Un triste doce de octubre

CARLOS JAVIER ARROYO | Madrid, 8 de junio 1640. La cortesanos más influyentes están reunidos en el Real Alcázar de la capital para intentar atajar la gran multitud de problemas que masacran el país -a los que ahora se ha sumado la rebelión de los catalanes y no tardará en hacerlo la de los portugueses-. Asfixiada, España sigue dominando medio mundo mientras el otro medio le declara la guerra, desangrándose cada vez más y con ella su ya paupérrima población. En la reunión se debate -muy al estilo español- de manera acalorada. Cada cual cree llevar la razón y tener la solución para todo. Y cuando parece encontrarse alguna salida común siempre hay alguien que ve dañados sus intereses personales y se niega a ir por esa vía aun sabiendo que sería la correcta. En lo único en lo que todos coinciden es que aquella catástrofe no es culpa suya, sino de los enemigos del país. Se niegan a hacer autocrítica.

Entonces, tras la infructuosa discusión, alguien murmura y amargamente dice que los verdaderos problemas no venían de Flandes, ni de Francia, ni de los corsarios ingleses, ni del gran turco, sino que el peligro estaba allí, en aquel mismo alcázar.

Y es que quizás no hayamos cambiado tanto. Y no sólo por lo de que las aguas estén revueltas en Cataluña, sino por lo de que nosotros mismos, los españoles, representamos nuestro mayor peligro y más grande amenaza.

Muchas son las veces que me he preguntado sobre qué es eso de ser español –pues no me lo enseñaron en el colegio-, y la verdad, a día de hoy sigo sin tenerlo del todo claro. No entiendo por qué está socialmente mal visto ni por qué nos produce vergüenza el serlo. Siempre he intentado explicármelo de tal forma que quizás la Historia sea la responsable de esto pues aún está viva la asociación entre el hecho de ser patriota y todo lo que supuso en ese ámbito la dictadura franquista. Pero hay un error, en el régimen se inculcaba el nacionalismo, y éste no debe ser confundido con la actitud de querer al país. Jamás he creído ni creeré en ningún tipo de nacionalismo, una ideología retrógrada que choca con el actual objetivo humano: la Globalización. Sin embargo, el patriotismo es algo diferente, es algo natural en toda persona. Es el hecho de sentirte apegado a una tierra, a una cultura, a unas costumbres, a una forma de ser y de ver la vida. Es sentir rabia cuando las cosas no funcionan bien en esa patria. Es querer volver a ese sitio cuando no tienes dónde ir. Es el lugar en que te sientes a gusto y con los tuyos, donde ves que existe un colectivo que te acepta. Ser patriota no es, pues, nada malo ni antiguo sino un sentimiento que se deriva de la necesidad que tenemos como seres humanos de integrarnos en una sociedad. Y al sentir que formamos parte de ella luchamos por defenderla.

De modo que, como decía Elvira Lindo, soy español, pero sin dramatismos, oigan. Alejado de todo tipo de españolismo reaccionario. Y creo en el patriotismo como forma de cohesión social, siempre que éste sea verdadero, al estilo del que demostraron los escritores de la Generación del 98, aquellos a los que “les dolía España”. Y no como ése que siguen algunos y que se fundamenta en besar y jurar la rojigualda en actos públicos para después evadir impuestos o pensar únicamente en intereses propios desdeñando los del conjunto. Patriotismo es mucho más que una bandera, y para los que así lo creen Manuel Azaña acuñó un término perfecto: banderitos obtusos, fanáticos y cerriles. Desgraciadamente, estos últimos han sido los que han manejado las altas instituciones en la mayor parte de las ocasiones y, como se estamos descubriendo ahora con la ingente cantidad de casos de corrupción que se están destapando, anteponían sus preferencias a las de la ciudadanía, demostrando que para ellos su patria es su patrimonio.

Cierto es que corren malos tiempos para sentirse español. A los fallos estructurales que ya teníamos (problemas territoriales, obsolescencia del Sistema Educativo…) en los últimos años se han incorporado el paro, la creciente desigualdad social, el expolio de las instituciones y un largo etcétera. Tan cruda es la realidad del momento que a veces pienso en los sonetos tan buenos que escribiría Quevedo sobre la situación actual si levantase la cabeza. Estamos –y eso lo sabemos todos- plagados de problemas, algunos de ellos graves, sí, pero tan importante es ver los errores para enmendarlos, como saber ver las virtudes para protegerlas y si es necesario mejorarlas. Y en eso fallamos. Ese pesimismo histórico que recorre e invade todos los rincones de nuestra tierra nos impide ver que nuestras virtudes también son abundantes. Nuestra lengua (hablada por 500 millones de personas y subiendo, y que ha dado algunas de las mejores obras de la Historia), nuestra literatura, nuestro arte, nuestro patrimonio, nuestros derechos… y todo lo que conseguimos mediante la lucha, el esfuerzo y el compromiso de gente como Giner de los Ríos, Clara Campoamor, Unamuno, Lorca, Suárez… Eso debe ser para nosotros la patria. Sus logros son los que deben inspirarnos para evitar que lleguen al poder banderitos tales como Bárcenas, Blesa, Pujol… y otros tantos cuyos nombres me produce vergüenza escribir tan cerca de esos que sí fueron patriotas de verdad y que sí se dejaron la piel por los ciudadanos.

Por la memoria de todos los que han aportado talento a España, de todos los que lucharon por construir un país mejor, de todos los que creyeron en nuestras virtudes… sería un error histórico dejar que una banda de pseudopatriotas eche aún más por tierra la moral social y todo lo que este país significa y por lo que murieron miles de personas.

Así que hoy, ya que es un triste Doce de Octubre y no hay nada que celebrar, aprovechemos para hacer autocrítica. Dejemos que la sensatez se levante y nos haga ver que si el problema somos nosotros, en nosotros está la solución.

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Carlos Javier Arroyo

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