¿Por qué votamos?: la elección racional

ANNA-CLARA MARTÍNEZ |

Antes de mi obra (“An economic theory of democracy, 1957”) solía decirse: “Lo que motiva al Gobierno es maximizar el interés común”. Yo dije: “No, lo que motiva al Gobierno es que la gente en el Gobierno quiere ser electa; los políticos compiten para ganar, no para hacer política”.

Anthony Downs (Illinois, 1930 – … )

Anthony Downs es autor de la teoría económica de la democracia la cual revolucionó, en los años ’50, la forma de entender la política.

Considerado además el precursor de la conocida teoría de la elección racional, ya que fue el primero en aplicar la mencionada teoría al ámbito político para así poder estudiar y comprender el comportamiento electoral.

De acuerdo con la teoría de la elección racional en estado puro, es decir, a nivel microeconómico, los individuos tienden a maximizar su beneficio y a reducir los riesgos o costes. Esto es, se prefiere más de aquello que nos pueda aportar provecho y evitamos lo que nos pueda causar un perjuicio.

La unidad de análisis de esta teoría es el individuo y se presupone que por naturaleza es egoísta y empleará su capacidad racional, su tiempo y su independencia emocional en la elección ecuánime de su mejor línea de conducta. Esta elección final tendrá como justificante su interés personal.

No obstante, cabe tener en cuenta que no todos los comportamientos humanos siguen la línea descrita. Como todas las teorías, la de la elección racional presenta sus excepciones y puntos débiles. En el presente artículo analizaremos una de estas singularidades presentada en forma de paradoja.

Downs aplica la teoría de la elección racional en la teoría económica de la democracia y se pregunta cuáles son los factores que inciden en el comportamiento electoral de los individuos: por qué la gente vota o no. Ello lo hace a través de varias fórmulas que únicamente queda invalidada para aquellos individuos que no puedan acudir a votar (enfermos ingresados en hospitales, por ejemplo) y para los que se hallen en situación de abstención militar.

Así pues, Downs parte de las dos fórmulas que siguen:

D x P – C > 0  VOTA

D x P – C < 0 ( o ) = 0  NO VOTA

En donde (D) es la diferencia de utilidad de los diversos partidos, fundamentada en la diferencia de programas que estos presentan y la capacidad que hayan podido tener para ganarse el voto, adaptándose a las necesidades del individuo. (P) es la probabilidad de que el voto sea decisivo pues, cuando lo es, la participación se ve estimulada. Por su parte, (C) son los costes, es decir, aquello a lo que renunciamos al ir a votar y, es por eso, por lo que debe restarse a (D) y (P). Existen dos tipos de costes: los de oportunidad y los de información. Los primeros, se refieren a aquello que debe renunciarse para poder acudir a las urnas (considerando que las elecciones normalmente son en festivo y debes renunciar a parte de tu tiempo de ocio). Los segundos, implican el acceso o no que se tenga a la información para poder decidir a quién votar. El hecho de leer los programas electorales, ver los informativos, escuchar las tertulias, entre otros, también hace que debamos renunciar a parte de nuestro tiempo diario. Downs considera muy importantes los medios de comunicación ya que el votante medio se abastecerá de los mismos y ello será condicionante directo en la formación de su opinión. Mencionar, recordando el “Modelo de propaganda” de Noam Chomsky (1988) que en muchas ocasiones estos medios no son imparciales.

Así pues, cuando la diferencia de C sobre el producto de D y P es mayor que 0, la elección racional del individuo es votar. Sin embargo, cuando esta diferencia es menor que 0 ó 0, la elección en este caso será no votar.

No obstante, la fórmula anterior resulta incompleta ya que en la realidad hay individuos que pese a no verse favorecidos acuden a votar. Por ello, Ordershook (1968) propone añadir una nueva variable: satisfacción (S), íntimamente relacionada con la cultura política. Esta variable indica que en algunos casos en que la probabilidad de decisión del voto es nula, si el individuo presenta una fuerte satisfacción o el sentimiento de reciprocidad con los candidatos es alto, puede conllevar la modificación de su decisión final, normalmente pasando de “no vota” a “vota”, pues la satisfacción siempre suma. Es por ello que las fórmulas quedan así:

S + D x P – C > 0  VOTA

S + D x P – C < 0 ( o ) = 0  NO VOTA

El incremento o no de la satisfacción en el individuo es lo que causa una paradoja en la teoría económica de la democracia puesto que una parte de los individuos que racionalmente no acudirían a las urnas lo acaban haciendo ya que su satisfacción es superior. Dicha satisfacción puede venir motivada por diversos factores: agradecimiento o penalización a un determinado partido político, deber cívico de acudir a las urnas, influencias de la cultura, entre otros. Todos ellos son sentimientos distintos al interés personal.

Podríamos considerar, además, la incorporación de otras variables como la edad o el tipo de elecciones. No obstante, en la actualidad se están disipando pues, si bien es cierto que la franja comprendida entre los 18-24 años es la que tiene un índice de participación electoral más bajo, basta sólo ver cómo la tesitura económica de recesión que estamos padeciendo actualmente ha servido para incrementar la participación electoral y el interés por la política en esa franja de edad. De igual modo, la crisis institucional y política (referida aquí en el sentido de penalizar o premiar a un determinado partido político por su labor) que sufrimos es considerada un aliciente suficiente para que el discernimiento entre los tipos de elecciones en el votante sea mínimo.

En resumen, la predicción del voto es una tarea más compleja de lo que aparenta a priori. La teoría de la elección racional queda invalidada y refutada cuando el interés personal del individuo no es el que acaba condicionando su elección final; sino que es la satisfacción, entendida como la moral y cooperación con los partidos políticos. Y únicamente podremos considerar votantes puramente racionales a aquellos que poseen información perfecta, algo complicado.

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Anna-Clara Martínez Fernández

Licenciada en Derecho (Universidad Pompeu Fabra), licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, Máster en Abogacía (Universidad de Barcelona) y Máster en Política y Democracia (UNED). Actualmente, trabajando de abogada especializada en derecho administrativo y colaborando en distintas publicaciones. Tiene especial interés por los temas de comportamiento electoral y de educación.

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