Los caminos de la reforma electoral canaria

DÁMASO LUIS LEÓN | Fumata blanca. Clavijo, en su discurso de investidura ha abierto la posibilidad posible de crear una mesa que debata las posibilidades de posibilitar una comisión que posibilite la reforma del sistema electoral canario. Eso sí, sin modificación del equilibrio previo.

Ironías aparte, el cíclico y recurrente debate sobre la reforma electoral canaria sigue en pie a pesar de que ya hace casi dos meses de las elecciones autonómicas. Los motivos de que el debate se mantenga aún candente son varios: las movilizaciones de ciertos colectivos pro-reforma, el papel de algunos académicos, la prensa, las entrada de nuevas fuerzas en el Parlamento y el crecimiento de otras, la caída de 21 puntos del voto a los tres partidos principales y la suma del PP al carro de la reforma.

Si bien es cierto que asistimos a un debate en el que muchos hablan y pocos proponen, la realidad de la reforma es bien compleja y debe asumirse con un tacto del que muchas veces se carece. Nuestro sistema electoral, por extraño (y malo) que parezca, no fue entregado cual ley sagrada en ningún monte ni fue diseñado por Guayota en toda su capacidad destructiva, sino que es fruto de una realidad histórica que ha permitido varias décadas de convivencia estable aunque con altibajos.

La lucha entre la conformación de un modelo unitario en Canarias contra la de construir la Comunidad Autónoma como una suma de siete particularismos engrasó gran parte del debate de la preautonomía y de los primeros años posteriores a la conformación de la misma. En la segunda corriente no solo se inscribieron las diferentes fuerzas insularistas, sino también los sectores más influyentes dentro de la preautonomía como son la UCD y las fuerzas resultantes de su disolución. El papel del centro-derecha como canalizador del reformismo franquista en Canarias y su control del poder ejercido a través de los Cabildos Insulares, hizo que, junto a su amplio número de diputados y senadores fomentaron una lenta construcción de la autonomía, dando un papel importante a los Cabildos y reforzando el papel insular como forma de romper con los históricos recelos entre islas.

Ese debate, aunque soterrado, no se encuentra extirpado mientras sigan existiendo temores entre islas ya sea en la dirección que fuere. El planteamiento de la reforma de la ley electoral en muchas ocasiones lo que está buscando es una readaptación del modelo de equilibrio interterritorial. Hablando claro y por muy suaves que sean los verbos que se utilicen, si lo que se exige son cesiones que las menores deben hacer en favor de las mayores, este será un debate erróneo a la par que estéril, ya que estas no están dispuestas a ello.

El Estatuto y sobre todo la Ley Electoral han sido los fundamentos de una autonomía en principio endeble que se ha ido cimentando muy lentamente sobre principios de equilibrio entre territorios independientemente de la carga poblacional de los mismos. Las instituciones surgidas de dicho equilibrio han servido hasta ahora, pero debemos preguntarnos si su funcionamiento en los términos actuales aún nos sirve.

Yo mismo publiqué hace unos meses un artículo en Politikon haciendo un pequeño análisis del pintoresco sistema y de toda la imaginería que se había ligado directa o indirectamente a nuestro modelo de asignación de representantes, así como planteando un modelo muy maleable de reforma que aún sostengo.

En un tema tan delicado, la búsqueda de consensos es esencial para evitar rupturas dolorosas y para ello todos deben ceder. Las islas mayores deben entender que en un entorno fragmentado y complicado como el canario todo no se resume a la cantidad de representantes que te toquen por número de habitantes en un reparto proporcional, y las menores deben comprender que nuestra situación no es la misma que la de principios de la autonomía y que la lejanía debe recibir un reconocimiento, pero nunca debe ser un chantaje.

A pesar del evidente malapportionment¸ esto no es un ataque frontal contra la representación territorial. Mantengo que hay diferencias internas que deben ser remarcadas, pero la visión de los canarios debe, sin abandonar los pies de su isla, por fin posarse más allá de la punta del muelle de su capital.

La idea y el debate que se plantea son mucho más profundos de lo que parece. No se trata de reequilibrar el vecindario quitándole metros a las familias cortas para dárselos a las familias numerosas, se trata de algo más básico aún: se trata de crear comunidad, se trata de construir Canarias.

En resumidas cuentas, a lo que me refiero con construir Canarias es dejar atrás los brindis al sol y los mensajes televisivos del 30 de mayo y crear instituciones que permitan a los canarios identificarse y participar en ellas como tal. El marco que se presenta es inmejorable, los políticos y los canarios podemos por fin romper una dinámica de inconexión que dura desde los primeros pobladores del Archipiélago.

Los canarios deciden si quieren “seguir bregando por los cupos de trigo” o construir entre todos de manera lenta pero firme unas instituciones que sean algo más que una suma de intereses individuales. La cuestión es: ¿habrá altura para ello? Permítanme dudarlo.

 

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Dámaso Luis León

Ángel Dámaso Luis León es Licenciado en Historia y doble postgraduado por diferentes universidades españolas. Actualmente ejerce como investigador de Historia de América Actual y sobre contextos nacionalistas.

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