Las nuevas formas de participación política: de Internet a las Instituciones

Eric Schmidt, exdirector ejecutivo de Google,pronunció en una ocasión: Si uno es un dictador tiene control de la prensa, de Internet, del pueblo… pero es muy difícil que un dictador pueda controlar realmente Internet”.

En la última década, las formas tradicionales de participación política han ido evolucionando. La irrupción de Internet en los hogares ha abierto nuevos mecanismos y canales de implicación en la política y ha supuesto una revolución en la forma de concebir la política y en la manera de obtener información.

La noción tradicional de participación política en declive

Pippa Norris, en Democratic Phoenix, aborda la cuestión sobre la incidencia de los medios de comunicación y los efectos de Internet en la participación política. Sostiene que la tasa de participación electoral es un indicador inadecuado para valorar la forma en la que los individuos se hallan políticamente implicados. Asimismo, afirma que la noción tradicional de participación política está en declive y que muestra una serie de limitaciones. Por ejemplo, los partidos ven difícil la captación de afiliados porque el electorado ya no se identifica con ellos. Además, muchos partidos han renunciado a una parte o a la totalidad de sus ideales para poder entrar en la competición electoral y captar votos, hecho que ha conllevado una limitación del rol de los partidos y de sus procesos internos de selección. Por otra parte, el concepto de partido de masas, según los defensores de las nuevas teorías de la comunicación, ya está anticuado.

La revolución del televisor y de las nuevas tecnologías

Es por ello que la autora afirma que se ha producido un cambio y sostiene que éste fue a raíz de la entrada del televisor en nuestros hogares. Por tanto, nos muestra cómo no son las tasas de votación las que están en declive en las democracias occidentales más antiguas, sino que lo que ha sucedido es una estabilización de las mismas, igual que lo ocurrido con las tasas de educación y las de desarrollo socioeconómico. En las sociedades alfabetizadas casi ya no hay incrementos ni elementos adicionales que nos proporcionen un aumento de la tasa de educación y, por ende, ello conlleva un mantenimiento de la participación política, es decir, no se produce subida alguna. Por tanto, sugiere Norris que cabe abandonar la noción del declive y debe pasarse a la valoración de otras formas de activismo, de carácter más social y no tan inminentemente político.

Así pues, parte de la definición que presenta Putnam sobre el capital social. Para el citado autor, la noción de capital social engloba las conexiones entre los individuos, es decir, las redes sociales y las normas de reciprocidad y confianza que surgen de las mismas. De hecho, Putnam va más lejos y afirma que las redes horizontales encarnadas en la sociedad civil, así como las normas y los valores relacionados con estos vínculos, tienen consecuencias importantes. Es más, el capital social se presenta en la esfera política como algo de notoria relevancia. Por tanto, siguiendo la línea definida por Putnam, la autora argumenta que, efectivamente el capital social está formado por las redes sociales y la confianza social, elementos a los que se ha aludido anteriormente. No obstante, sólo es la confianza social la que logra tener un efecto importante en la participación y no las redes sociales. De esta poca importancia de las redes sociales en la participación política deriva el interés de Norris por los nuevos y emergentes movimientos sociales, la política de protesta e Internet. La autora enfatiza en estas alternativas de participación y presenta datos sobre las tasas de solicitud de firmas (las tradicionales ILP en España), boicots económicos, entre otros, junto con las de la participación electoral, tasas de afiliación a partidos y a sindicatos. Con ello, pretende demostrar que, si prestamos atención a las formas alternativas de participación, nos damos cuenta de que la tasa de participación política no está en declive, simplemente ha cambiado el concepto de la misma y la forma de entenderla. Norris otorga legitimidad a las formas alternativas de participación y argumenta que el hecho de haber aumentado debería servir de aliciente a los organizadores e impulsores de este tipo de actividades a seguir aunando esfuerzos para involucrar a los ciudadanos que no quieren o no pueden relacionarse con los métodos de participación más tradicionales. Según Norris, estos colectivos serían los jóvenes, las personas que han recibido menos educación, así como los subempleados y los miembros de grupos raciales, étnicos o sociales minoritarios. Los esfuerzos realizados por estos colectivos no pasan desapercibidos en el seno de las sociedades y, es por ello, que puede afirmarse que la implicación política y la participación están aumentando.

De Internet a las instituciones

Por su parte, Sidney Tarrow, en El nuevo activismo transnacional, analiza el impacto de las movilizaciones en la política y el carácter transnacional de la protesta en el mundo global actual. De hecho, constata que, a día de hoy, es casi imposible entender la política doméstica y transnacional sin tener en cuenta las pasiones y las acciones de las personas organizadas en redes. Contrariamente a lo expuesto por Norris, él enfatiza la presencia y otorga importancia a estas redes.

Para exponer sus argumentos, Tarrow, siguiendo la línea de O’Brien pone de manifiesto, en primer lugar, el tipo de “cambio de escala” que se ha producido en el ámbito de las luchas sociales y de la resistencia: un cambio en el número y en el nivel de las acciones contenciosas coordinadas que conduce a un punto de enfoque diferente que implica a un nuevo abanico de actores, objetos distintos y reivindicaciones más generales.  Para el autor, es el elemento esencial de cualquier contienda política, pues sin él, las contiendas que surgen en el nivel local nunca evolucionarían ya que se quedarían estancadas. Cabe señalar, en este punto, que Tarrow entiende por contienda política la interacción episódica, pública y colectiva entre los reivindicadores (agentes) y sus objetos, cuando al menos un gobierno es uno de los reivindicadores, objeto de las reivindicaciones o es parte de quienes las realizan. Las reivindicaciones, en caso de ser satisfechas, afectarían a los intereses de al menos uno de los reivindicadores. Además, todos los actores en el conflicto deben haber sido establecidos previamente como actores constituidos.

Prosigue el autor afirmando que este cambio implica la aparición de nuevos actores e instituciones en el nivel superior de interacción. Además, confluyen cinco mecanismos: la coordinación, la correduría, la teorización, el cambio de reivindicaciones y la modificación del objeto. Con la combinación de estos factores, se produce el denominado cambio de identidad y el denominado cambio de escala transnacional. Centrándonos en este último, Tarrow manifiesta que a él contribuyen los procesos generales de internacionalización que operan en nuestra época. Tarrow identifica dos casos paradigmáticos de cambio de escala transnacional: el islam político y el movimiento por la justicia global. Ambos se desarrollaron de formas distintas pero hay algo que los une: internet. Es por ello que Tarrow presenta Internet como vehículo de difusión y de cambio de escala. Con la expansión y la ampliación de la capacidad de las comunicaciones electrónicas, el cambio de escala de la contienda se ha vuelto más fácil y, además, más rápido. La difusión y el cambio de escala implican compromisos parciales, acuerdos verbales y un cambio organizativo según se transforman las prioridades y las agendas, es decir, implican política, pero no significa que produzcan de facto movimientos transnacionales.

Tarrow entiende el activismo transnacional como el fenómeno en el que los individuos y los grupos son capaces de movilizar recursos domésticos e internacionales y hacer uso de las oportunidades de avanzar en reivindicaciones en nombre de otros actores, contra oponentes externos o a favor de metas que tienen en común con sus aliados transnacionales. Lo expone como un modelo en contraposición a la globalización. No cabe duda alguna que Internet ha facilitado y ha acelerado la organización de este tipo de coaliciones en torno a un acontecimiento y, actualmente, facilita su mantenimiento. El activismo tradicional ha pasado a ser entendido desde otra perspectiva, aunque como apunta Tarrow, también tiene su “lado oscuro”, es decir, es una de las herramientas empleadas por el “ciber terrorismo”.

No obstante, Tarrow admite que el impacto de la nueva contienda transnacional todavía no ha sido estudiado en profundidad. A pesar de ello, podría cautelosamente afirmarse que el mayor impacto se produce cuando hay Estados extranjeros implicados en conflictos nacionales. Ejemplos de ello son el hundimiento del imperio soviético en Europa, el fin de la segunda Guerra Mundial o el papel de EEUU tras el 11 de septiembre de 2001. Es en este punto cuando Tarrow se cuestiona si realmente el activismo transnacional provocará la fusión de lo local y lo global, o más bien será episódico y contradictorio, teniendo un impacto más visible en la política nacional y se irá retirando paulatinamente, volviendo al plano nacional y dejando algunos cambios en la esfera internacional.

Internet, activismo y participación política: los conceptos clave

Así pues, podemos comprobar cómo tanto Norris como Tarrow coinciden en el declive de las nociones tradicionales: Norris en el caso de la participación política y Tarrow en el ámbito del activismo. Asimismo, ambos autores se muestran proclives a la introducción de internet como herramienta revolucionaria en la comunicación. Desde luego que internet ha dado un vuelco en la forma de entender la política y el activismo social. A raíz de su extensión y su implementación en muchos hogares de todo el mundo, hemos sido testigos de acontecimientos inéditos como la primavera árabe, las reivindicaciones de derechos en la Venezuela actual, entre otros. En España, Internet también ha sido partícipe de la creación de movimientos sociales como el 15-M que, siguiendo la línea descrita por Norris, ha tenido después una participación directa en el ámbito político, a raíz de la creación de fuerzas políticas representativas de sus intereses y que cuentan, igualmente, con integrantes del propio movimiento. Por tanto, podemos concluir afirmando que el papel de Internet está siendo vital, tanto en la participación política como en las nuevas formas de activismo transnacional; y todo apunta a que su utilización y su expansión irán en aumento. Sin duda, Internet, participación política y activismo se hallan lo suficientemente interrelacionados como para influir en la política nacional e internacional.

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Anna-Clara Martínez Fernández

Licenciada en Derecho (Universidad Pompeu Fabra), licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, Máster en Abogacía (Universidad de Barcelona) y Máster en Política y Democracia (UNED). Actualmente, trabajando de abogada especializada en derecho administrativo y colaborando en distintas publicaciones. Tiene especial interés por los temas de comportamiento electoral y de educación.

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