Ulrich Beck y la exigencia de una nueva cultura política

MIGUEL PRESNO LINERA | Ha muerto Ulrich Beck. Con un mero carácter de recordatorio apunto, en muy pocas e incompletas palabras, algunas de sus reflexiones sobre el papel de la política en esa “sociedad del riesgo” en la que vivimos.

En primer lugar, Beck explica el cambio que ha experimentado la política en un contexto de riesgos que se agudizan: sólo una parte de las competencias en decisiones que repercuten en la sociedad quedan vinculadas al sistema político y subordinadas a los principios de la democracia parlamentaria. Otra parte se sustrae a las reglas del control político y su justificación y se delega a la libertad de inversión de las empresas y de investigación de la ciencia. Poco a poco el progreso -una especie de previa aceptación de fines y consecuencias que ni se conocen ni se mencionan- sustituye al consenso.

De esta manera, las instituciones políticas se convierten en asunto de un desarrollo que ni han planificado ni pueden reorientar y del que, sin embargo, en cierto modo, han de responder. Por otra parte, las decisiones en economía y en ciencia presentan una carga de contenido político real sobre la cual los agentes no poseen ninguna clase de legitimación. Las decisiones que cambian la sociedad no se producen en ningún lugar expreso; se dan sin voz y de forma anónima.

Los políticos se ven obligados a dirigir el viaje hacia un lugar desconocido con el gesto aprendido de la confianza en el progreso, como si fuera su propio mérito, pero utilizando un único argumento: que no existe otra alternativa. El carácter forzoso y la ausencia de decisión no se cuestiona, lo que completa su (no) legitimación democrática.

Como resultado de todo ello nos encontramos ante la pérdida de función del sistema político: las capacidades de decisión institucional se han debilitado y la vida política, en los centros originariamente previstos para la formación de esa voluntad, pierde sustancia y amenaza con petrificarse en rituales. La política ha dejado de ser el lugar central, o por lo menos el único, en el que se decide la transformación del futuro social.

La consiguiente insatisfacción por la política es no sólo descontento con la propia política sino que sobre todo expresa la desproporción entre la autoridad oficial, que se presenta como política y es impotente, y una transformación amplia de la sociedad que lenta, aunque constantemente, pierde capacidad de decisión y se encuentra relegada al terreno de lo no político.

Por supuesto, eso no significa que la política estatal sea impotente: conserva su monopolio en los ámbitos militar y exterior, así como en la aplicación de la violencia estatal para el mantenimiento de la seguridad interna.

Frente a todo ello cabe defender una nueva cultura política donde los derechos fundamentales sean palancas de una descentralización con efectos a largo plazo; estos derechos se refuerzan entre sí, lo que potencia el “contrapoder de la base” y de las “instancias subordinadas” frente a intervenciones indeseables “desde arriba”. Y es que la cesura creciente y cada vez más perceptible entre las reclamaciones ciudadanas y su representación en el espectro de los partidos dota de más fuerza y apoyo a las iniciativas ciudadanas y a los nuevos movimientos sociales.

La emergencia de una nueva cultura política descentralizada ha generado, en palabras de Beck, unas redes de cooperación o de rechazo, de negociación, de reinterpretación y de posible resistencia de manera transversal a toda la estructura vertical y horizontal de capacidades y competencias. Todo ello propicia nuevas reivindicaciones que convierten la mera votación en algo insuficiente y propio de la paz y del carácter autoritario de las relaciones dominantes.

Se trata, pues de que los partidos y las instituciones asuman que han dejado de ser el único ámbito en el que, en palabras de Ulrich Beck, se decide la transformación del futuro social. La democracia exige una noción distinta de lo político y otras instituciones más ajustadas a unos ciudadanos conscientes de sus derechos y dispuestos a la participación. 

Pd. el análisis de Ulrich Beck me resultó de gran ayuda para tratar de explicar el papel de los partidos políticos y los movimientos ciudadanos en la sociedad del riesgo y la desconfianza.

Fuente: El Derecho y el revés

 

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Soy profesor titular de derecho constitucional en la Universidad de Oviedo y estoy acreditado como catedrático de derecho constitucional. Hice estancias de investigación en las universidades de Pisa y La Sapienza (Italia), Friburgo (Alemania) y Nueva York. Mis líneas de trabajo, sobre las que he publicado varios libros y artículos, son los derechos fundamentales como núcleo esencial de la democracia, el sistema de partidos, el derecho electoral y parlamentario, la autodeterminación personal frente al paternalismo estatal y las transformaciones del estado de derecho. También he escrito varios textos sobre cine y derecho. Comparecí en el Congreso de los Diputados para valorar las propuestas de regeneración democrática, en el Senado la reforma del tipo de voto, en la Asamblea de Madrid la propuesta de reforma electoral y en el Parlamento asturiano la propuesta de reforma electoral, el proyecto de ley de buen gobierno y el de transparencia. Colaboré con algunas asambleas del movimiento 15M, especialmente en la iniciativa Por la democracia directa, y participo en proyectos de cooperación al desarrollo a través de la ONG Ingeniería sin Fronteras-Asturias. Agenda Pública editó mi libro El 15M y la promesa de la política. Soy editor del blog El derecho y el revés. En mi Página web académica pueden consultarse la mayoría de los libros y artículos publicados.

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