La mujer como objeto de estudio y sujeto de participación

El otro día escuché una frase muy inteligente de un actor muy famoso de este país, que decía: “cómo es posible que un gobierno de tinte democrático obligue por ley a NO superar el porcentaje del 50% de escaños con mujeres políticas en el poder”. Comparto esta interpretación de las leyes nacionales ligadas a conseguir una igualdad de género en España. Con este enunciado y en conmemoración al día de la Mujer, este artículo va dirigido a todas ellas, y a la violencia sistemática y estructural que vienen sufriendo desde edades ancestrales hasta nuestros días de una manera a veces implícita, y otras manifiesta. Mi labor en estas líneas tratará de describir la realidad de la mujer desde diversas perspectivas, apoyándome en estudios realizados por institutos y gabinetes investigadores especializados en el tema de género.

Al igual que la ilustración del Congreso anteriormente nombrada, podría citar infinidad de ámbitos en los que las mujeres tienen capados sus asientos en grandes empresas, privadas y públicas, y áreas públicas de la Administración, cuando se trata de ocupar puestos directivos y altos cargos. En ciertos ambientes, la representación de mujeres al 50% en una mesa de negociación visiblemente masculinizada puede sonar más a una idea de merchandising o de escaparatismo, que a una realidad propiamente establecida o instalada. En un estudio realizado por PWC en el año 2012 denominado “La mujer directiva en España”, multitud de presidentes y presidentas de diferentes organizaciones vuelcan su visión acerca de la incorporación de la mujer a los cargos ejecutivos y del más alto standing en las empresas, con gran riqueza de carácter cualitativo en sus testimonios. Así, la directora de marketing de Carrefour, como ejemplo representativo dentro del informe de PWC, argumenta: “Ser mujer directiva requiere fortaleza y equilibrio emocional para convivir en un entorno cuyo código genético es aún masculino y donde los comportamientos más frecuentes reflejan ese código”. Además, el reportaje también se apoya en un estudio cuantitativo arrojando la siguiente información: “Las mujeres representan el 60% de los licenciados en España y el 45% del mercado laboral pero al llegar a la alta dirección de las compañías, este porcentaje desciende en torno al 10%”. A la vista de estos datos, los números no cuadran ni tienen coherencia en lo referido al cruce de las variables de formación superior de las mujeres en España, y la realidad de la práctica empresarial.

La brecha salarial en términos de género se corresponde directamente con la ocupación de las mujeres en cargos inferiores en las organizaciones, a pesar de poseer capacidades, aptitudes o preparación formativa acordes a puestos de trabajo de alta categoría. La ocupación de cargos inferiores hace caer precipitadamente su capacidad adquisitiva y salarial, ganando sueldos inferiores a los de los hombres. Un estudio realizado en el Instituto de la Mujer denominado “Investigación conducente a la elaboración de un índice sintético de discriminación salarial” del año 2014 revela que una de las causas por las que existe discriminación salarial es por la supuestamente escasa disponibilidad para el empleo que se atribuye al sector femenino: “aunque las mujeres no tengan hijos/as ni marido, se las supone más dependientes de lo personal, lo emocional, lo doméstico y familiar, que sus colegas varones, y este estereotipo es tan fuerte que las hace aparecer como inadecuadas para el puesto”. Sin prejuicios ni marco cultural preestablecido, nada nos haría pensar de facto que la responsabilidad de un hijo/a recae directamente sobre la figura de la mujer, y sin embargo, el sector femenino convive con esa etiqueta inescrutable del cuidado, no sólo de hijos, sino también de personas venidas de otras generaciones anteriores, con la señal de imposición social de suma obligatoriedad para con estas personas en el ámbito privado.

Tras examinar una perspectiva de género desde un ámbito laboral, es momento de aproximarnos a la raíz del asunto y enfrentarnos a la realidad educativa que impacta directamente sobre las primeras etapas de socialización de los agentes sociales, y observar cómo estos primeros matices cognitivos en la infancia de lo que debería-ser-una-mujer-frente-a-la-conducta-de-un-hombre se va interiorizando de generación en generación casi irremediablemente, causando diferencias y desigualdades en el trato de un sexo y otro. Tras lo cual, yo parto de la tesis inicial de que niñas y niños nacen iguales, y son iguales en tanto que nacemos bebés, a pesar de que terminaremos forjándonos una personalidad que es lo que realmente nos hará ser personas distintas a las otras. Pero esa distinción del ser no tendría que basarse en la variable del género, sino que habría de considerarse por otros factores colindantes al crecimiento emocional y personal del sujeto. Sin embargo, esto no es así, y la estructura social impone desde bien pequeños/as unas normas y códigos de actuación que nos hacen ser buenas mujeres y mejores hombres. Es en la cotidianeidad del día a día donde nos truncamos con esas presunciones y etiquetas que, de no ser correctamente cumplidas o asumidas, implicarán unos castigos socialmente legítimos y gestionados por los componentes de las agrupaciones humanas. “No te desvíes, no merece la pena”, nos dicen desde pequeñitos/as nuestros padres y madres cuando mostramos tendencias distintas a las de la gente “normal”. Pero, ¿hasta dónde llegan los parámetros de esa normalidad?, ¿qué es normal, y qué no, y quién/es lo determinan así? Sobre esas tendencias que empujan a lo desconocido están algunos comportamientos de algunas mujeres, tratando de salirse de algunos clichés previamente establecidos y que las normas de la sociedad las encapsulan en una burbuja hermética en muchas ocasiones de no conformidad.

En esta línea de consecución por la igualdad real, hombres y mujeres hemos de concienciarnos de que no existe ningún solo ámbito en el que uno u otro tengan total protagonismo ni carga moral directa, bien ya sean los cuidados a niños/as o a mayores, ya bien sea el cambio de una simple bombilla, pues desde la cotidianidad de los hechos y con pequeños gestos se podrá construir una sociedad más justa desde el punto de vista del género extrapolando ese pensamiento también a la empresa privada o en la vida pública.  En este sentido, primero ha de darse un cambio de actitud social hacia la paridad real para que la normativa pueda aplicarse no tanto de una manera forzada e impositiva, sino más bien de forma natural, gradual e interiorizada y aceptada por los componentes de la sociedad. Así, la igualdad se implantaría no tanto como una Ley, sino más bien como un código ético de convivencia y respeto.

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Laura Izquierdo Gómez

Licenciada en Sociología, y en Ciencias Políticas y de la Administración, me ocupa y preocupa investigar y entender cómo funciona el ser humano en entornos como el del actual sistema de consumo, en contextos políticos diversos, o en cualquier otro área susceptible de análisis sociológico.

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