El 11S, EEUU y Arabia Saudí

LUIS LIDÓN LEHNHOFF | Quince años desde el 11 de septiembre de 2001. Quince años de intervenciones, asesinatos extrajudiciales, torturas por cuenta propia y ajena, secuestros (eso y no otra cosa son las “extraordinary renditions”) y cárceles secretas. Quince años después, las ideas radicales que animaron los atentados del 11S se han expandido y reforzado en Oriente Medio, África, Asia y Europa. Las víctimas de atentados son ahora más que entonces, Dáesh y Boko Haram controlan más territorio, tienen más medios y son más radicales que Al Qaeda o los talibán, que podrían pasar ahora por moderados. El número de Estados fallidos ha crecido con Irak, Siria y Libia, mientras que Afganistán sigue en una situación de fragilidad permanente. Amplias zonas del Sahel y de la cuenca del lago Chad están en manos yihadistas. Somalia sigue atascada en la nada. Todo esto pese a un gasto militar astronómico, al bombardeo en incontables países, a los drones, a los misiles Hellfire, a una política exterior militarizada, al anuncio de la muerte de cabecillas, lideres, gerifaltes, incluso del propio Osama Bin Laden, sustituidos todos ellos por nuevos nombres, más jóvenes, siempre más radicales y despiadados.

Quince años de una cultura del miedo en Estados Unidos y en Europa, de un sinfín de alarmas y avisos, de predicciones de ataques terroristas, en los que siempre se repite que lo importante no es preguntarse si habrá un nuevo atentado, sino cuándo. Quince años desde que Bin Laden, hijo de un millonario saudí, antiguo colaborador de la CIA en la lucha contra la invasión soviética de Afganistán, lograse con algo de planificación y bastante de suerte, con un numero pequeño de secuestradores y suicidas, casi todos saudíes, causar el mayor atentado de la historia.

Desde entonces se han vertido hectolitros de tinta en infinidad de análisis que explican que el 11S lo ha cambiado todo, que el siglo XXI comenzó con ese atentado. Las imágenes del 11S siguen pareciendo irreales, el derrumbe del World Trade Center en el centro de Manhattan y figuras sonámbulas emergiendo de los escombros. El apocalipsis retransmitido en directo. El lugar común es decir que aquel atentado dejó atrás el mundo de ayer, el de las viejas certezas. Pero no ha sido así, algo continúa hoy al igual que entonces. EEUU y la UE siguen siendo aliados de Arabia Saudí, una dictadura brutal que desde hace décadas exporta una interpretación literal del Corán que ahoga con fanatismo cualquier aperturismo. EEUU ha declarado una “guerra global contra el terrorismo”, pero no ha luchado hasta ahora contra el salafismo que ayuda a justificar la violencia islamista. No sólo no lucha contra él sino que tiene a Arabia Saudí y a otras petromonarquías, todas ellas ultraconservadoras, como grandes aliados. EEUU y la UE denuncian, con motivo, los bombardeos de Asad y la aviación rusa en Alepo pero callan o emiten reproches que apenas llegan a murmullo cuando aviones saudíes bombardean en Yemen a civiles.

Para entender por qué se ha fracasado en la “guerra contra el terrorismo” no son necesarios análisis sobre tácticas militares o formas de reclutamiento en Internet. Basta con entender la letal connivencia con estos exportadores de extremismo. Al Qaeda, Dáesh, Boko Haram, Al Shabab son todas organizaciones salafistas. Y durante las últimas cinco décadas, Arabia Saudí ha sido el más generoso patrocinador del salafismo en todo el mundo. Los salafistas representan menos del 5 % de la población musulmana, el resto lo rechaza por demasiado rígido, puritano, inflexible. También tienen una vocación proselitista, un espíritu misionero que busca convertir al mayor número posible a su forma “pura”, “no contaminada” -eso dicen- de islám. Arabia Saudí y otras petromonarquías han contribuido generosamente a la tarea. Cuando Dáesh ha tratado de escolarizar, o mejor dicho adoctrinar, a los menores en su territorio ha utilizado libros de texto saudíes. No es de extrañar. Su visión del mundo es la misma, sus castigos, ya sean decapitaciones o lapidaciones públicas, también. Qué es lo que pretende Dáesh sino lo que hace Arabia Saudí desde que se fundó: aplicar la sharia como ley del Estado, como única fuente de derecho. La Universidad de Medina forma a estudiantes de todo el mundo en el fanatismo salafista y los devuelve a sus lugares de origen, en los Balcanes, África o Indonesia, donde expanden su puritanismo ultraconservador y arrinconan otras formas moderadas de islám. Tratar de luchar contra el terrorismo fundamentalista y ser aliado de Arabia Saudí y de las monarquías del golfo es como intentar erradicar la malaria y ser, al mismo tiempo, accionista de un criadero de mosquitos. Eso es justo lo que hace EEUU.

Recapitulemos: 15 de los 19 autores del atentado del 11S eran saudíes, al igual que Bin Laden ¿Qué hubiera pasado si en lugar de saudíes hubieran sido iraníes? ¿Hubiera tenido EEUU tanta paciencia? Pero fueron saudíes. Sólo el pasado viernes 9 de septiembre, casi 15 años después, el Congreso de EEUU aprobó que víctimas de los atentados puedan exigir indemnizaciones a Arabia Saudí en tribunales estadounidenses. La normativa todavía debe ser ratificada por Barack Obama para que entre en vigor, pero ya ha anunciado que la vetará. El motivo: la seguridad nacional. Y los intereses estadounidenses, claro, que no siempre son los de su ciudadanía. En caso de que Obama vete la ley, se devolvería al Congreso y se necesitarían dos tercios de los votos para aprobarla. Es cierto que la investigación de las agencias de inteligencia estadounidenses concluyó hace 13 años que no existen pruebas sobre la implicación de líderes de Arabia Saudí en los atentados del 11S, pero entonces, ¿por qué vetar la ley? Arabia Saudí ha amenazado con vender activos estadounidenses por un valor de hasta 750.000 millones de dólares en caso de que se apruebe.

La amistad tóxica de EEUU con Arabia Saudí no explica todo lo que salió mal en estos 15 años, tampoco el desastre de la invasión de Irak, sin motivos más allá de la ceguera estratégica y el oportunismo de un grupo de neocons – Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld– que utilizaron el golpe emocional de los atentados para completar unos planes que ya tenían en mente mucho antes. La invasión de Irak con la absurda excusa de democratizar una región atrapada entre el autoritarismo secular y el extremismo islámico es el desastre originario del que parten todos los demás. Pero el efecto de las ideas radicales sembradas por el ideario y el petróleo saudí empeoró todo. Al Qaeda no existía en Irak antes de la invasión y Dáesh no se puede explicar sin esa mezcla de fanatismo salafista, miembros del ejército sadamista humillados y jóvenes resentidos con la ocupación de EEUU. Irónicamente, la guerra de Irak produjo uno de los resultados que Bin Laden buscaba: meter a EEUU en una guerra interminable que la agotase económica y moralmente. Tal como había sucedido con la Unión Soviética en Afganistán.

¿Se puede aprender algo del fracaso de la guerra contra las drogas?

“La guerra contra las drogas” que Richard Nixon lanzó en 1971 ha sido un desastre sin paliativos durante décadas: violaciones de los derechos humanos, criminalización de los afroamericanos, aumento exponencial de la población carcelaria tanto en EEUU como en América Latina, intervenciones internacionales, militarización en la respuesta a un problema social dentro y fuera del país. Obama ha tenido el valor de distanciarse poco a poco de esa “guerra” -posiblemente el acuerdo de paz en Colombia no hubiera sido posible sin eso- y ha buscado acabar con unas respuestas que no dieron resultado. La administración Obama ha abogado por políticas públicas basadas en la evidencia para luchar contra las drogas. Prevención, tratamiento y reinserción en lugar de criminalización, condena y cárcel. La “guerra contra las drogas”, más allá de utilizar la palabra “guerra” como horrible metáfora, tiene paralelismos con lo que sucede ahora. Ambas “guerras” se perpetuaron porque reproducían las causas que pretendían combatir y eran militarmente irresolubles, pese a la obsesión en darles una respuesta armada con más dinero y violencia. El fin de la “guerra contra las drogas” llegó cuando se comprendió que causaba más violencia y miseria de la que pretendía prevenir. Que no era una guerra contra las drogas sino contra los más vulnerables. Esperemos que la otra desastrosa “guerra” en la que se ha embarcado EEUU no sea tan larga y Washington descubra que no hay que limitarse a combatir a las personas, sino ante todo, a la perniciosa ideología que las radicaliza.

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Luis Lidón Lehnhoff

Luis Lidón Lehnhoff (1978) Licenciado en Periodismo y en Estudios de Asia Oriental. Máster en Relaciones Internacionales por la Complutense y en Periodismo por El País. Escribe desde Viena y alrededores. Más dado a la duda que a la certeza.

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2 comentarios sobre “El 11S, EEUU y Arabia Saudí

  • el 15 Septiembre, 2016 a las 6:25 pm
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    Siempre ha sido sabido la financiación de embajadas “culturales” y mezquitas salafistas por parte de Arabia Saudí. La pregunta oportuna creo que es, ¿cómo va a afectar a la zona de oriente medio y a Estados Unidos la nueva posición de Irán, la lucha por la hegemonía con Arabia Saudí y sus nuevas relaciones con EE.UU.?

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