El consecuencialismo inconsistente de Otegi

JOSÉ MANUEL GRAGERA | La entrevista que realizó, el pasado domingo 19 de abril, Jordi Évole a Arnaldo Otegi pone sobre la mesa, filosóficamente hablando, una serie de cuestiones de gran interés; en este sentido, no pasan inadvertidos sus argumentos en lo que concierne a su ideología o su estrategia política, entre otros.

Otegui évole
Momento de la entrevista de Jordi Évole a Arnaldo Otegui.

Para este artículo, no voy a situarme en una posición meramente valorativa sobre sus declaraciones; en lugar de realizar juicios de valor de los temas tratados y el modo en que fueron articulados, pretendo hacer un análisis filosófico sobre determinadas respuestas que se dieron a lo largo de la entrevista.

Si en el título planteo la idea del consecuencialismo es porque, tal y como interpreto sus declaraciones y sus ideas acerca de lo que supuso la estrategia militar de ETA para conseguir la independencia de Euskadi, tienen una profunda raíz consecuencialista. Brevemente, el consecuencialismo como teoría moral o teoría de la acción pone su foco en las consecuencias de las acciones para decidir si un acto es considerado como negativo o positivo. En otras palabras, lo que determina el valor -positivo o negativo- de un determinado curso de acción es si éste proporciona los resultados que podemos considerar como esperados. Existen diferentes tipos de consecuencialismos que proponen valores distintos a conseguir -bien sea el placer, la felicidad o el bienestar-, pero la versión que nos atañe es el consecuencialismo «desnudo»; es decir, el hecho de valorar una acción concreta en función de que los resultados a los que de pie sean aquellos a los que aspiramos.

En estos términos, la posición de Arnaldo Otegi es puramente consecuencialista. A lo largo de la entrevista puede sentirse cómo esta idea envuelve el ambiente en el que se desarrolla la misma. Pero más concretamente, hay un punto en que Évole le pregunta si, a la luz de los negativos resultados obtenidos en pos de la independencia de Euskadi, no podría decirse que los actos criminales de ETA fracasaron y no tuvieron sentido alguno -si, como estamos diciendo, derivamos el sentido de una acción de la relación que ésta  posee con un fin concreto- . Dicho en forma de pregunta: Si el objetivo era conseguir la independencia y la estrategia de actuación, en aquel momento, fue librar una lucha armada con ETA como brazo ejecutor, ¿no resulta ésta una acción que no ha servido para nada -fallida y sin valor positivo alguno, por tanto-? Claramente, la pregunta del periodista está enfocada en un sentido consecuencialista.

La respuesta de Otegi, más allá de entregarse a lo obvio, y aquí es donde pretendo esclarecer la segunda parte del título de este artículo, fue decir algo como que no se puede valorar si una determinada acción ha sido buena o mala porque no haya cumplido su objetivo, cuando otra acción que compite contra la primera tampoco ha conseguido los resultados queridos o esperados. Esta acción competidora sería la actual estrategia política, es decir, conseguir la independencia por vías pacíficas y democráticas. En pocas palabras, no podemos decir que los asesinatos perpetrados no tengan sentido si la actual vía pacífica tampoco ha conseguido nada.

Llevar estos argumentos a un lenguaje lógico resulta, cuanto menos, sorprendente. Pongamos, por ejemplo, que x refiere al modo de actuación de ETA y que y señala la vía democrática actual con la que se pretende, como en el otro caso, la independencia de Euskadi. De esta manera, podríamos establecer las siguientes sentencias: i) x tendrá un valor positivo en caso de contribuir a conseguir la independencia;  ii) y tendrá un valor positivo en caso de contribuir a conseguir la independencia; iii) por tanto, si x e y no consiguen el resultado esperado tendrán una valencia negativa.

Ahora bien, si lo contrastamos con los argumentos vertidos por Otegi, vemos que el resultado sería algo así: aunque x no haya contribuido a conseguir el objetivo de la independencia no podemos decir que tenga un valor negativo, pues el curso de acción y tampoco ha logrado dicho objetivo.

Está claro que él realiza una comparativa entre ambas estrategias para valorar cuál es mejor que la otra, pero existe un claro desajuste entre sus razones: y es que los diferentes cursos de acción, para catalogar su valor, no se encuentran en referencia a las otras alternativas, sino al objetivo al que aspiran: la independencia de Euskadi. Con lo que Otegi nos aporta llegaremos a dilucidar, si acaso, si unas acciones fueron menos malas respecto a otras. En ningún caso pueden ser buenas si ninguna consiguió el resultado querido y esperado. Si queremos aprobar una asignatura y en cada una de las convocatorias sacamos una puntuación de 3,5 y 2,9 es imposible hablar de buenas puntuaciones; lo que existe es una que es menos mala que otra. Nada más.

En este aspecto, los argumentos de Arnaldo Otegi son consecuencialistas, sí, pero inconsistentes. Y esto no es lo peor; intentar jugar a ser filósofo esgrimiendo razonamientos del todo insostenibles puede llegar a ser «irrelevante». Lo realmente inquietante es que, puesto que no otorga ningún valor moral intrínseco a determinados actos -sólo en virtud de sus consecuencias-, podría deducirse que matar personas pudiera ser bueno, no ya sólo si la vía pacífica fracasara, sino en caso de que, efectivamente, esas muertes producidas hubieran servido para obtener la independencia; y no únicamente esto, sino que si la actual -u otra distinta- estrategia fracasa, la opción de asesinar podría volver a entrar en el balance deliberativo, porque no se la valoró como mala en sí misma. Ahí, ya no lógica sino moralmente, su argumento es totalmente perverso y siniestro.

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José Manuel Gragera

José Manuel Gragera Junco (Badajoz, 1992). Finalizando mis estudios del Grado en Filosofía en la Universidad de Málaga. En lo académico, encuentro especial interés en asuntos relevantes para disciplinas que van desde la Filosofía Moral a la Filosofía del Derecho, pasando por otras como Filosofía Política, Filosofía de la Acción o Filosofía Social. Además, encuentro de gran interés temáticas concernientes a la Economía. En algunos aspectos, gran admirador del pensamiento aristotélico. Inquieto, curioso, observador y defensor de ampliar nuestra percepción de lo real.

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