría una presión positiva sobre quienes legislan por delegación, si saben que seguimos ahí durante toda la legislatura. Por otro lado es imprescindible la posibilidad de solicitar un Referéndum vinculante para rechazar una ley elaborada y aprobada por el parlamento. Solo si las personas en las que delegamos el poder saben que los seguimos controlando y que podemos intervenir, tendrán la necesidad de llegar a acuerdos y la capacidad de legislar por el “bien común”.

Una vez conseguidos los instrumentos de control y participación democrática todo se andará. No será necesario usarlos con mucha frecuencia, porque su mera existencia ya garantiza que nuestros delegados anticipen el control y actúen con moderación y espíritu de compromiso.

Reforma13.es

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Daniel Ordás Menéndez (Basilea, Suiza, 1974) es un abogado, autor y político suizo de origen español. Licenciado en Derecho por la Universidad de Basilea. Parte de sus estudios los realizó en la Universidad de Berna. Está casado y tiene tres hijos. En 2003 fundó el bufete de abogados Advokatur & Rechtsberatung TRIAS con dos socios www.advokatur-trias.ch. En 2007 se convirtió en uno de los primeros bufetes de Suiza organizado en forma de sociedad anónima. Desde 2011 es socio de otros tres bufetes en diferentes ciudades suizas. En 2012 fue editor de la revista política Statements. En varias entrevistas en medios españoles propuso introducir en España la democracia directa, pero no fue hasta 2012 cuando en plena crisis económica y política su reivindicación tuvo eco. Entrevistado por Jordi Évole en el programa “Salvados” de la cadena de televisión española La Sexta, su reivindicación llegó a un público más amplio. A raíz de varias entrevistas y de múltiples conferencias publicó el libro España se merece… Democracia directa. #Reforma13 es el hashtag bajo el cual se presenta una propuesta de los abogados hispano-suizos Daniel Ordás y Juan Cortizo, para reformar la Constitución española con el objetivo de introducir un sistema de democracia directa similar al que se practica en Suiza. La reforma incluye también los conceptos de políticos milicianos, listas abiertas, la reforma del Senado y del sistema electoral del Congreso de los Diputados con Escaños Compensatorios. Se presentó en mayo de 2013 en el libro España se merece… una re-Constitución.

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