El ascenso de la ultraderecha austríaca, ¿susto o muerte?

LUIS LIDÓN LEHNHOFF | ¿Susto o muerte? El ecologista Alexander Van der Bellen derrotó a la ultraderecha o, si lo prefieren,  ésta quedó a sólo 31.000 papeletas de la Presidencia de Austria. Por el momento se evitó lo peor. Pero que el derechista Partido Liberal (FPÖ) lograse un 49,7 % de los votos, aun con la derrota, es una demostración de que algo va mal. Por unos pocos miles de votos la derecha populista ha quedado a las puertas de la jefatura de Estado de un país de la Unión Europea. Aunque el presidente es una figura más bien institucional, Norbert Hofer, el candidato del FPÖ, prometió utilizar todos los resortes del cargo, lo que incluye, en determinados supuestos, la capacidad para destituir al Gobierno. Las encuestas sitúan al FPÖ primero en estimación de votos en unas elecciones parlamentarias. Pocos dudan de que Hofer hubiera forzado un adelanto electoral antes del final de la legislatura, en 2018, para que sus correligionarios aprovechasen el buen momento por el que pasan.

Hace apenas unas semanas nadie hubiera imaginado que el FPÖ pudiera obtener el voto de la mitad del electorado. Las elecciones han atraído la atención de todo el mundo con una tensión dramática propia de un guión: dos candidatos antagónicos, un claro y temido favorito en la segunda vuelta y un giro dramático en el último momento. Pero la realidad no es una película. Aquí van cinco claves sobre lo sucedido y una coda.

Hartazgo: Una parte importante de la población está harta de la fórmula de la gran coalición entre el Partido Socialdemócrata (SPÖ) y el conservador Partido Popular (ÖVP). Esta coalición ha dirigido el país durante 42 de los 71 años de la Segunda República. El resto del tiempo hubo un canciller de una de esas formaciones. Más que gobernar juntos, se han repartido el país. Esta división se lleva hasta aspectos anodinos, por ejemplo, hay un club del automóvil o un servicio de ayuda social de derechas y otro de izquierdas. Incluso hay un servicio de ambulancias conservador (Johanniter) y otro progresista (Arbeiter Samariter Bund). El país ha estado dividido en las últimas décadas entre progresistas y conservadores, pero las diferencias se han gestionado dentro del pacto de posguerra. La última edición de la gran coalición se da desde 2007. Su apoyo en los últimos años se ha derrumbado y de celebrarse ahora elecciones no superaría el 45 % de los votos. El Gobierno ha tenido que asumir el desgaste de la crisis económica, con un aumento del paro hasta niveles altos para un país con un desempleo tradicionalmente muy bajo. Además de dificultar la renovación de las formaciones, la gran coalición ha dejado la oposición en manos del FPÖ. Esta formación en los últimos años ha suavizado su discurso, eliminando alusiones abiertamente xenófobas y antisemitas, y se ha centrado en las políticas sociales. Se define como “el partido social-patriótico”. El FPÖ ha presentado el relato de que ya no existe una división vertical entre izquierda y derecha, sino horizontal entre la elite y la gente normal, los de arriba y los de abajo. Quizá les suene. El resultado: gran parte del voto obrero y poco cualificado, que ve peligrar su trabajo por la liberalización de la economía y la inmigración, vota ahora al FPÖ. Este partido combina políticas distributivas (sólo para austríacos) y críticas a la globalización propias de la izquierda, con unas ideas ultraconservadoras en lo social. Socialdemócratas y conservadores, además, cometieron un grave error en estas elecciones: no les dieron ninguna importancia. Ambos partidos han monopolizado la Presidencia desde el final de la II Guerra Mundial y presentaron candidatos grises, envejecidos y sin carisma.  Entre ambas formaciones sólo lograron el 22 % de los votos en la primera vuelta y quedaron fuera de la ronda final. La dimisión del canciller Werner Faymann se debió a ese fracaso.

Norbert Hofer: Gran parte del éxito del FPÖ se debe a su candidato en las elecciones. El fallecido Jörg Haider se convirtió en un referente de la derecha populista en Europa porque modernizó la imagen del FPÖ y dominó el lenguaje televisivo. Pero tanto Haider como su sucesor, Heinz Christian Strache, tienen un carácter mercurial, son “machos alfa” que transmiten agresividad. Hofer, por el contrario, nunca pierde los nervios y su tono de voz y su lenguaje corporal traslada mansedumbre. Siempre responde a las acusaciones con una sonrisa y tiene una oratoria hábil y persuasiva. Pero detrás de ese edulcorado envoltorio verbal se esconden ideas radicales. Recientemente aseguró que el 8 de mayo, el día de la capitulación del Tercer Reich, “no fue un día de alegría”. En 2013, cuando tomó posesión de su acta de diputado, apareció en la Cámara con una flor de aciano en la solapa de su chaqueta, un símbolo que utilizaron los nazis en Austria cuando entre 1933 y 1938 su partido estaba prohibido. Hofer, que anda con un bastón desde que tuvo un accidente cuando practicaba parapente, es miembro de honor de dos cofradías estudiantiles de extrema derecha y pangermanistas. En varias ocasiones ha dicho que su artista favorito es Odin Wiesinger, un pintor que en algunas obras ha dibujado soldados de la Wehrmacht o mapas de la Gran Alemania, en la que se incluye Austria, Tirol del Sur, parte de República Checa y Polonia. Pese a todo esto, la suavidad en sus formas ha llevado a parte del electorado a creer que es moderado. Hofer se ha formado en numerosos seminarios de oratoria y, como Haider, tiene debilidad por trucos de la controvertida Programación Neurolingüística. Es, además, uno de los ideólogos a la sombra del FPÖ. Pese a su importancia en el partido no era una figura pública conocida, lo que ha tenido un efecto sorpresa en parte del electorado que ha seguido los debates. A esto hay que añadir que era con mucho el más joven de los candidatos, con 45 años. La mayoría de sus votantes han asegurado que lo escogieron porque era simpático o porque entendía los problemas de la gente.

Van der Bellen: El candidato ecologista Alexander Van der Bellen sólo ha ganado por 31.000 votos porque le ha lastrado su identificación con Los Verdes, aunque formalmente se presentó como independiente. Van der Bellen, de 72 años, fue el líder de la formación entre 1997 y 2008. El partido ecologista está situado a la izquierda del SPÖ y para muchos austríacos, especialmente los conservadores del medio rural, su imagen se asocia con cierta soberbia de la clase media urbana. Los Verdes suelen lograr entre el 10 y el 15 % de los votos y atraen a profesionales liberales, profesores, funcionarios medios y jóvenes formados. Es el partido de los artistas y los intelectuales. Su ideario a favor de una sociedad abierta, cosmopolita y multicultural incluye la cogida de refugiados. Defiende una Europa federal en la que los Estados cedan soberanía, algo no muy popular en un país pequeño como Austria. El FPÖ, por el contrario, demanda renacionalizar las políticas europeas. Para una parte de la población, Van der Bellen, más de centro que de izquierdas, es el representante de una clase intelectual que vive en una burbuja. Y ese ha sido el flanco por el que le ha atacado Hofer. El 85 por ciento de los trabajadores manuales votó a Hofer y el 90 por ciento de las personas con titulación superior a Van der Bellen. En las ciudades ganó el ecologista, en el campo arraso Hofer. La mayoría de los que respaldó a Van der Bellen lo hicieron para evitar la llegada de un ultraderechista a la Presidencia. Pero también hubo gente que votó a Hofer para evitar que Van der Bellen fuera presidente. Numerosos analistas consideran que con otro contendiente la derrota de Hofer hubiera sido más clara. El político ecologista recibió en la campaña el apoyo de numerosas figuras políticas, empezando por el nuevo canciller, Christian Kern, así como de escritores, músicos o cineastas, pero cada apoyo que recibía era utilizado por Hofer para asentar su narrativa. Era una lucha de los privilegiados contra la gente común.

La prensa sensacionalista: Ningún análisis político sobre Austria debería pasar por alto la influencia de la prensa sensacionalista. Subvencionado con generosidad, el Kronen Zeitung es el diario más leído proporcionalmente en el planeta y supone el alimento espiritual de tres millones de lectores en un país de poco más de ocho millones de habitantes. En plena crisis del periodismo impreso sigue vendiendo más de 700.000 ejemplares diarios y el domingo tiene una tirada de 1,2 millones. El dimisionario canciller Faymann tuvo una estrecha relación con esta cabecera y anunció en ella medidas de gobierno antes que en el Parlamento. Su primera entrevista tras su dimisión la concedió a otro diario cercano, el gratuito Österreich. Junto a estos dos periódicos, Heute completa un trío que algunos definen como “una maquinaria de idiotización colectiva”. Para una parte importante de la población, especialmente en el entorno rural, es la única lectura para entender la realidad. Su línea editorial es euroesceptica, alarmista y contra las elites y el gran capital. La disolución de la identidad austríaca dentro de la UE o la extinción de la cultura y las tradiciones del país son algunos de sus temas recurrentes. Desde el SPÖ se justifican las subvenciones a este tipo de prensa para controlar a la ultraderecha en un momento en el que a los socialdemócratas les cuesta conectar con una parte de la sociedad. Sin embargo, pese a esas subvenciones, esta prensa ha desarrollado una agenda propia y en algunas ocasiones es el gobierno el que legisla en caliente para complacerla. El cambio de rumbo en la política sobre refugiados se debe en gran medida a la información de la prensa sensacionalista. Durante las semanas previas a las elecciones sus portadas estuvieron repletas de robos, casos de abusos sexuales, violaciones o intentos de violación cometidos, supuestamente, por refugiados e inmigrantes. En ese tiempo el debate político estuvo marcado por la inseguridad y el aumento de la criminalidad. Asuntos en los que el FPÖ siempre lleva las de ganar.

La crisis de los refugiados: En septiembre de 2015 muchos austríacos se volcaron en atender a los miles de refugiados que llegaban a las estaciones del país. Austria había seguido la política de puertas abiertas de Alemania, pero con el paso de los meses y al ver que ningún otro país europeo se sumaba en la acogida, el ambiente fue cambiando. Alemania, Austria y Suecia tuvieron que asumir la práctica totalidad de la ola de refugiados que llegó al continente. Por poner las cosas en perspectiva: los 90.000 refugiados que acogió Austria el año pasado equivaldrían en España a medio millón de personas. ¿Cuál sería el debate público en España si se hubieran acogido a 500.000 refugiados? Las denuncias de abusos sexuales en Colonia marcaron un punto de inflexión y el Gobierno cambió de dirección y forzó el cierre de la ruta de los Balcanes en Macedonia. Ese cambio de política, impulsado por las malas encuestas y los diarios sensacionalistas, confirmaba la posición que desde el principio había defendido el FPÖ en inmigración. El Gobierno actuó como lo hubiera hecho el FPÖ pero con meses de retraso. Gran parte de la campaña electoral giró en torno a los temas que más beneficiaban al discurso ultra: inseguridad, inmigración y paro. El gobierno siempre estuvo a la defensiva y sus candidatos no ofrecieron respuestas claras. La crisis de los refugiados no explica por sí sola el buen resultado de la ultraderecha, pero cayó en un terreno fértil. Se sumó a una situación de hartazgo con los partidos tradicionales, de aumento del paro y, en general, a una sensación de incertidumbre. El único que ofreció un relato claro fue el FPÖ con el mensaje de que los austríacos debían tener prioridad en el acceso a los servicios sociales y al mercado de trabajo. Un mensaje que convenció a muchos obreros y atrajo incluso a inmigrantes con pasaporte austríaco. La situación encajó en una narrativa ya existente. La de la lucha del pueblo llano contra los privilegiados. La llegada de los refugiados cayó dentro del discurso del FPÖ de que las elites del país no estaban interesadas en los austríacos que lo estaban pasando mal y preferían ayudar a decenas de miles de extranjeros.

Coda: La lectura positiva es que con el viento a favor -el debate sobre inmigración y seguridad, y un contendiente que no logró aglutinar a todos los que se oponen al FPÖ- Hofer no ha ganado las elecciones. La negativa es que atrajo al 49,7 %. Una parte importante de ese voto es prestado y no volverá a la formación. Igual que todo el que votó a Van der Bellen no lo hará por Los Verdes. Pero la derecha populista ha mostrado ser muy hábil en la era de Facebook y Twitter. Las próximas elecciones serán en 2018 si no se adelantan antes. Y el FPÖ puede lograr alrededor del 30 % de los votos. El ÖVP no descarta una coalición, al igual que la que acordaron entre 2000 y 2006. El nuevo canciller socialdemócrata, Kern, ha mejorado las encuestas del SPÖ pero queda por saber si eso se mantendrá a largo plazo. En los partidos tradicionales falta una narrativa común sobre el futuro. Sobre proyectos compartidos. Tampoco hay una estrategia para recuperar el voto desafecto que se fue al FPÖ. Es un problema común a los partidos tradicionales en toda Europa. A ningún líder europeo se le recuerda un discurso que entusiasme, como el “A more perfect union” de Barack Obama, durante la campaña de 2008, en el que ofreció su visión sobre los problemas del país y que conectó con mucha gente. Karl Kraus escribió que Austria era “el mejor laboratorio para ensayar el fin del mundo”. Quizá no el fin del mundo pero sí el de la UE tal como la conocemos hasta ahora. Las elecciones de Francia en 2017 serán decisivas. De nuevo será susto o muerte.

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Luis Lidón Lehnhoff

Luis Lidón Lehnhoff (1978) Licenciado en Periodismo y en Estudios de Asia Oriental. Máster en Relaciones Internacionales por la Complutense y en Periodismo por El País. Escribe desde Viena y alrededores. Más dado a la duda que a la certeza.

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8 comentarios sobre “El ascenso de la ultraderecha austríaca, ¿susto o muerte?

  • el 28 mayo, 2016 a las 2:54 am
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    Europa está jugando con fuego. Hungría y Polonia ya es buen ejemplo de ello. En Austria de momento sólo se ha quedado en susto, pero el voto por regiones y lo ajustado del resultado final evidencian que esto no va en broma.

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    • el 29 mayo, 2016 a las 2:04 pm
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      Será un susto para la extrema izquierda y el sistema, porque no creo que el pueblo austriaco se haya asustado

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  • el 29 mayo, 2016 a las 9:56 am
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    La izquierda se nutre en gran parte del voto de los inmigrantes. También de los que viven de ongs, partidos, sindicatos, etc. Primar derechos de inmigrantes en detrimento de los nacionales tiene su respuesta.
    “Gran parte de la campaña electoral giró en torno a los temas que más beneficiaban al discurso ultra: inseguridad, inmigración y paro. ” ¿Y sobre que quieres que gire el discurso electoral? ¿Sobre el sexo de los ángeles?

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  • el 29 mayo, 2016 a las 2:03 pm
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    O sea, la “extrema derecha” es el partido de los trabajadores y de la gente menos favorecida, que sufre directamente el impacto de una emigración que amenaza su bienestar y su futuro y el de sus hijos (porque eso es así) y que ve cómo miles de extranjeros se instalan cerca de ellos y les fastidian la vida. La izquierda y extrema izquierda es el partido de la gente bien, gente educada y fina, de los ricos, de los burgueses que no ven peligrar nada, son favorables a la emigración pues no les afecta, mantienen sus estatus de privilegio y pueden presumir de criadas (que además le salen baratas), jardineros, etc … a mogollón y buen precio. Ah, y a sus barrios esa gente no se va a vivir porque son caros. Por otra parte, ¿ cuántos de los votos del izquierdista y millonario que le han servido para ganar las elecciones proceden de extranjeros naturalizados, extraños a Austria y a Europa y su civilización y cultura? : Miles. El ganador no es el candidato de los austríacos. Y eso es así.

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