La democracia y sus desafíos en América Latina

ALEJANDRO ESPÍ | Decía Sartori[1] que un sistema democrático es ubicado por una deontología democrática, y ello porque la democracia es, y no puede ser desligado de aquello que la democracia debería ser. El autor italiano nos introduce en una reflexión sobre el funcionamiento de todo sistema democrático, al que se le presuponen unas garantías y mecanismos para la consecución de unas metas. Si bien la gran mayoría de países latinoamericanos se asientan hoy sobre democracias consolidadas, es decir, que se ajustan a un sistema competitivo y multipartidista, con elecciones periódicas libres y secretas, con ausencia de pucherazos electorales, y con pleno respeto a la dignidad humana; no todos los países parecen encajar en su totalidad en estos principios característicos de la deontología democrática citada inicialmente por el politólogo.

Las democracias en América Latina, si bien han acabado consolidadas y fortalecidas tras los procesos democratizadores y de integración regional, no han continuado una línea de mejora progresiva de elevada ascendencia tras su implementación. La debilidad institucional y una ciudadanía poco participativa, inciden en un lento avance de la democracia y consecuentemente, dificulta la mejora de la calidad de la misma. De hecho, según el informe del Latinobarómetro del año 2008, el 70% de los ciudadanos y ciudadanas de la región cree que la democracia gobierna para “los intereses de unos pocos grupos poderosos”. El mismo organismo en 2011 sacó a relucir que un 50% de los ciudadanos en América Latina sostenía que podía haber democracia sin Parlamento, y el 56% decía no estar satisfecho con la democracia. Sin embargo, los datos no pueden negar la mayor; y es que en la región la democracia se ha afianzado como el único medio legítimo de acceso al poder, de cambio social y de garantía de progreso.  

América Latina ha de afrontar un futuro incierto y complicado. Incierto por su peculiar situación socioeconómica, pues el expansionismo económico que ha vivido en los últimos años no ha conseguido erradicar plenamente la pobreza, la desigualdad social y mucho menos la inseguridad ciudadana, aunque ciertamente hayan habido mejoras significativas en numerosos aspectos. Y complicado, dado el recelo ciudadano al sistema democrático, quizá justificado en la situación socioeconómica que aquellos atraviesan. En cualquier caso es incuestionable considerar que no puede existir democracia sin derechos humanos, y viceversa. Precisamente por este último aspecto, la alarma internacional continúa sonando ante tanto atisbo de desacato social que emerge en países de la región en los últimos meses y que demanda una respuesta inmediata.

Tras estas circunstancias, cabe entender que la norma suprema que nos gobierna, y que precisamente ampara y protege nuestros derechos y libertades, no nos puede garantizar con fiabilidad que el legislador consiga establecer los mecanismos efectivos para el cumplimento de su contenido. La tarea futura pasa por no desistir en la labor legislativa, atendiendo a los problemas sustanciales de la ciudadanía y adaptando las Constituciones a la realidad de cada país, para que el potencial legítimo que la caracteriza no pierda sentido. Ello acompañado de una educación en valores democráticos y participativos, para que la ciudadanía de América Latina continúe siendo exigente con sus gestores públicos, pero lo efectúe sintiéndose cómoda conviviendo en democracia.

A lo largo de la historia hemos sido capaces de partir de la dominación y privación de la libertad de los seres humanos hasta llegar a un constitucionalismo garante de la dignidad humana, acogedor de derechos y libertades fundamentales y desarrollador de mecanismos legales para su completa protección. Los Estados actuales, democráticos y de derecho en su inmensa mayoría, son una oportunidad para el progreso de nuestras sociedades, y no podemos permitir caer en su cuestionamiento. En América Latina, tras haber transformado la región, las democracias constitucionales coexisten hoy bajo serias amenazas, que a su vez se convierten en retos para el fortalecimiento y desarrollo normativo y constitucional.

Esos desafíos por considerar y resolver son diversos; dar respuesta al debate democracia representativa-democracia directa, atajar los índices de corrupción, de desigualdad social y de género, de pobreza e inseguridad ciudadana, así como una mejora de la legitimación de las instituciones públicas y los partidos políticos. Son algunas de las metas que tiene por delante la democracia latinoamericana para mejorar su calidad y hacerse más sostenible y plural. También para igualar entre sí las democracias de los países de la región, pues todavía distan significativamente unas de otras.

Latinoamérica nunca lo ha tenido fácil, pero la voluntad política ha sabido siempre revertir las dificultades en respuestas y soluciones. Los procesos de integración de la región son una excelente oportunidad para continuar fortaleciendo las democracias, atajando los problemas, previniéndola de las amenazas de toda índole y mejorando la calidad de vida de sus ciudadanos y ciudadanas; es decir, lo que la democracia debería ser.  

[1] Democrazia cosa é (Traducción: ¿Qué es la democracia?), 1993. Giovanni Sartori. 

The following two tabs change content below.

Alejandro Espí

Alejandro Espí Hernández (1992). Graduado en Ciencias Políticas y Gestión Pública en la Universidad Miguel Hernández de Elche. Masterando en Relaciones Internacionales Iberoamericanas en la URJC. Autor del libro "Luces y sombras de la actualidad política española". Debatiente del equipo de la UMH. Escritor e investigador.

Latest posts by Alejandro Espí (see all)

¿Te gusta Debate21?

Queremos explicar la realidad de un modo distinto.

¿Nos sigues?