Identidad Nacional y Nacionalismo: Sobre sentimientos y política

JOSÉ MANUEL GRAGERA | Como cada año, el 12 de octubre en España es motivo de revuelo y agitación masiva producida por mensajes que sobrevuelan ante nuestros ojos, nuestras redes y nuestros espacios sociales y políticos; mensajes que, desde los cuatro puntos cardinales peninsulares (con permiso de nuestros vecinos lusos), funcionan a modo de lluvia indiscriminada de balas –más propias de una AK-47 que de simples opinantes –. Disparamos en ráfagas nuestras opiniones, sin control, sin un blanco determinado, sin efectividad. De este modo, en situaciones así, proliferan argumentos falaces, argumentos edulcorados, medias verdades…llamémoslos como queramos. Por ello, para delimitar un poco los contornos de los posibles debates, haremos dos precisiones de especial importancia: la primera versará sobre las simbologías propias de los Estados y, la segunda, acerca de los conceptos de identidad nacional y nacionalismo.

En primer lugar, y aunque no es una cuestión totalmente relevante para la deriva del artículo, sí resulta interesante para tener en cuenta en discusiones como las normalmente producidas en estos contextos. Estas simbologías, tales como banderas, escudos, himnos, colores, etc., tienen un doble uso: primero representativo y, después, político. Brevemente, son estrategias, símbolos y herramientas que únicamente poseen una función constatativa y representativa de, en estos ámbitos, un Estado. Sólo eso, nada más. Una herramienta bajo el poder de la política para meramente mencionar, señalar. Y su radio de acción termina en la mera representación, no dice nada definitivo ni constituyente de aquello que representa, solamente indica aquello que es señalado. De modo, no está de más recordar que, estos símbolos son instrumentos políticos; utilizados por esta disciplina para diversos fines.

En segundo lugar, tenemos que analizar, aunque sea someramente, qué son y qué implican los conceptos de identidad nacional y nacionalismo.

La identidad nacional puede definirse como el sentimiento de pertenencia a un colectivo de carácter histórico-cultural; en este sentido, lo que se produce o que lo que promueve este término es la asunción de una serie de características que dicho colectivo posee. Esta asunción, además, se puede producir con muy diferentes tipos de sentimientos, ya hablemos de amor, de resignación, esperanza o desconfianza. El abanico de sentimientos encontrados, por tanto, es muy amplio. Hay que hacer, eso sí, una aclaración al respecto: al hablar de pertenencia no rescatamos su sentido legal, según el cual alguien posee cierta responsabilidad para con aquella entidad o institución a la cual pertenece y, en virtud de la que, está sujeto a una serie de consecuencias normativas adversas en caso de incumplimiento o violación de una norma determinada. El sentido que nos interesa es el emocional, el que describe la pertenencia como un sentimiento. 

De otro lado, el nacionalismo, no implica directamente ningún sentimiento, no agota su discurso sobre el estadio emotivo. Aunque lo contiene, va más allá de éste; se produce en el paso del plano emotivo al plano político e ideológico. Este movimiento socio-político se basa en exponer y elevar a la categoría de referente a una nación. En otras palabras, el nacionalismo se fundamenta en un contenido ideológico cuyo basamento es la idea de ensalzar una nación y todo lo que ella implica.

Por tanto, siguiendo la línea que marcan ambos términos, nos encontramos con que ambos implican y derivan en hechos distintos. El primer caso, el de la identidad nacional, implica, como decíamos, una asunción de características, una interiorización  de virtudes y defectos, una reflexión acerca de las luces y las sombras que componen aquello a lo que la identidad nacional se refiere. En última instancia, asumir, interiorizar y reflexionar desemboca, según creo, en un proceso de aprendizaje. Toda deliberación, todo aquello que tiene que ver con sopesar razones, deseos, argumentos y hechos suponen, en mayor o menor medida, un ejercicio crítico y racional. En cambio, el nacionalismo, que exalta y engrandece las características definitorias de una nación, es un proceso de ceguera racional, una negación de la deliberación, del razonar. No se desechan razones, se suprime por completo el proceso deliberativo. Es una ideología que crea fronteras.

En definitiva, separar nacionalismo de identidad nacional conlleva separar la imposición de algo de un sentimiento reflexivo que asume tanto las luces como las sombras del colectivo al que se pertenece.

 

 

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José Manuel Gragera

José Manuel Gragera Junco (Badajoz, 1992). Finalizando mis estudios del Grado en Filosofía en la Universidad de Málaga. En lo académico, encuentro especial interés en asuntos relevantes para disciplinas que van desde la Filosofía Moral a la Filosofía del Derecho, pasando por otras como Filosofía Política, Filosofía de la Acción o Filosofía Social. Además, encuentro de gran interés temáticas concernientes a la Economía. En algunos aspectos, gran admirador del pensamiento aristotélico. Inquieto, curioso, observador y defensor de ampliar nuestra percepción de lo real.

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