La Libertad de Expresión no es negociable

JORGE ALEXANDRE | Parece innecesario, se invoca de forma habitual, pero hoy considero una obligación escribir unas líneas acerca de la Libertad de Expresión, porque entre otras cosas nunca es mal día para recordar lo imprescindible de algunos Derechos. Se han escrito ríos de tinta sobre la Libertad de Expresión: desde el punto de vista del periodismo, del derecho, de la sociología o de la ciencia política por citar algunos campos. Por ello, en estas líneas, lo único que pretendo es expresar la fundamental importancia del mismo desde una perspectiva general en el ámbito de la existencia humana y el desarrollo de una sociedad libre.

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Y es que la Libertad de Expresión no es sólo un Derecho civil o constitucional, sino que se encuentra elevado al rango de Derecho Humano (art. 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1949), algo que ya de por si da muestra de la relevancia del mismo en el desarrollo de las sociedades libres y plurales. Tal Derecho no sólo implica la libertad de poder manifestarse libremente, sino que además se extiende al Derecho a no ser molestado a causa de nuestras opiniones. Con su elevación al rango de Derecho Humano se completa un proceso de concepción histórico, cuyo origen es antiguo pero su determinación se produce durante la Ilustración, la evolución hacia el estado liberal clásico y las sociedades democráticas, que hoy en día lo entienden irrefutablemente como fundamental.De esta forma el disenso, la capacidad de opinar de forma diferente, así como de poder manifestarlo públicamente, se convierte en el pilar básico sobre el que desarrollar una sociedad plural y democrática, una sociedad abierta al debate, y por lo tanto, una sociedad moderna y progresista en el más amplíosentido de la palabra.

Tanto es así que precisamente, quizá sea la Libertad de Expresión el primer Derecho que nos viene a la mente cuando hablamos de gobiernos totalitarios, incluso por delante de otros que, apriorísticamente, pueden ser más importantes.Y esto es así porque la capacidad de poder expresarnos libremente sin poner en riesgo nuestra propia existencia es una de las cosas que nos permite disfrutar de otros Derechos en plenitud.

En España, tras el paréntesis democrático que supuso el franquismo, la Constitución Española de 1978 consagró de nuevo la Libertad de Expresión en su artículo 20.1 y nuestro Tribunal Constitucional ha tenido oportunidad en numerosas ocasiones de referirse al mismo. Por su elocuencia, cabe reproducir lo que nuestro máximo intérprete de la Constitución refería allá por 1981, y es que “el art. 20 de la Constitución, en sus distintos apartados, garantiza el mantenimiento de una comunicación pública libre, sin la cual quedarían vaciados de contenido real otros derechos que la Constitución consagra, reducidas a formas hueras las instituciones representativas y absolutamente falseado el principio de legitimidad democrática que enuncia el art. 1.2 de la Constitución, y que es la base de toda nuestra ordenación jurídico-política. La preservación de esta comunicación pública libre sin la cual no hay sociedad libre ni, por tanto, soberanía popular, exige la garantía de ciertos derechos fundamentales comunes a todos los ciudadanos, y la interdicción con carácter general de determinadas actuaciones del poder” (STC 6/1981 de 16 de marzo).

Es decir, la Libertad de Expresión no es sólo una libertad individual básica sino que se configura también como un elemento conformador de nuestro sistema político democrático. Por ello, nuestro Tribunal Constitucional ha ido más allá, y ha señalado-casualmente en directa relación con lo acontecido-que la Libertad de Expresión comprende también la libertad de crítica “aun cuando la misma sea desabrida y pueda molestar, inquietar o disgustar a quien se dirige, pues así lo requieren el pluralismo, la tolerancia y el espíritu de apertura, sin los cuales no existe sociedad democrática” (STC 174/2006, de 5 de junio).

Como es lógico, la Libertad de Expresión, aunque generalmente prevalente, no es ilimitada, y debe respetar el honor y la dignidad de terceros, incluidos pueblos o religiones en su conjunto, como pueda ser la musulmana, estando prohibidas las manifestaciones vilipendiadoras, racistas o humillantes así como aquellas que incitan directamente a dichas actitudes, cuya determinación corresponde exclusivamente a los Tribunales de Justicia a través de los procedimientos y garantías democráticamente establecidos.En todo caso, si difícilmente se puede entender que unas viñetas puedan ofender objetivamente a una persona (menos aún a ‘un pueblo’ en su conjunto), lo que es incomprensible es que la realización y publicación de las mismas pueda provocar los sucesos acontecidos.

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En conclusión, debe recordarse que los asesinatos de París, además de ser un execrable crimen contra determinadas personas libres, es un atentado contra la esencia misma de la Democracia, así como la dignidad de todos los ciudadanos que creemos y trabajamos por una sociedad libre y plural. Y es que, en definitiva, sin Libertad no puede haber Democracia. Y acabar con la Democracia es precisamente el objetivo de estos asesinatos. Algo que todos nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, estamos llamados a evitar.

PD: si, Libertad de Expresión, hoy más que nunca, se escribe con mayúsculas.

 

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Jorge Alexandre González (Madrid, 1985), es Doctor cum laude en Derecho por la UCM, así como Máster en Derecho Parlamentario, Elecciones y Estudios Legislativos y Máster en Derecho Público. Experto en Compliance por la UC3M y la UPF, ha centrado su carrera en los ámbitos del Derecho penal y constitucional. Abogado de profesión, ha sido colaborador honorífico del Departamento de Derecho Penal de la Facultad de Derecho de la UCM y fue Secretario General de Grupo en el Congreso durante la X Legislatura.

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