Socialdemocracia y redes sociales

PELAYO COBOS |

“La caja de resonancia de las redes sociales está aislando a la izquierda europea en su zona de confort, encerrándose en un espacio artificialmente mayoritario y con creciente desconexión sobre numerosos asuntos cotidianos.”

voto facebook y twitter

Esta es la polémica teoría de Helen Lewis (editora adjunta del New Statesman): los medios de comunicación social hicieron que los Laboristas perdieran las últimas elecciones y pueden terminar causando que otros partidos socialdemócratas las continúen perdiendo.

Suena excesivo, ¿no? Pero véanlo de esta manera: en Twitter, el pequeño subconjunto de la red social que no está tuiteando sobre el famoso de moda o sobre tiburones atacados por futbolistas, está, sin duda alguna, sesgado a la izquierda. Y probablemente ha evolucionado así en primer lugar como reacción al dominio que la derecha ejerce en los medios convencionales, y en segundo lugar por los muchos intelectuales y figuras del mundo del espectáculo -entre los que tradicionalmente han sido mayoría posicionamientos más a la izquierda que los del ciudadano medio- y que importaron sus seguidores a esta plataforma. Es un hecho: la mayoría de los comentaristas progresistas y columnistas están allí, tuiteando opiniones varias veces al día, mientras que sus equivalentes de derechas evitan el servicio por completo, o se aventuran en él muy de vez en cuando para compartir un enlace a sus columnas.

Luego está Facebook, un pez mucho más gordo, que debería resultar mucho más fiel como reflejo general de la población, porque está hecho de redes de amigos, familiares, compañeros de estudios, colegas del trabajo y miembros de asociaciones diversas. Pero las noticias en Facebook viajan a través de estímulos positivos que son a menudo más impulsivos que reflexivos: con los “Me gusta”, con breves comentarios sobre las mismas o siendo compartidas.

Mucho de lo que pasa en Facebook, como en Twitter, es la manifestación de la virtud. Casi resulta obvio decirlo pero nadie se va a posicionar nunca apoyando la reducción de ayudas a personas necesitadas; en cambio, hay quien puede comprender la necesidad de ajustar los presupuestos, siendo esta medida mucho menos atractiva para hacerse viral.

Parte de este fenómeno, esta especie de timidez conservadora, recuerda a la mayoría silenciosa que reeligió a Nixon, o a la victoria gaullista en junio de 1968, en plena efervescencia de los entonces llamados Nuevos Movimientos Sociales.

Las propias empresas demoscópicas realizan esfuerzos por ajustar este sesgo y calibrar el impacto real del voto conservador, que a día de hoy se muestra abiertamente esquivo: el llamado voto oculto.

Los estudios realizados desde los años ochenta demuestran que los intereses fundamentales de gran parte de los ciudadanos en edad de trabajar siguen girando precisamente sobre sus oportunidades laborales, así como en el acceso a una educación de calidad, las condiciones de los servicios sanitarios, sobre cómo les afecta directamente la economía de cara a progresar dentro de la sociedad, la modernización de las infraestructuras o cómo evitar el deterioro del orden público o del medio ambiente en su entorno; pero cuestiones como la forma de Estado, el tipo de sistema electoral o las alianzas internacionales fruto de la Realpolitik nunca aparecen a la cabeza.

Ahora imaginen a esta misma gente, expresando sus opiniones en las redes sociales. ¿Creen que serían tan abiertos y transparentes acercan de sus propios intereses? Permítanme dudarlo. A pesar de introducir en su perfil la bandera arcoíris y compartir historias emotivas sobre personas necesitadas, son ciudadanos ordinarios -en el mejor sentido del término- y no activistas politizados; y el día de las elecciones se decantan por partidos moderados que transmiten la impresión de ser capaces de gestionar asuntos complejos a medio y largo plazo.

Si en lugar de elegir enfocarse sobre cómo aplicar en la práctica políticas progresistas en los campos citados anteriormente, y en cómo explicarlo -también en el lenguaje de las redes sociales-; cuando los partidos socialdemócratas crean su relato político con el ánimo de atraer la aquiescencia de supuestos indecisos, que presuntamente actuarán igual con su voto que con su teléfono móvil, realizando sólo campañas inconcretas sobre principios (honestidad, valentía, patriotismo… cómo si los votantes conservadores no eligieran a sus representantes sobre su propia visión acerca de los mismos principios), o sobre polémicas minoritarias pero que son tendencia frecuente en las redes sociales (como por ejemplo la del comercio de alimentos con derivados de productos transgénicos o la de la gestación subrogada), y no logran configurar y transmitir un mensaje de base amplia, capaz de generar adhesión entre una gran coalición de votantes con intereses diversos, moderados en muchos aspectos, sus resultados no tienen otro color que el de la derrota.

Porque finalmente, en la intimidad del colegio electoral, cuando ya no hace falta realizar ninguna señal para mostrar al público las preferencias de cada uno, el apoyo al extremismo de los izquierdistas más intransigentes decae hasta su peso real en la sociedad, con el inconfesado -pero cierto- alivio entre aquellos líderes radicales que prefieren la pureza en la oposición a los compromisos del poder.

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Pelayo Cobos

Pelayo Cobos (Gijón, 1979), es Licenciado en Ciencias Políticas, Administración Pública y Relaciones Internacionales por la Universidad del País Vasco. MBA por la Universidad de Oviedo y Curso Superior de Estrategia y Gestión del Comercio Exterior por el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX). Ha realizado un curso de Política Internacional Comparada en la Universidad de Oslo (Noruega). Cuenta con más de diez años de experiencia profesional en mercados internacionales, trabajando en el sector financiero, con empresas industriales y como consultor independiente.

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