El Partido Pirata de Alemania– De fenómeno político-mediático a desastre electoral

MICHAEL NEUDECKER | Hace dos años la política en Alemania vivió un fenómeno parecido al que hoy ocurre en España: el hastío del electorado hacia los grandes partidos provocó la irrupción en las urnas de una pequeña e inexperta formación. Durante meses, los medios de comunicación ensalzaron al Partido Pirata (Piratenpartei) e incluso dieron la bienvenida a una nueva forma de hacer política, fresca, joven, directa, más democrática y basada en las redes sociales. El éxito parecía arrollador e imparable. Sin embargo, en sólo dos años pasaron de una intención de voto del 13% (lo que les hubiera convertido en tercer partido en Alemania) a  un resultado del 1,4% en las pasadas elecciones europeas. 

piratenpartei berlin El Partido Pirata de Alemania (Podemos alemán)   De fenómeno político mediático a desastre electoral

Empezó como una pequeña e inofensiva expresión de rebeldía. El 10 de septiembre de 2006 nació la versión alemana del Partido Pirata, creado en Suecia ese mismo año con el objetivo de protestar contra las prohibiciones que los gobiernos europeos estaban legislando contra las descargas gratuitas de internet. Sus miembros eran pocos y pertenecían a un grupo social concreto y definido. Urbano, joven y “enganchado” a las nuevas tecnologías, según un estudio de la Central Federal para la Formación Política (Bundeszentrale für Politische Bildung).

Apenas nadie se hacía eco de sus actividades e incluso de su existencia más allá de la reducida comunidad de internautas activos. Eran una tribu reducida y homogénea. Pero súbitamente se dieron una serie de circunstancias que catapultaron al Partido Pirata al éxito y a la fama: la aparición de las redes sociales y el cansancio entre los votantes de los grandes partidos, CDU y SPD, que en ese momento compartían una gran coalición (2005-2009).

El desencanto de una parte cada vez mayor del electorado, sobre todo joven, con respecto a la política tradicional, abrió la puerta a los piratas que supieron enganchar perfectamente con ese estado de ánimo y acertaron tanto en el mensaje como en los medios de propagarlo. Mientras los grandes partidos todavía se preguntaban qué eran las redes sociales y para qué servían, los piratas ya estaban inundando Facebook y Twitter con su relato inconformista, rebelde y transgresor.

En los carteles electorales podía leerse mensajes como: “Preparados para cambiar”, “Somos románticos”, “Por fin gente normal”, “Existe una actualización para este sistema”, etc… Un lenguaje, unos temas y una forma de presentación que conectaban perfectamente con el electorado joven, urbano, usuario de las redes y muy crítico con el sistema de partidos tradicional. No podía fallar, y no lo hizo precisamente en el lugar más adecuado: Berlín.

Los buenos tiempos

El 18 de septiembre de 2011, justo cinco años después de su nacimiento, el Partido Pirata celebró su primer y espectacular éxito electoral: 120.000 votos, el 8,9% del total, en las elecciones al parlamento regional de Berlín. Fue una gran sorpresa y su inesperada victoria y el exotismo de sus miembros (iban disfrazados de piratas en la noche electoral) provocó las delicias de los medios de comunicación que rivalizaban en su entusiasmo a través de sus titulares. El semanario Focus tituló “Ola perfecta para los piratas”; Der Spiegel tiró por lo obvio (“Los piratas al abordaje del Parlamento”); y el periódico considerado más serio de Alemania, Die Zeit, apostó por las emociones: “El fundador de los piratas llora de alegría”.

Fue el comienzo de un fenómeno mediático sin precedentes en la política alemana. Los medios de comunicación competían por ofrecer el lado más simpático e idealista de estos novatos en la política alemana. Les atribuían valores como “inteligencia emocional”, “transparencia”, “participación”, incluso se les presentó como los adalides de la “democracia líquida” o “democracia 4.0”, según la cual la existencia de internet permite a los ciudadanos una participación directa en la toma de decisiones sin la necesidad de intermediarios.

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Eran el partido de moda. De la noche a la mañana todos querían conocer a los piratas y pertenecer al grupo. Según la web de datos estadísticos http://de.statista.com/, si los piratas tenían 11.720 miembros en diciembre de 2010 (11.394 en diciembre de 2009), en diciembre de 2011, tres meses después del éxito de Berlín, los afiliados ya se habían casi doblado hasta alcanzar los 19.200. Empezaba 2012 y la espiral de éxitos no tenía fin.

Llegaron otras elecciones regionales y el Partido Pirata aprovechó la ola para entrar en los parlamentos de los Länder de Sarre (con el 7,4% de los votos), Schleswig Holstein (con el 8,2%) y en el Land más poblado de Alemania, Nordrhein-Westfalen (con el 7,8% de los votos). La popularidad iba en aumento y con ella el número de afiliados, que en agosto de 2012 ya superó los 34.000 (tres veces más que antes del éxito en Berlín).

Pero la guinda llegó en abril de 2012, cuando en una encuesta del instituto Forsa se atribuyó al Partido Pirata una intención de voto directo del 13%, lo que hubiera convertido a los piratas en el tercer partido a nivel federal por encima de Los Verdes (Die Grünen). Su popularidad era tan grande que uno de cada tres votantes alemanes sentía simpatía hacia ellos e incluso podría imaginarse votarles en alguna ocasión.

La decadencia

Todo iba viento en popa para los piratas hasta que se dieron de bruces con la realidad. En pleno auge de su popularidad, comenzó la decadencia. Surgió una brecha insalvable entre la dirección del partido, los recién nombrados diputados y el resto de la base de militantes.

Cuando los diputados de los piratas empezaron a conocer las rutinas parlamentarias se dieron cuenta de que no eran compatibles con la transparencia y la participación directa que les exigían sus bases. Los militantes querían tomar todas las decisiones, hasta las más nimias. Esto chocaba con las complejidades técnicas de la vida parlamentaria. La elaboración y presentación de iniciativas parlamentarias, enmiendas, preguntas, etc. Todo debía ser sometido a la democracia directa. Un imposible para el día a día de un grupo parlamentario.

Los piratas entraron en una contradicción interna grave. Por un lado se mostraban como los únicos defensores de la democracia directa y los únicos que la aplicaban gracias a internet. Era su seña de identidad, el elemento que les diferenciaba del resto de partidos. Sin embargo, a la hora de querer trabajar en la política real, esa participación directa y la transparencia en internet “demostraron ser una maldición, ya que la propia dirección terminó por despedazarse en público a través de las redes sociales” (Der Spiegel).

Surgieron varios conflictos: por un lado entre la dirección y la militancia de base, que calificó a sus dirigentes de traidores por no someter la totalidad de su actividad a referéndum electrónico (incluso se llegó a debatir seriamente celebrar congresos online), y entre la misma élite del partido por falta de un proyecto común y de disciplina a la hora de asumir las decisiones.

Es decir, el Partido Pirata acabó sufriendo la contradicción de ser un partido que funcionaba como partido y que quería estar en un parlamento, pero que abjuraba a los cuatro vientos de su naturaleza de partido. En la propia esencia de su éxito estaba la semilla de su fracaso, ya que los electores les eligieron por ser diferentes al resto de partidos, incluso por ser un no partido, y por eso mismo se acabó rompiendo y hundiendo porque no pudo ser operativo en el parlamento.

Lo que siguió fue un camino de sufrimientos y muerte lenta para los piratas. Solamente entre noviembre de 2012 y enero de 2014 celebraron cuatro congresos en los que la ejecutiva fue cambiando de nombres sin cesar. Las luchas internas se hacían cada vez más encarnizadas y de la imagen de modernidad, juventud y frescura, se pasó rápidamente a la del ridículo. Los medios de comunicación dieron un giro de 180 grados en el contenido de sus informaciones, y el Partido Pirata dejó de ser el referente de la nueva política para convertirse en un ejemplo de decadencia y de utopía mal gestionada: El periódico conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung escribía: “Los piratas: anatomía de un desastre”; el semanario Der Spiegel se preguntaba “¿Ha fracasado el experimento de la democracia líquida?”; incluso el diario de izquierdas berlinés TAZ (muy próximo al segmento del votante de los piratas) publicó una guía de “9 pasos para la autodisolución” del Partido Pirata.

El fenómeno mediático se acabó convirtiendo en un infierno y la imagen de los piratas se arruinó con la misma rapidez con la que se encumbró. Las consecuencias electorales no se dejaron esperar. En las elecciones generales al Bundestag el pasado septiembre de 2013, los piratas solamente consiguieron el 2,2% de los votos y no pudieron superar la barrera del 5% para tener representación parlamentaria, cuando tan solo un año y medio antes las encuestas les daban el 13% de intención de voto. Las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo, generalmente propicias para el voto protesta, el resultado fue aún peor: un 1,4%.

Ante esta experiencia surgen una serie de preguntas: ¿Son los piratas de Alemania una lección para otros fenómenos políticos y mediáticos? ¿Puede funcionar una organización política en un sistema de partidos sin ser un partido? Y, en definitiva, ¿puede una organización que se convierte en fenómeno mediático sobrevivir a las modas?

Fuente: Ssociologos.com

 

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Michael Neudecker

Michael Neudecker (Núremberg, 1977), es periodista y politólogo, profesional de la comunicación política de origen alemán. Su experiencia profesional ha transcurrido hasta el momento en el ámbito de las corporaciones locales, el parlamento regional de Madrid y la redacción de El País donde aprendió su oficio. Ha colaborado como analista en diferentes páginas web y mantiene dos blogs personales donde escribe sobre historia (La Vida de los Años http://vidayeltiempo.blogspot.com.es) y sobre análisis político y de comunicación (Las Reglas del Juego http://mneudecker.blogspot.com).

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