La doctrina de intervención humanitaria y las teorías de relaciones internacionales: ¿variables complementarias o análisis diferenciados?

GASTÓN GASPAR ACOSTA |

Introducción

Desde los últimos años y mucho más aun en la actualidad, las intervenciones humanitarias se analizan y caracterizan como procesos uniformes, que responden a variables estáticas y no identifican contextos disímiles, ni particularidades internas.

De esta manera, muchos estudios postulan como un fenómeno similar, la intervención humanitaria en Irak de 1991 (consecuencia de la guerra con Kuwait), la Somalia en 1992 producto de una guerra civil y la que se produjo en Haití en el año 2010, como consecuencia de un terremoto que terminó con la vida de 300.000 personas.

Tomando en consideración lo expuesto, el trabajo analiza el concepto de intervención desde la óptica de algunas teorías clásicas y modernas de relaciones internacionales, con el objetivo de identificar que escuela de pensamiento, se adapta de forma más eficiente a la predicción y explicación de la intervención humanitaria.

El mismo, concluye que el constructivismo (como teoría social aplicada a las relaciones internacionales, detalle no menor) es quien mejor caracteriza las problemáticas de la doctrina mencionada, debido a su énfasis en cuestiones vinculadas a un contexto socioeconómico, político nacional y cultural determinado, la idiosincrasia de su población y las categorías sociales que explican su accionar, entre otras variables. 

El concepto de la doctrina de intervención humanitaria y sus peculiaridades

En primer lugar y desde un análisis teórico, la doctrina de intervención humanitaria conceptualmente, obliga a una respuesta de los extranjeros sobre si un Estado, por su conducta, viola la conciencia de la humanidad.[1] Desde una perspectiva política, la intervención es una participación en los asuntos internos de un Estado, destinada a modificar (o conservar) la estructura de poder y la autoridad dentro de ella[2].

Históricamente, las superpotencias se han basado en dicha doctrina para ampliar su influencia y obtener una ventaja estratégica,[3] pero los cambios internacionales posteriores a 1989 (y mucho más el 2001), trasformaron el desarrollo de la intervención.

Así, las condiciones de la post-Guerra Fría alteraron las predisposiciones de los actores estatales sobre su participación y la forma de realizar la misma. Consecuentemente, la discusión estuvo centrada en la práctica de los Estados y sus normas relativas.

Sin embargo, diversas actividades de grupos transnacionales, intervencionistas o no, pudieron crear nuevos incentivos para una determinada intervención[4]. Empíricamente, Instituciones Internacionales, Naciones Unidas y Organismos Multilaterales regionales, entre otros actores, se involucran en su mandato y ejecución.

De esta forma y en el período histórico mencionado, la acción sobre la base de las normas liberales y la autorización legal, jugaron un papel cada vez más prominente. Así, el rol creciente de actores no estatales, puso en tela de juicio la centralidad del análisis tradicional realista, cuestionando el predominio del Estado desde arriba y abajo.

Sin embargo, análisis posteriores a 1990 sugieren que la asistencia externa puede (en algunos casos) hacer más daño que bien o enredarse en una economía política local, que puede favorecer la guerra en lugar de la paz[5]. Desde esta visión (muy acertada por cierto), casi siempre empeora la situación en términos de costos humanos a corto plazo. Aún más, la voluntad política como capacidad operativa de la intervención se ha evaporado y la naturaleza de las economías de guerra local amenaza a la empresa humanitaria, en medio de un cuestionamiento sobre su propia razón de ser[6].

Como puede observarse, existe un abismo filosófico cada vez mayor acerca de las implicancias políticas de la acción humanitaria. Por un lado, los “clásicos” continúan defendiendo los principios de neutralidad, imparcialidad y consentimiento.

Por el otro, los “solidaristas” se alían con las víctimas frente a gobiernos hostiles y se niegan a respetar la soberanía de los Estados[7]. Sin embargo, en muchos casos de la década del 90, las intervenciones se dieron con el pretexto de restaurar regímenes democráticos, víctimas de golpes militares[8].

Continuando con la transformación de los parámetros políticos que motivan la intervención, los Estados también pueden reclamar que se dedican a una de índole “humanitaria”, cuando en realidad tienen otros motivos principales.

Por ejemplo, la guerra anglo-estadounidense en Irak a partir del año 2003 (consecuencia de los atentados del 11 de Septiembre de 2001 al Pentágono y el Word Trace Center), no podría definírsela como una intervención humanitaria. De hecho, muchos países en desarrollo, siguen viendo el caballo que encubre designios imperiales de las potencias occidentales, con un pretexto sobre razones humanitarias[9].

De esta manera y considerado todo lo analizado, pueden identificarse tres características diversas sobre la intervención contemporánea:

En primer lugar, las decisiones sobre políticas de esta índole y su consecuente aplicación, quedan en gran medida, en mano de los actores locales[10]. Respecto a la segunda, la intervención está actualmente, en gran parte, vinculada a los programas de resolución de conflictos y hace que la reconstrucción sea su objetivo central. La debilidad del Estado, frecuentemente lleva a conflictos, debido a que fomenta la competencia por la legitimidad, lo que mayormente conduce a la exclusión[11]. Finalmente, los interventores de hoy se van tan rápido como sea posible. Tienen poco interés en ejercer control, como las salidas precipitadas internacionales lo demuestran[12].

En definitiva, la doctrina de intervención humanitaria, no debe entenderse como referida solo al uso de la fuerza. El nuevo compromiso con la acción humanitaria, debe ser conservar el apoyo de los pueblos, independientemente de la región o la nación.

De esta forma, cuando la lucha se detiene, el compromiso internacional por la paz debe ser tan fuerte como el que fue con la guerra y el que existe con la acción humanitaria, debiera ser universal si pretende ser legítimo.[13]

El análisis constructivista y los derechos humanos: la relevancia de los factores intersubjetivos y las explicaciones de carácter contextual

Según lo estipulado en términos teóricos por el constructivismo, las categorías sociales (en este caso, como factor explicativo) existen sólo porque la gente cree y actúa como si existieran, pudiendo de esta manera, dar forma al mundo político y social[14].

En este sentido, dicha escuela intelectual considera el sistema internacional y lo que acontece en el mismo (sea en su ámbito político, económico, social o cultural), como una construcción social determinada por los hombres que lo componen.

Concretamente y desde el punto de vista de la seguridad, es un proceso intersubjetivo que se construye socialmente y como tal, inevitablemente refleja las desigualdades del poder social y la diversidad de valores[15] que existen en una determinada sociedad. De esta manera, normas e ideas básicas de principio, se supone que tienen efectos constitutivos en la formación de la identidad de los actores.              

En estos términos, una contribución fundamental de esta concepción a la teoría de las relaciones internacionales reciente, es la idea de que la identidad del Estado moldea las preferencias y acciones estatales[16]. La misma, acepta la posibilidad de que las normas, tienen un profundo impacto a largo plazo sobre la identidad de los Estados y de los diversos actores no estatales[17]. No obstante, es importante hacer notar que este concepto, puede aplicarse perfectamente a actores no estatales. ¿Por qué? Porque tanto el Estado como los actores mencionados, son moldeados y estructurados por la sociedad a la cual pertenecen; así y de esta manera, su identidad, las normas, valores y reglas que determinan su comportamiento, estarán influenciadas por una determinada construcción social y cultural que no será lineal ni estática; por el contrario, variara continuamente por la contradicción lógica de intereses y objetivo de una determinada sociedad.  

En definitiva, al tratar (en este caso) cuestiones sobre derechos humanos, los Estados traen con ellos su historia nacional, el carácter, la propia imagen y el nacionalismo (entre otras variables relevantes), cuestiones a tener en cuenta para cualquier análisis que se precie de tal. Estos rasgos, provocan que sean más o menos activos y estén más o menos a la defensiva en materia de derechos humanos.

Así, las explicaciones constructivistas del sistema internacional sobre estas particularidades, ven el origen y evolución de los regímenes en términos de procesos de socialización transnacionales y su principal modo de acción, en una lógica donde el argumento y la persuasión, juegan un papel determinante[18]. Entonces y considerado lo expuesto, puede inferirse la relevancia que adopta el factor contextual y de idiosincrasia en cualquier caracterización y explicación de la concepción constructivista, respecto a la doctrina de intervención humanitaria en particular y a los derechos humanos en general.

La intervención humanitaria: su explicación a través de las normas (realismo) y el tipo de régimen (liberalismo). 

En este caso y concretamente, la escuela de pensamiento realista considera que las normas internacionales, como los derechos humanos, surgen y ganan aceptación cuando se abrazan y son promovidas por una determinada potencia hegemónica o un grupo dominante de Estados[19]. Así, conciben que en ausencia de cuestiones imperiosas de (in)seguridad y/o motivos económicos, cualquier cambio en el área de los derechos humanos “es una función de la medida en que los Estados más poderosos del sistema, se encuentran dispuestos a hacer cumplir los principios y normas del régimen”[20].

Contrariamente a lo expuesto por el constructivismo, el realismo político analiza las problemáticas sobre derechos humanos, como una realidad determinada por las grandes potencias, que resulta muy difícil ser modificada. Aún más, considera a estas cuestiones como de baja política, otorgándole primacía a las temáticas de seguridad y militares.

Desde este razonamiento, una doctrina de intervención humanitaria se convierte en un arma que los fuertes utilizan contra los más débiles[21]. Sin embargo, el sistema internacional actual (y el de las últimas décadas), puso de manifiesto la importancia de la cooperación con igualdad de oportunidades para lograr los objetivos propuestos (la intervención humanitaria en Haití, es un ejemplo de esta situación), con lo cual, dicha visión egoísta y pesimista del mundo, no condice necesariamente con la realidad.

En definitiva y sin minimizar la relevancia de las organizaciones internacionales, los grupos privados y las diversas corporaciones multinacionales, sigue siendo la política exterior del Estado, la que juega el papel más importante en la promoción y protección de los derechos humanos[22]. Si bien el razonamiento es acertado y su justificación se torna visible en las problemáticas internacionales actuales, también es cierto que en muchos otros casos, la política exterior de un determinado Estado es quien viola los derechos humanos de otros pares o actores no estatales; con lo cual, la cuestión primordial a considerar, no será quien los protege, sino la forma en que lo hace.

Por otro lado y según lo expuesto por la teoría liberal de relaciones internacionales, la democratización de los nuevos Estados, es más probable que ratifique los instrumentos jurídicos de derechos humanos, para proteger un régimen democrático. Ahora, dicha ratificación, será incompleta sino es acompañada (además de sus instrumentos legales) por decisiones políticas y culturales firmes, que pongan de manifiesto la relevancia de las problemáticas humanitarias y la importancia para una determinada sociedad, respecto a que las mismas sean resultas satisfactoriamente.

Conforme esta concepción, el surgimiento y evolución de las instituciones de derechos humanos, es principalmente una función de las percepciones de amenaza interna de nuevos gobiernos democráticos y no el resultado de las actividades proyectadas hacia el exterior de las democracias establecidas y más poderosas[23].

Individuos y grupos de la sociedad doméstica, determinan las preferencias de los Estados, su naturaleza e intensidad. A su vez, prefiguran los resultados de la política internacional[24], convirtiéndose de esta forma, el tipo de régimen, en un factor crucial para la explicación sobre la adopción de las normas de derechos humanos.

Ahora, si bien esta concepción se ajusta a los cánones tradicionales que explicitan y caracterizan el comportamiento de los Estados, también es verdad que dicho análisis se convierte en cierto punto en reduccionista.

¿Por qué? Porque en un sistema internacional compuesto (en su gran mayoría) por regímenes políticos democráticos, las decisiones y consecuentes políticas públicas deberían ser superadoras e inclusivas, incorporando al análisis, factores demográficos, culturales y de arraigo, a las caracterizaciones sobre la temática de derechos humanos.

La Escuela Inglesa: su aporte analítico a través de la sociedad internacional

Como última teoría y en los términos de este trabajo, el supuesto básico de la escuela inglesa afirma la importancia de “formar una sociedad, en el sentido de que los involucrados en la misma, se conciban a sí mismos como un conjunto común de reglas, en sus relaciones con los demás”[25]. Así, la dimensión normativa se refiere específicamente a si la intervención humanitaria, debiera ser permitida en una sociedad de Estados constituidos por las reglas de soberanía, el principio de no intervención y la no utilización de la fuerza.

En este sentido, la teoría pluralista de la sociedad internacional, defiende las reglas de la sociedad de los Estados, sobre la base de concepciones plurales de los “buenos”. Su preocupación y análisis, reside en que en ausencia de un consenso internacional sobre las normas que rigen la práctica de la intervención humanitaria unilateral, los Estados actuarán bajo sus propios principios morales, debilitando de esta manera, un orden internacional basado en las reglas mencionadas con anterioridad[26].

Por otro lado y según los solidaristas, la premisa fundamental es que los gobiernos son responsables, no sólo de la protección de los derechos humanos en un determinado país, sino también de defenderlos en el extranjero. De esta forma, los Estados comprometidos con estos principios (podrían llamarse “buenos ciudadanos internacionales”) no se encuentran obligados a sacrificar los intereses vitales en defender los derechos humanos, pero si deben abandonar sus estrechos intereses comerciales, económicos y políticos, cuando entran en conflictos con aquellos[27].

Por último y en términos empíricos, muchos analistas han visto un claro avance del solidarismo en el creciente papel que ejerce la Organización de las Naciones Unidas en las nuevas prácticas de la intervención humanitaria y en la aceptación y legitimidad de la intervención coercitiva; es decir, el poder promover una interpretación bastante más amplia (y abarcativa) sobre las diversas amenazas hacia la paz y la seguridad internacional[28], que no se reduzca solo a cuestiones políticas y militares.

Conclusión

Habiendo caracterizado las teorías de relaciones internacionales más relevantes (desde mi punto de vista) para el objetivo de este trabajo, puede concluirse, a través de lo analizado, que la que mejor captura y explicita el cambio de parámetros, en términos de derechos humanos e intervención humanitaria, es la escuela constructivista.

¿Cuál es la justificación? Concretamente, la intervención humanitaria (y su doctrina, en términos conceptuales) es una construcción social y no una situación predeterminada con pocos signos de movilidad, como tiende a afirmar el realismo.

Es decir, una determinación intervención y las consecuencias sociales, económicas y culturales que la misma acarrea, se encuentra influenciada por el contexto en el cual se desarrolla, las peculiaridades de la sociedad, sus contradicciones internas y fundamentalmente, el juego de poder e intereses prevaleciente en ese momento.

A su vez y como se analizó, si bien una de las transformaciones más importantes posteriores a la Guerra Fría, fue el rol ascendente de actores no estatales en la doctrina de intervención humanitaria (en este caso es importante la presunción liberal), esta se encuentra muy ligada a un proceso de socialización entre actores de esta índole.

Mucho más aun, esta situación se encuentra potenciada con posterioridad al 2001, donde puede observarse claramente que el actor primordial de la política internacional (el Estado), pierde en cierta manera relevancia en la explicación de este tipo de fenómenos, en pos de una caracterización integral de las problemáticas internacionales.

En definitiva y al margen del actor que promueva una determinada intervención al tratar las cuestiones sobre derechos humanos, este lleva consigo su historia nacional, el carácter y la propia imagen que forja de los mismos. Es decir, su identidad moldea las preferencias que tenga sobre el fenómeno y sus acciones consecuentes. Así y como se expuso, una de las características de la intervención humanitaria contemporánea, es su vinculación a diversos programas de resolución de conflictos; siendo estos distintos, según la realidad que se analice y encontrándose determinados por valores y creencias comunes, variables por demás importantes que propugna la escuela constructivista.

De esta manera y conforme lo expuesto en la introducción, es importante hacer notar que el constructivismo es una teoría social aplicada a las relaciones internacionales. Esta particularidad, permite entender porque fenómenos tan complejos (contradictorios en algunos casos) y multivariables como la intervención humanitaria, se caracterizan de una mejor manera cuando se los analiza como una realidad fluctuante y en constante movimiento y no como una situación predeterminada que no sufre modificaciones con el transcurrir del tiempo.

Por último y según lo manifestado por Kofi Annan, el nuevo compromiso con la acción humanitaria es conservar el apoyo de los pueblos, independientemente de la región[29]. Dicho objetivo, podrá lograrse de forma eficiente, mediante un proceso de socialización integral, en el cual el argumento, la convicción y la persuasión en beneficio de la intervención humanitaria, sean determinantes para dicho fin.

 

 

[1] Vincent R.J. 1986. Human Rights and International Relations. Cambridge: Cambridge University Press, p. 125.

[2] MacFarlane Neil S. 2002. “Intervention in World Politics”. Adelphi Paper Series. Oxford: Oxford University Press for the International Institute for Strategic Studies, p. 14.

[3] Talentino Andrea. 2005. Military Intervention After the Cold War. Athens: Ohio University Press, p. 32.

[4] MacFarlane. “Intervention in World Politics”, p. 9.

[5] Weiss. Humanitarian Intervention: War and Conflict in the Modern World. Cambridge: Polity, p. 103.

[6] Forsythe David. 2006. Human Rights in International Relations. Cambridge: Cambridge University Press, p. 120.

[7] Ibid, p. 144.

[8] MacFarlane. “Intervention in World Politics”, p. 8.

[9] Weiss Thomas. 2007. Humanitarian Intervention: War and Conflict in the Modern World. Cambridge: Polity, p. 119.

[10] Talentino. Military Intervention After the Cold War, p. 84 – 85.

[11] Ibid, p. 86.

[12] Ibid, p. 87.

[13] Annan Kofi. 1999. “Two Concepts of Sovereignty”. The Economist, September 18, p. 50.

[14] Hans Peter Schmitz y Kathryn Sikkink. 2003. International Human Rights. En Handbook of International Relations, Walter Carlsnaes, Thomas Risse y Beth Simmons (eds.) New York: Sage, p. 517.

[15] Hurrell Andrew. 2007. On Global Order: Power, Values and the Constitution of the International Society. Oxford: Oxford University Press, 180-181.

[16] Sikkink, Kathryn. 2005. Mixed Signals: US Human Rights Policy and Latin America. Ithaca: Cornell University Press, p. 6.

[17] Schmitz y Sikkink. International Human Rigths, p. 523.

[18] Hurrell. On Global Order: Power, Values and the Constitution of the International Society, p. 147-148.

[19] Schmitz y Sikkink. International Human Rigths, p. 522.

[20] Ibid, p. 522-523.

[21] Wheeler, Nicholas J. 2000. Saving Strangers: Humanitarian Intervention in International Society. Oxford: Oxford University Press, p. 29-30.

[22] Forsythe, David. 2006. Human Rights in International Relations. Cambridge: Cambridge University Press, p. 184.

[23] Schmitz y Sikkink. International Human Rigths, p. 522.

[24] Sikkink. Mixed Signals: US Human Rights Policy and Latin America, p. 14.

[25] Wheeler. Saving Strangers: Humanitarian Intervention in International Society, p. 24-25.

[26] Ibid, p. 29.

[27] Ibid, p. 49.

[28] Hurrell. On Global Order: Power, Values and the Constitution of the International Society, p. 165.

[29] Annan Kofi. 1999. “Two Concepts of Sovereignty”. The Economist, September 18, p. 50.

Bibliografía:

– Annan, Kofi. 1999. “Two Concepts of Sovereignty”. The Economist, September 18, 49-50.

– Forsythe, David. 2006. Human Rights in International Relations. Cambridge: Cambridge University Press, 152 – 187.

– Hans Peter Schmitz y Kathryn Sikkink. 2003. International Human Rights. En Handbook of International Relations, Walter Carlsnaes, Thomas Risse y Beth Simmons (eds.) New York: Sage, 517-537.

– Hurrell, Andrew. 2007. On Global Order: Power, Values and the Constitution of the International Society. Oxford: Oxford University Press, 143 – 193.

– MacFarlane, Neil S. 2002. “Intervention in World Politics”. Adelphi Paper Series. Oxford: Oxford University Press for the International Institute for Strategic Studies, 7-84.

– Talentino, Andrea. 2005. Military Intervention After the Cold War. Athens: Ohio University Press, 19 – 94.

– Sikkink, Kathryn. 2005. Mixed Signals: US Human Rights Policy and Latin America. Ithaca: Cornell University Press, 3-22.

– Vincent, R. J. 1986. Human Rights and International Relations. Cambridge: Cambridge University Press, 111-128.

– Wheeler, Nicholas J. 2000. Saving Strangers: Humanitarian Intervention in International Society. Oxford: Oxford University Press, 22 – 52.

– Weiss, Thomas. 2007. Humanitarian Intervention: War and Conflict in the Modern World. Cambridge: Polity. 88 – 154.

 

 

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Gastón Gaspar Acosta

Gastón Gaspar Acosta (Buenos Aires, 1982), es Magister en Relaciones Internacionales con orientación en Seguridad Internacional, Conflicto y Paz por la Universidad del Salvador y Licenciado en Ciencia Política por la misma Universidad. Su Tesis de Maestría, estuvo centrada en la Teoría de la Dependencia expuesta por Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto y su vínculo con la problemática política-económica actual de América Latina, en términos internacionales. Ha publicado una decena de Artículos en Revistas de Argentina, España y la Universidad de Guadalajara, bajo la temática de Relaciones Internacionales, Ciencia Política y el Mercado de Trabajo Latinoamericano. Actualmente, es Analista Principal en la Coordinación de Teletrabajo, del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de Argentina.

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