El debate interno del PSOE

DANIEL GUERRA SESMA | Tras las últimas elecciones del 26-J, los dos asuntos más relevantes son las negociaciones de Mariano Rajoy para intentar formar gobierno y el debate interno del PSOE para aclarar cuál será su posición final. El tercer tema, la reflexión interna de Podemos, está a la espera de que encuentren el millón de votos perdido.

Las dos primeras cuestiones van ligadas. La posición final del PSOE, que ha decidido esperar, depende de los apoyos que consiga Rajoy. Si éste consiguiera apoyos suficientes, el PSOE podría pasar tranquilamente a la oposición sin necesidad de pensárselo mucho. Pero en caso contrario su decisión será definitiva para obtener gobierno o ir a unas terceras elecciones en menos de un año.

No es de extrañar que estos dos partidos protagonicen la escena política actual -Ciudadanos tendrá su parte de protagonismo conforme vaya concretando un pacto con el PP-. Fueron los ganadores de las elecciones: el PP porque subió de 123 a 137 escaños en el Congreso, más la mayoría en el Senado (107 senadores), con lo que recibió el mensaje de que debía liderar la iniciativa para formar gobierno. Por su parte, el PSOE, a pesar de bajar otros cinco diputados, obtuvo la comprensión del electorado para no ser superado por Podemos, y seguir manteniéndose así como actor principal. El resultado no fue un retorno al bipartidismo, que de momento se ve lejano, pero sí un correctivo a los dos partidos emergentes que iban a por lana y salieron algo trasquilados. El mensaje es que el electorado español ya los asume como actores importantes pero que aún no ha llegado su hora.

Como consecuencia de lo anterior, se puede interpretar el resultado electoral, en primera instancia, como un acicate a los dos principales partidos para que dialoguen entre ellos, dada la demanda de reformas políticas e institucionales. Los dos, cada uno en su medida, han sido premiados, luego responsabilizados por los ciudadanos para que resuelvan la situación de ingobernabilidad, sin llegar a la gran coalición.

Ciertamente el PP lo tiene difícil para asegurar una mayoría, que por ahora se presenta en torno a 170 diputados (PP-C´S-CC). No está mal, ya hubo presidentes elegidos con menos votos, pero porque la oposición estaba mucho más fragmentada que la actual y porque no generaron en ella un rechazo total, como puede suceder ahora. Todos tuvieron algunas abstenciones, lo que es difícil que consiga Rajoy, que de momento sólo se mueve entre votos a favor y votos en contra, siendo éstos mayoría.

El candidato del Partido Popular podría contar con la abstención del PNV. A pesar de la lejanía actual, los nacionalistas vascos estarían muy interesados en que no se repitieran las elecciones, sobre todo por temor a que coincidan con las vascas. A los partidos nacionalistas nunca les ha gustado que las elecciones autonómicas coincidan con las generales, porque en aquéllas pueden remarcar su perfil propio y porque así evitan un trasvase de voto útil a opciones de ámbito estatal.

No habría que descartar otra posibilidad más remota, cual es la de la abstención de CDC. El PP está trabajando para que tenga grupo parlamentario propio, lo que no es baladí. CDC (o su sucesor) podría justificar su abstención alegando una posición ya de outsider de la política española y diciendo que, sintiéndose más fuera que dentro de España, la elección del gobierno español le es relativamente indiferente, por lo que abstenerse o votar en contra no es una cuestión vital. Por otra parte, la salida de Fernández Díaz del ministerio del Interior facilitaría el diálogo institucional. En tercer lugar, a la Generalitat le interesa llegar a algún acuerdo financiero. Finalmente, este nuevo ambiente redundaría, quizá, en una estrategia más suave por parte de la Abogacía del Estado y de la Fiscalía en el proceso contra Artur Mas por la convocatoria del referéndum del 9-N. Habrá que ver, en todo caso, si se adelantan también las elecciones en Cataluña, lo que podría influir en la determinación de Convergència (o como se llame).

Sin embargo, si estas dos abstenciones, realmente improbables, no se llegaran a producir, todas las miradas estarán orientadas hacia el PSOE, tal como adelantó Eduardo Bayón en este mismo medio (“Abstención de entrada No“, 9.07.16). En ese caso los socialistas reproducirán su debate interno entre los partidarios de no darle al PP ni agua, y los que proponen una abstención activa que permitiría pasar a la oposición pero dejando a España con Gobierno.

En este momento inicial en que el centro lo ocupa las negociaciones de Rajoy, es normal que el PSOE, a la vista de los resultados obtenidos, se quiera apartar del foco dirigiéndose directamente a la oposición sin esperar ninguna llamada de Moncloa. Es precipitado, por tanto, esperar del PSOE una posición más concreta que la expresada en el Comité Federal de hoy. Pero el debate está ahí, los datos apuntan a un posible final no deseado, y las dos posiciones internas ya se han planteado claramente, por lo que sí se puede hacer, al menos, un análisis de probabilidad.

La posición contraria a cualquier facilidad hacia el PP se basa en dos ideas-fuerza: la de “cambio” y la de “alternativa”. El cambio ya fue invocado por Pedro Sánchez en la noche electoral del 20-D, pero al final sólo se tradujo en un pacto con Ciudadanos, partido al que en un debate electoral el propio Sánchez lo calificó de derechista. ¿Cuál era el cambio del que hablaban, pues? ¿Un cambio hacia la izquierda? Los resultados no lo indicaban, porque él mismo reiteró en su investidura que las izquierdas no sumaban. Hoy suman aún menos.

Posteriormente se fue viendo que el cambio se refería a algo así como un cambio “democrático” o reformista con Podemos y Ciudadanos, es decir, con los nuevos partidos que propugnaban reformas políticas más allá de sus diferencias ideológicas. Pero precisamente estas diferencias, importantes, impidieron un pacto tripartito. El cambio democrático, insistimos, se redujo al pacto con Ciudadanos, que ya no era tan de derechas.

¿Sería posible intentar de nuevo el pacto tripartito entre PSOE, Podemos y Ciudadanos? Algunos dirigentes sueñan con él, y puede que Pedro Sánchez no haya perdido definitivamente la esperanza. Sería un pacto difícil visto lo visto, aunque tampoco hay que descartarlo teniendo en cuenta que una de las conclusiones a la que parecen haber llegado los dirigentes de Podemos para explicar su resultado, inferior a lo esperado, es la agresividad mostrada con el PSOE. Ello podría replantear su actitud con respecto a posibles ofertas provenientes de los socialistas, pero no hay datos que permitan afirmar que ese replanteamiento se puede extender a un acuerdo con Ciudadanos, partido que, por otra parte, está en este momento mucho más centrado en el pacto con el PP.

No parece que en el PSOE actual haya el mismo entusiasmo por el pacto tripartito de “cambio”, aunque lo dejen en la recámara como plan B. Pero, además de lo dicho anteriormente, reintentar este pacto tendría un riesgo añadido, cual es el de que daría la sensación de volver a pretender un imposible y de pérdida de tiempo si atendemos a criterios de gobernabilidad. Es una opción que, como digo, no hay que descartar de antemano, pero que fue un fracaso y que lo más seguro es que lo vuelva a ser, y ya no hay mucho tiempo que perder. Entre otras cosas, porque España debe presentar el techo de gasto de las administraciones a la UE antes de septiembre.

La segunda idea presentada por Ferraz para rechazar cualquier facilidad al PP es la de presentarse como “la alternativa” (querrán decir “la opción”) a ese partido. Está claro que en diversas materias sociales y de derechos civiles hay diferencias entre socialistas y populares. Sin embargo, el centro del debate es la política económica, y en eso las diferencias se reducen porque ambos partidos, dentro de sus agrupaciones europeas socialdemócrata y popular, han depositado la soberanía económica en la Unión Europea, y concretamente en el Consejo y la Comisión, tal como señala el artículo 119 del Tratado de Funcionamiento. En realidad, quien decide en la UE es el Eurogrupo (un órgano que, por cierto, ni es institución ni tiene estatuto propio). Los socialdemócratas europeos, y entre ellos los españoles, han contribuido con liberales y democristianos a construir la UE actual y a redactar sus tratados constituyentes. Y en la UE actual la política económica se decide en Bruselas, no en Madrid. Luego el PSOE no puede presentarse como “la alternativa” al PP cuando comparte con éste el consenso europeo. La política económica que han venido haciendo PSOE y PP desde la Moncloa ha sido, con matices, muy parecida. Las diferencias entre ellos son las que hay entre sus respectivas reformas laborales, y la que llevan adelante los socialistas franceses se asemeja mucho a la del PP. Ahora los socialistas protestan por el incumplimiento del déficit español, pero con ello no hacen sino dar la razón a los populares cuando defienden la prioridad de las políticas de control del mismo. Que insistan una y otra vez en negarse a cualquier apoyo al PP por razones ideológicas y presentándose como “la alternativa” no deja de parecer, en suma, una sobreactuación con escasa credibilidad.

La opción de permitir un gobierno del PP absteniéndose en la segunda o tercera votación dependería de los apoyos obtenidos por Rajoy de, al menos, Ciudadanos y Coalición Canaria, lo que no está aún garantizado. Si el PNV se abstuviera, Rajoy seguiría sin tener mayoría, pero eso podría decantar al PSOE a hacer lo mismo. La abstención socialista facilitaría un Gobierno para España, y le permitiría pasar a la oposición en una situación de privilegio para controlar la acción de un gobierno en minoría y obligándole a, junto a Ciudadanos, negociar reformas tales como la constitucional y la electoral, entre otras. El PSOE estaría en posición de vigilar, también, el vaciamiento del Fondo de Pensiones al que el PP recurre cada vez con más asiduidad, entre otras medidas. Hay que tener en cuenta, además, la mayoría del PP en el Senado.

Un argumento que se utiliza por algunos dirigentes socialistas para rechazar la abstención es que si no se niegan en rotundo a apoyar al PP, Podemos les ocupará el espacio de la izquierda y monopolizará la oposición. Resulta contradictorio por cuanto si finalmente el PSOE vota en contra de Rajoy, la consecuencia más probable es el nuevo adelantamiento de las elecciones, y eso sí podría beneficiar a Podemos, un partido hecho sobre todo para la contienda electoral. Por no hablar de las ventajas que el adelanto supondría, sobre todo, para el PP. Asimismo, Ya se ha dicho que permitir el gobierno del PP con la abstención no impide quedarse en la oposición parlamentaria, aunque con una actitud más constructiva.

Es decir, que podemos encontrarnos con la situación paradójica de que la estrategia del PSOE más contraria al PP podría acabar beneficiando a este partido, porque conduciría a un adelanto electoral que, seguramente, perjudicaría sobre todo al propio PSOE. Este partido aparecería entonces como el gran culpable de la ausencia de gobierno y del adelanto electoral. Y no porque el PP lo repitiera machaconamente, sino porque mucha gente lo vería como evidente.

En todo caso, no parece justificable impedir el gobierno del Partido Popular, cuando tu voto es decisivo, sin prever una mayoría alternativa. El PSOE está en todo su derecho de, por las razones que considere oportunas, hacer lo posible para que el PP no gobierne España. Pero hacerlo sin proporcionar otra mayoría es hacer como el perro del hortelano, que ni comía ni dejaba comer. Este argumento fue precisamente utilizado por Susana Díaz durante su costosa investidura, denunciando que enfrente tenía una mayoría de bloqueo incapaz de forjar una mayoría de gobierno. Es presumible pensar que si el adelanto electoral se produce por esta circunstancia, los ciudadanos se lo echarán en cara al PSOE. Por ello, no se entiende muy bien la estratega de algunos dirigentes socialistas que no quieren un gobierno del PP pero tampoco concretan una mayoría alternativa, porque eso conduce inevitablemente a unas elecciones que, presumiblemente, perjudicarán al propio PSOE.

En cambio, si los socialistas permitieran el inicio de la legislatura con su abstención, podrían recomponer su espacio presentándose ante la sociedad como un partido que, sin dejar de estar en la oposición parlamentaria, participa de los grandes pactos de Estado y además condicionando al Gobierno. Y Podemos seguiría con su proceso de reflexión en un contexto no deseado: el de una legislatura de dos años o más. Los dirigentes de Podemos han demostrado tener mucha prisa por superar al PSOE y llegar al poder; una legislatura de plazo medio podría prolongar el debate inconcluso entre ser un movimiento popular o un partido institucional, o ambas cosas a la vez, lo que es aún más difícil. Ese debate interno, más la relación con IU y las confluencias, podría llegar a agotarlo.

Dos apuntes finales más. Primero, por lo dicho antes sobre la política económica, pero también por temas como la unidad del Estado y el consenso europeo, el PSOE está programáticamente más cerca de Ciudadanos y del PP que de Podemos. Los que dentro del Partido Socialista siguen insistiendo en algún tipo de acuerdo con este partido deberían tener en cuenta este dato. En los grandes temas de debate político en España (economía, cuestión territorial y Europa) el PSOE coincide básicamente con C´S y PP, no con Podemos. Por más que se hable de familiaridad entre las izquierdas, la cercanía programática del PSOE no está en su izquierda sino en su derecha. Otra cosa es que sus bases militantes y electorales compartan cultura política, pero las alianzas políticas se forjan en torno a programas, y aquí hay tres programas que defienden el euro, la unidad de España y el control de gasto (aun con matices), mientras que Podemos defiende la salida de la zona euro, la reforma de los tratados y el derecho a decidir de las naciones dentro de un Estado plurinacional. Comparen y vean dónde están las coincidencias y dónde las diferencias.

Por último, todos estos análisis, incluido éste, adolecen de un vicio: priorizar los intereses de los partidos sobre los del Estado, que somos todos. Todo se analiza en función de lo que interesa más al PSOE, al PP, a Podemos y a los demás: lo importante son las estrategias partidistas. Tanto políticos como muchos analistas se olvidan de que lo prioritario es tener un gobierno y que el país funcione en beneficio de los ciudadanos. El interés del Estado, de las personas, está por encima del de los partidos, sean cuales sean éstos. Menos tacticismo y más patriotismo de verdad sería deseable en estas horas importantes.

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Daniel Guerra Sesma

Politólogo. Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración (UNED). Profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad de Sevilla. Autor de "Socialismo español y federalismo, 1873-1976" (KRK Ediciones y Fundación José Barreiro, Oviedo, 2013) y de "El pensamiento territorial de la Segunda República Española" (Athenaika, Sevilla, 2016).

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2 comentarios sobre “El debate interno del PSOE

  • el 11 julio, 2016 a las 6:23 pm
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    Si el PSOE se abstiene habrá provocado un efecto semejante al que habría podido provocar el sorpasso, es decir, habrá facilitado la investidura de Rajoy. Es cierto que tendría tiempo para recomponerse, pero también lo es que, a Podemos no le vendría mal para reconventirse, asentarse y crear una red territorial capaz de competir en las municipales/autonómicas de 2019.

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  • el 12 julio, 2016 a las 1:29 pm
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    Emilio, gracias por el comentario. Podemos puede asentarse como organización o estar en la oposición unos años le puede agotar si no saben tranquilizarse y aprovecharlo. Veremos cómo reacciona a esta situación que ellos no querían. En todo caso, ya digo al final que lo importante no es lo que beneficie o perjudique a los partidos, sino que España necesita un gobierno, y la única opción realista ahora es gobierno del PP o nuevas elecciones.

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