“Vacaciones en paz” desde una perspectiva de género: De la solidaridad al secuestro (I)

IGNACIO ORTIZ PALACIO | Fue en el verano de 1979, hace ya casi 36 años que llegó a España el primer contingente de niños saharauis dentro de lo que, posteriormente, se denominaría programa ‘Vacaciones en Paz’. En origen se trataba de un compromiso del Partido Comunista de España (PCE) con el Frente Polisario, con una fuerte e innegable vinculación ideológica entre ambos. Eran los años en los que, desde sus primeros congresos, el Frente abrazaba el Marxismo-Leninismo, y que se vio plasmado en las posteriores colaboraciones con Cuba y Libia, lugar este último donde se entrenaban y adoctrinaban desde los años ochenta paramilitares del Frente Polisario, que aprendieron bien el contenido del ‘Libro Verde’ de la Revolución de Gadafi, la llamada Yamarihiya, al estilo de la conocida ‘biblia’ roja de Mao.

Pero, a diferencia de estos casos, y pese a su vinculación inicial con el PCE, el programa que nos ocupa evolucionó hacia otra dirección y fue tomando un cariz más social y humanitario. Antes hubo un precedente, ya que en el verano de 1976 y con grupos reducidos de niños, se concretó la puesta en marcha durante los meses estivales de unas colonias infantiles en la costa de Argelia (colaboraciones que aún se mantienen), vecina y aliada de la RASD, con el fin de que los niños y niñas saharauis en el exilio puedan distanciarse temporalmente de la realidad de los campamentos de refugiados, de las carencias (alimenticias, educativas, sanitarias) que soportan y sufren, y de las altas temperaturas que en verano superan ampliamente los 50 grados centígrados.

En aquel 1979 ese grupo de cincuenta niños invitados se dividió en tres grupos, que fueron a Barcelona, Valencia y Andalucía, donde treinta de ellos pasaron por Málaga, Granada y Sevilla antes de retornar al inhóspito desierto de Tinduf. Ese mismo verano ya existía una asociación de amigos en Francia, y consiguió invitar a otros 100 niños que se repartieron por las ciudades de Marsella, Le Mans, Albi y Bourges.

A partir de entonces, y gracias a la generosidad de los pueblos del Estado español, ayuntamientos, diputaciones, sindicatos y, en definitiva, asociaciones de amigos del pueblo saharaui, muchos pequeños se salvarían del intenso calor de los meses de julio y agosto de la Hamada. Pocos se imaginaban que aquella iniciativa se convertiría en el germen de lo que, años más tarde, sería el programa ‘Vacaciones en Paz’.

De aquella iniciativa nacería y se perfeccionaría dicho programa a lo largo de la década de los años 80 y 90 del pasado siglo, iniciativa que continuaría con apoyo institucional y de buena parte de la sociedad civil. El programa es gestionado por las ‘Asociaciones de Amistad con el Pueblo Saharaui’ en colaboración con la Delegación Nacional Saharaui en España y las delegaciones saharauis en las distintas Comunidades Autónomas. Progresivamente dichas asociaciones han ido desplegando estos programas vacacionales en acogimiento en familias, con la estancia de un número de niños y niñas saharauis cada verano en España que ha ido fluctuando en función del año, y disminuyendo en los últimos por los efectos de la crisis económica.

Para este 2015 estaba prevista la llegada de 4.678 menores acompañados de 210 monitores, que están siendo acogidos en nuestro país durante estos meses estivales, aumentando el número en 135 niños más que el pasado año, lo que supone un incremento del 2,97%. En 2014, el Gobierno autorizó la residencia temporal a 4.543 menores. En total, y desde el comienzo de este programa, han pasado más de 100.000 niños saharauis por nuestro país.

Llegada al aeropuerto de Barajas de los primeros niños saharauis en 1979, recibidos por el líder comunista Santiago Carrillo.
Llegada al aeropuerto de Barajas de los primeros niños saharauis en 1979, recibidos por el líder comunista Santiago Carrillo.

Esta experiencia -además de proporcionarles el soporte sanitario del que allí carecen, a través de distintas revisiones médicas- busca momentos especialmente gratificantes tanto para los niños, como también para esas familias de acogida que buscan vivir una experiencia solidaria, emocional y cercana que este programa puede proporcionarles, en un marco de contraste, convivencia, apoyo y cariño ante unos seres vulnerables, los más pequeños, que son los que más sufren la injusticia de tener que vivir en un lugar tan desolador.

Así, dichas familias que deseen participar en este programa tienen que contactar con las mencionadas asociaciones. Tras esto, han de acudir a reuniones y entrevistas, en las que se les explica cómo son estos niños y, en principio, saber que no van a adoptar a estos menores, sino sólo acogerlos durante el verano. De este modo, la familia tendrá que estar informada de antemano de todos los aspectos.

Aunque con el paso del tiempo esto se va modificando en algunos aspectos, y las necesidades y carencias de muchos de esos pequeños impulsan que, en numerosos casos, esas estancias se conviertan en casi permanentes, dadas las condiciones que se les brindan en España, con un entorno que redunda en un aumento de su calidad de vida y oportunidades de futuro, pero que asimismo en contraposición, estimula una pérdida del arraigo familiar de origen, así como un distanciamiento progresivo de sus familias biológicas. Por ello, nos encontramos con que la realidad de muchos de aquellos pequeños de los años 80 y 90, y del futuro de muchos otros que actualmente disfrutan de este programa, no sea tan bella como la pintan, especialmente en el caso de las niñas.

Probablemente el origen de estos hechos esté, tal y como antes reflejábamos, en las políticas de fragmentación familiar iniciadas hace años, de corte ideológico, y que provocaba la amputación de las familias saharauis mediante la separación  de niños y jóvenes de sus madres, con el envío de los mismos a Cuba, Libia, etc., para su adoctrinamiento y en este caso que nos ocupa a España con este programa, que si bien mantiene un espíritu humanitario muy loable, está dejando en los últimos tiempos un reguero de casos –que luego detallaremos- que delata un lado oscuro bastante desolador.

Como antes reseñábamos, sobre todo en el caso de las niñas, cuando esa adopción por parte de las familias españolas se prolonga con el paso de los años, o se convierte en permanente, produce un choque que incompatibiliza e inhabilita una posterior convivencia con su familia de origen, en base a presuntos prejuicios religiosos y costumbristas, especialmente sensibles en lo relativo al género femenino, y que por razones –por así decirlo- de tradición, cuando alcanzan una determinada edad, origina que se les cuestione, por parte de dicha familia biológica, una continuidad en esa formación cultural y educativa proporcionada por sus familias de acogida, lejana en cuanto a sus raíces culturales, pero que les suministra una nueva ventana de oportunidades para su posterior desarrollo, ya sea en su país de acogida (España) o en el que ellas decidiesen proseguir su camino a posteriori.

Esto ha ido derivando en que, después de esos años de desarrollo, formación y educación en esas familias de acogida españolas, y aprovechando visitas esporádicas ya en edad adulta a las familias biológicas en los campamentos de Tinduf, se les haya prohibido el retorno a España a proseguir con su desarrollo en las familias de acogida, en plena etapa de perfeccionamiento y mejora progresiva en materia de formación -en algunos casos con gran brillantez académica- o incluso en materia sanitaria, en el caso de jóvenes con determinadas patologías que estaban siendo tratadas en España, quedando entonces aisladas en los campos de Tinduf de cualquier contacto con el exterior y sufriendo un cuasi secuestro.

Llegados a ese punto, y más allá del debate sobre lo mencionado anteriormente en cuanto a la fragmentación familiar provocada en origen, hay que imaginar también el desgarro emocional que sufren esos padres adoptivos o de acogida, que han volcado todo su cariño en esas jóvenes, que empezaron con ellos desde edades muy tempranas, y que llegado ese momento de retención por parte de las familias biológicas han sido repudiados y rechazados, con el agravante de la indiferencia de los dirigentes del Polisario que, en definitiva, tienen la responsabilidad última de velar por los intereses de aquellas mismas personas a las que de pequeñas decidieron separar de sus familias bajo su criterio político e ideológico, con el fin de instrumentalizar a los niños como medio para conseguir sus fines. Y es que, los mismos cánones marcados dentro del programa ‘vacaciones en paz’ fija entre otros, como uno de los objetivos principales –textualmente-, acercar la injusticia en la que viven los niños, sus familias y el pueblo Saharaui en general, a la sociedad Española, sobre todo por la responsabilidad del Estado Español en el drama y el calvario que viven los saharauis desde el año 1975. En otras palabras utilizar a los pequeños, que se ven envueltos en numerosos actos de propaganda durante su estancia en España, para fines pseudopolíticos.

 

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Ignacio Ortiz Palacio

Vicepresidente del Fórum Canario Saharaui y Politólogo.

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