“Compañeras y compañeros, a votar”: la militancia y su participación en las decisiones de los partidos

MICHAEL NEUDECKER | El secretario general del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció por sorpresa ante el Comité Federal de su partido que consultará la opinión de la militancia socialista ante cualquier pacto o negociación con otras formaciones políticas para formar Gobierno. Sánchez, que a su vez fue elegido líder del PSOE en un proceso de primarias directas en 2014, ha puesto encima de la mesa una medida pionera en España, aunque ya se ha puesto en práctica en otros países. Por ejemplo, en Alemania la militancia socialdemócrata pudo votar en diciembre de 2013 si el SPD debía o no participar en una gran coalición con los conservadores de Angela Merkel. Son medidas de participación directa de la militancia socialista que fueron precedidas por el proceso de primarias del Partido Socialista Francés celebrado en 2011 a dos vueltas.

Los tres partidos socialistas más importantes de Europa han elegido mecanismos de participación democrática para decidir cuestiones muy importantes y que afectan al conjunto de la ciudadanía. ¿Estamos ante una segunda ola democratizadora protagonizada por los partidos socialdemócratas?

Históricamente los partidos socialdemócratas han sido los abanderados de la ampliación del derecho al voto al conjunto de la población. Por ejemplo, a finales del S. XIX, en la mayoría de los países europeos con derecho a sufragio, éste no abarcaba a la clase trabajadora ya que el modelo del estado liberal que imperaba entonces sólo reconocía el derecho al voto a aquellos (hombres) que fueran propietarios. Era lo que se llamaría hoy un “Estado mínimo” para proteger exclusivamente la libertad individual y la propiedad privada. Es decir, el Estado no servía a los que no tenían nada.

Pero fueron los partidos socialdemócratas lo que, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, consiguieron que se instaurase el derecho al voto de una clase trabajadora que se había desangrado en las trincheras para defender al estado que ahora les debía ese reconocimiento.

Al abrir la participación política a las masas trabajadoras, los partidos socialdemócratas cambiaron también el fundamento del estado. Como explicó el jurista y politólogo Norberto Bobbio en su obra “El futuro de la democracia”, “cuando los titulares de los derechos políticos eran solamente los propietarios, era natural que la mayor exigencia hecha al poder político fuera la de proteger la libertad de la propiedad y de los contratos. Desde el momento que los derechos políticos fueron ampliados a los desposeídos y a los analfabetos, fue igualmente natural que a los gobernantes –que además de todo se proclamaban y en cierto sentido eran los representantes del pueblo- se les pidiese trabajo, ayuda para quienes no pueden trabajar, escuelas gratuitas y así por el estilo, ¿por qué no?, casas baratas, asistencia médica, etc.”. Es decir, con la ampliación de los derechos políticos a la masa conseguidos gracias a los partidos socialdemócratas, nació el estado social actual.

La “Ley de hierro de la oligarquía”

Así pues, los partidos socialdemócratas estaban unidos a la idea de la democracia. Sin embargo, esa idea no se correspondía con su funcionamiento interno que podía considerarse lejana a este ideal. Hace un siglo un sociólogo alemán llamado Robert Michels  estuvo investigando al que entonces era el mayor partido socialdemócrata del mundo: el SPD alemán. Tras años de análisis llegó a una conclusión que formuló como la llamada “Ley de hierro de la oligarquía”, que viene a decir, en resumen, que mientras más organizado y burocratizado sea un partido, más depende de sus líderes y menos democrático es. Se producía así una extraña paradoja, ya que el partido que había conseguido la creación del estado democrático era, a la vez, una organización gobernada por una oligarquía.

Sin embargo, esta paradoja no quiere decir que no sean partidos democráticos.  Según la teoría de Joseph A.  Schumpeter sobre el estado democrático, no se puede evitar la existencia de élites en una democracia, pero sí es fundamental que haya muchas élites compitiendo por el voto. Por lo tanto, para Schumpeter un gobierno no deja de ser democrático porque lo ejerza una élite siempre y cuando no tenga el poder absoluto ni el monopolio del mismo.

Bobbio recoge esta idea pero va más allá: “(…) el defecto de la democracia representativa en comparación con la democracia directa –defecto que consiste en la tendencia a la formación de aquellas pequeñas oligarquías que son los comités de partidos- no puede ser corregido más que por la existencia de una pluralidad de de oligarquías de mutua competencia. Tanto mejor si esas pequeñas oligarquías –a través de la democratización de la sociedad civil (…)- se vuelven cada vez menos oligárquicas y el poder no es solamente distribuido, sino también controlado”.

Es decir, Bobbio no pone en duda que los que dirigirán los partidos siempre serán élites, pero prefiere que sean muchas y que compitan entre ellas para conseguir así una mayor democratización de las organizaciones.

¿Es esto lo que pasará con las primarias en el PSOE y lo que ha pasado en el Partido Socialista francés? Ciertamente. Pero no es de extrañar, ya que este proceso de elección no deja de ser un espejo de las elecciones democráticas, donde tanto la élite que se presenta para ser elegida, como el elector que decide a qué élite le va a dar su voto, se mueven por su propio interés. Como dijo Max Weber en su obra “El político y el científico”: “La empresa política es, necesariamente, una empresa de interesados”.

¿Se vota por interés?

Bobbio distingue entre dos tipos de votantes: los que votan por opinión y los que lo hacen por intercambio, es decir, los que buscan un interés personal y directo en la victoria de una determinada élite. Como dice este autor, “tener poder, significa tener la capacidad de premiar o castigar, es decir, de obtener de los demás ciertos comportamientos deseados, o prometiendo y siendo capaz de dar recompensas, o amenazando y siendo capaz de infligir castigos”.          

En las elecciones internas de los partidos, las primarias, la situación no es muy diferente. Se vota entre diferentes élites dentro del mismo partido que se presentan al puesto de liderazgo. Habrá quienes decidan su voto por una cuestión de opinión, pero la mayoría de los electores (sobre todo entre los militantes) buscarán algo a cambio del suyo.

A este respecto Max Weber afirmó que “es evidente que la militancia del partido, sobre todo los funcionarios y empresarios del mismo, esperan del triunfo de su jefe una retribución personal en cargos o en privilegios de otro género. Y lo decisivo es que lo esperan de él y no de los parlamentarios o sólo de ellos. Lo que esperan es, sobre todo, que el efecto demagógico de la personalidad del jefe gane votos y mandatos para el partido en la contienda electoral, dándole así poder y aumentando, en consecuencia, hasta el máximo las posibilidades de sus partidarios para conseguir la ansiada retribución”. Una observación que este autor hizo en 1919 y que sigue siendo perfectamente aplicable a día de hoy.

Una cuestión de élites

Como conclusión, se puede afirmar que los partidos socialdemócratas europeos, que hace un siglo abanderaron la democratización de sus sociedades defendiendo la ampliación del derecho de voto a la clase trabajadora, buscan hoy renovar su legitimidad entre la sociedad recuperando la bandera de la democratización, pero esta vez de las decisiones de sus propias organizaciones.

Sin embargo, a pesar de que ciertamente las oligarquías de los partidos pierden así el monopolio del poder de decisión, este no deja de estar en manos de unas élites que, eso sí, deben competir entre ellas para conseguir el voto de los militantes y simpatizantes. Esa competición es la que le da el carácter democrático al proceso y rompe la “ley de hierro de la oligarquía” de Michels, porque ya no es el comité dirigente el que decide a solas, ahora tiene que competir con otros comités en la sombra y para ello debe tener en cuenta la voluntad de los electores.

Entre los electores, a su vez, puede que en algunos casos decidan dar su voto a una élite por motivos de opinión (al ser élites del mismo partido la diferencia no debería ser ideológica), pero la mayoría lo hará con la expectativa de recibir algo a cambio. Es decir, si en las elecciones a los parlamentos o alcaldías el votante busca una ventaja personal con su voto (mejores servicios públicos que le beneficiarán individualmente, por ejemplo), en las elecciones internas de un partido, el votante/militante apoyará a un candidato con la esperanza de que su victoria impulse su propia carrera política o la de su entorno, o para evitar castigos.  

La apertura de los procesos de decisión de los partidos socialistas a la voluntad de los electores abre un poco más la puerta hacia su democratización y de la propia sociedad. No deja de ser una cuestión de élites, pero se podrá elegir qué élite será la que gobierne, y para ello tendrán que tener en cuenta la voluntad de los votantes.

Sin embargo, este proceso no está libre de imperfecciones, ya que la elección de las élites mediante sufragio no elimina el riesgo de que no se elijan a los mejores. Como dijo Bobbio: “La democracia representativa nació del supuesto (equivocado) de que los individuos, una vez investidos de la función pública de seleccionar a sus representantes, habrán preferido a los “mejores”. Es decir, el candidato que salga elegido de las primarias no necesariamente será el mejor, ya que será el que decidan los votantes atendiendo a sus intereses individuales, que no tienen por qué coincidir.

Pase lo que pase, elijan al que elijan los electores, el o la candidata/a electo/a hará bien en hacer caso a este consejo de Max Weber: “No hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquella. La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez”. 

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Michael Neudecker

Michael Neudecker (Núremberg, 1977), es periodista y politólogo, profesional de la comunicación política de origen alemán. Su experiencia profesional ha transcurrido hasta el momento en el ámbito de las corporaciones locales, el parlamento regional de Madrid y la redacción de El País donde aprendió su oficio. Ha colaborado como analista en diferentes páginas web y mantiene dos blogs personales donde escribe sobre historia (La Vida de los Años http://vidayeltiempo.blogspot.com.es) y sobre análisis político y de comunicación (Las Reglas del Juego http://mneudecker.blogspot.com).

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