¿Coherencia ideológica o negociación? El dilema de los pactos tras el 20-D

MICHAEL NEUDECKER Cuando el candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, se presentó a la investidura en el Congreso de los Diputados lo hizo con el apoyo del Grupo Parlamentario de Ciudadanos además del Socialista. Juntos no sumaban suficientes votos para ganar, por lo que necesitaban el apoyo de al menos un tercer grupo amplio, en concreto el de Podemos. Este votó en contra y Pablo Iglesias, su líder, lo justificó con un discurso muy duro contra el PSOE por haber cedido y llegado a un acuerdo con Ciudadanos mientras destacaba la importancia de la coherencia ideológica. En un mapa político marcado por la diversidad y la falta de mayorías claras se plantea el siguiente dilema: ¿Coherencia ideológica a costa de no crecer o cesión para llegar a acuerdos y alcanzar el poder?

Después de las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, las negociaciones para alcanzar un acuerdo de investidura para formar un gobierno han demostrado el alto grado disensión entre los principales actores de la política española. Ya en la misma noche electoral, algunos portavoces destacaron la existencia de “líneas rojas” para expresar la voluntad de establecer límites en las negociaciones, cuando los resultados electorales decían que los partidos debían llegar obligatoriamente a un acuerdo, ya que ninguno gozaba de una mayoría suficiente para liderar en solitario la formación del Ejecutivo. Desde la misma noche electoral se planteó el siguiente conflicto: ¿ceder para llegar a acuerdos o mantener la coherencia ideológica?

El filósofo y profesor Daniel Innerarity explica en su libro “La política en tiempos de indignación” (Galaxia Gutenberg, 2015) que “una democracia, más que un régimen de acuerdo, es un sistema para convivir en condiciones de profundo y persistente desacuerdo”. Es decir, el desacuerdo entre los diferentes actores es lo normal y eso explica que existan actores diferentes que persiguen intereses e interpretan la realidad de forma distinta. Sin embargo, en una democracia esos actores diferentes deben convivir y eso implica tomar decisiones importantes si se quiere alcanzar de manera pacífica el objetivo último de cada partido: el poder.

Existe un problema importante de partida: “El desacuerdo en política goza de un prestigio exagerado”, según Innerarity, que asegura en este sentido que “el antagonismo ritualizado, elemental y previsible, convierte a la política en un combate en el que no se trata de discutir asuntos más o menos objetivos sino de escenificar unas diferencias necesarias para mantenerse o conquistar el poder”.

Es decir, “los que discuten no dialogan entre ellos sino que pugnan por la aprobación de un tercero”, lo que significa que “los discursos no se realizan para discutir con el adversario o tratar de convencerle, sino que adquieren un carácter plebiscitario, de legitimación ante el público. La comunicación política representa un tipo de confrontación elemental donde el acontecimiento está por encima del argumento, el espectáculo sobre el debate, la dramaturgia sobre la comunicación”, afirma Innerarity.

La escenificación de la falta de acuerdo es pues un método para llegar a los votantes, y también, y sobre todo, para mantener unidos y movilizados a los propios. Como escribe  Innerarity, “los actores sociales viven de la controversia y el desacuerdo. Con ello tratan de obtener no sólo la atención de la opinión pública sino también el liderazgo de la propia hinchada, que premia la intransigencia, la victimización y la firmeza. Con frecuencia esto conduce a un estilo dramatizador y de denuncia, que mantiene unida a la facción en torno a un eje elemental pero que dificulta mucho la consecución de acuerdos más allá de la propia parroquia”.

Sin embargo, a pesar de las ventajas a corto plazo que presenta el desacuerdo, a la hora de alcanzar el poder puede resultar contraproducente. “Los desacuerdos son más conservadores que los acuerdos; cuanto más polarizada esté una sociedad menos capaz es de transformarse. Ser fiel a los propios principios es una conducta admirable, pero defenderlos sin flexibilidad es condenarse al estancamiento”, dice Innerarity, que incluso advierte sobre las consecuencias de la falta de flexibilidad en la vida orgánica de los partidos: “El antagonismo del espacio social se reproduce en el interior de los grupos en una versión no menos simple y empobrecedora. Por eso es frecuente que se produzca un dualismo en el seno de los grupos políticos, entre quienes prefieren el prestigio externo y quienes viven de la aclamación interior”.

Sumar o consolidarse

¿Pactar y crecer hacia fuera a costa de la coherencia interna, o no pactar y no crecer pero mantener la coherencia interna? Esta es la cuestión a la que Innerarity responde: “Lo que favorece la coherencia interior suele impedir el crecimiento hacia fuera; en la radicalidad todos -es decir, más bien pocos- se mantienen unidos, mientras que las políticas flexibles permiten recabar mayores adhesiones aunque la unidad propia está menos garantizada”. Pero, “en cualquier caso, lo que nunca debería olvidarse es que un partido vale la suma de sus votos y de sus alianzas potenciales, que el poder es tanto lo uno como lo otro”.

La dificultad a la que se enfrentan los líderes políticos que quieren alcanzar un acuerdo es el giro a veces excesivamente brusco que deben llevar a cabo en su discurso tras una campaña electoral en la que los demás actores políticos son criticados y señalados, porque al fin y al cabo, “las campañas apenas proporcionan la posibilidad de diálogos constructivos porque sirven fundamentalmente para agudizar el contraste y polarizar, simplificando la elección que viene después”.

En todo caso, los líderes no deben olvidar jamás que “la retórica de las campañas forma parte de nuestras prácticas democráticas, pero gobernar es algo diferente, que obliga a pactar y hacer concesiones; quien gobierna necesita oponentes con los que colaborar y no tanto enemigos a quienes desacreditar en todo momento”.

¿Y cuándo ceder y cuándo no hacerlo?: “La política es el arte de distinguir correctamente en cada caso entre aquello en lo que debemos ponernos de acuerdo y aquello en lo que podemos e incluso debemos mantener el desacuerdo”. Como dice Daniel Innerarity: “Nuestros ideales dicen algo acerca de lo que queremos ser, pero nuestros compromisos revelan quiénes somos”.

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Michael Neudecker

Michael Neudecker (Núremberg, 1977), es periodista y politólogo, profesional de la comunicación política de origen alemán. Su experiencia profesional ha transcurrido hasta el momento en el ámbito de las corporaciones locales, el parlamento regional de Madrid y la redacción de El País donde aprendió su oficio. Ha colaborado como analista en diferentes páginas web y mantiene dos blogs personales donde escribe sobre historia (La Vida de los Años http://vidayeltiempo.blogspot.com.es) y sobre análisis político y de comunicación (Las Reglas del Juego http://mneudecker.blogspot.com).

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