¿Qué significa la solidaridad en lo político?

Kant creyó ver el criterio que permite distinguir la “buena” autonomía de la “mala” en la posibilidad de universalización inmediata de la máxima en ley. Nos hemos percatado de que ese criterio era de entrada inaplicable para calificar la solidaridad, que siempre es una defensa de intereses, tan legítimos como el interés general, aunque ordinariamente más estrechos que él. Si un interés puede verse legitimado por la solidaridad, evidentemente es por vías más tortuosas y menos directas que la posibilidad casi inmediata de la universalización. Si admitimos, en un primer momento, que el procedimiento kantiano de universalización está bien fundado para las cuestiones que atañen a la autonomía y a sus valores satélite – lo que no creemos en absoluto, al no funcionar más que en ejemplos con límites bien definidos para que la solución sea evidente –, semejante procedimiento es impensable, desde el primer instante, para las cuestiones que tratan de la solidaridad.

Con la solidaridad, se trata de hacer valer intereses necesariamente particulares como si accedieran a un valor general susceptible de desplazar los antiguos valores considerados generales. La conmensurabilidad a que la solidaridad apela es ciertamente la del interés general y político, aunque operando su reducción a un denominador común al conservar la diversidad y la particularidad que la soberanía combina y articula. Lo hemos afirmado anteriormente: la conmensurabilidad de la solidaridad sólo podrá efectuarse realmente, en la mayoría de los casos, a través de redistribuciones de dinero y de una concepción global y sistemática de la organización de las funciones. Puede perfectamente ser llevada a cabo, en el seno de la sociedad civil, a todos los niveles excepto el de la soberanía; pero existe, en el movimiento de la solidaridad, igual que en el de la vieja amicitia y de la todavía más antigua filia, un impulso que apunta, por poco que se lo ponga en perspectiva, a la soberanía. Exactamente por esa razón cierto número de liberales, como Hayek, han desarrollado un odio íntimo e implacable contra la solidaridad, precisamente ellos que soñaban con un mercado en el que el Estado casi no intervendría, salvo quizás para impedir o cortar de raíz cualquier veleidad de solidaridad que pudiera apoderarse de un grupo a quién el frágil equilibro del mercado no satisfaría.

Lo cual representa una extraña visión, bastante quimérica, del funcionamiento del mercado y del papel que el Estado puede desempeñar; ya que si el Estado sólo tuviera por función impedir a algunos grupos cambiar los equilibrios de mercado, ¿no sería este impedimento, a su manera, una intervención del Estado? Se puede perfectamente romper solidaridades nacientes dispersas; no por ello se termina su juego, cuya ruptura sólo es una fase en un proceso global y una simple postergación.

Consideramos más bien el movimiento de la solidaridad (o de las solidaridades) de manera parecida a como A. Smith describe el funcionamiento de cierto número de valores en la Teoría de los sentimientos morales, es decir como un juego de afectos, de institucionalizaciones y de reanudaciones afectivas más allá de esas calcificaciones institucionales. A. Smith no habla mucho de solidaridad en ese texto, pero es posible reconstituir a nuestro gusto su movimiento a partir de la espiral helicoidal por la que hace pasar todos los valores, convirtiendo casi en absurda la cuestión de saber si esos valores son más bien hechos o deberes, sentimientos o virtudes. Está claro que los valores son todo eso a la vez, si no simultáneamente, al menos sí sucesivamente. Comprobémoslo precisamente a propósito de la solidaridad, esbozando por nosotros mismos su puesta en movimiento en un estilo a lo Smith.

La solidaridad podría presentarse primero bajo la forma de un sentimiento de protesta y de una llamada a los demás para que reconozcan que esta protesta está legítimamente fundada. El sentimiento, verdadero o falso, de no ser bien tratado por la sociedad, lleva a apelar a la solidaridad; el sentimiento se vive como un hecho, aunque sea, por definición, una valoración. Puede ser la aprobación o la reprobación de un maltrato reconocido o supuesto. El sentimiento no necesita, para ejercer su dinámica, responder a hechos “reales”; basta con que los demás supongan que lo son para que puedan solidarizarse con los sentimientos que parecen haber provocado explícitamente en otros y que éstos impriman un efecto de aceleración al torbellino afectivo que empieza a levantarse.

El torbellino o la dinámica del afecto desemboca, a cualquier nivel, es cierto, y sin embargo siempre con cierta conciencia de a qué conduce, en un tratamiento político de la cuestión planteada y haciendo aparecer la cuestión de la ética, aunque puede quedarse mucho tiempo en el valle que separa la ética de lo político, mientras se discute sobre ella. Lo político permite superar el estadio de la reivindicación. La reivindicación consiste en llevar ante la colectividad una situación particular considerada una injusticia que requiere reevaluación y corrección. La reivindicación es normal si se limita a formas simbólicas con el objetivo, sin embargo, de desembocar en una transformación real; es la forma que adopta la necesidad, para la persona pública, de tener en cuenta a sus minorías, a sus individuos. La seriedad de las posiciones éticas, de algunas de ellas al menos, reside en el paso a lo político, sin el cual la ética sólo sería una coartada sin gran consistencia de lo político.

Pero sería un error creer, una vez ha pasado a lo político y se ha fundido en él, que la solidaridad, convertida en órgano institucional, ley, regla, costumbre política, jamás regresa a la ética, de tal manera que su contenido pasó definitivamente a otra cosa. Es cierto que la modificación del contenido ético en ley se efectúa así y vemos con frecuencia que una ley bien hecha, que se aplica casi sin que las personas cuyas vidas regula se percaten de ello, puede perfectamente producir un efecto y ser la expresión de una necesidad real: no por ello consigue abolir todo efecto de adhesión o de rechazo.

The following two tabs change content below.

Carolina García Hervás

Carolina García Hervás (Linares, Jaén, 1985). Jurista y mediadora. Actualmente cursa el Grado de Ciencias Políticas y Gestión Pública en la Universidad de Burgos. Cuenta con experiencia laboral en países como Francia, Bélgica, Reino Unido y Estonia y ha participado en diversos programas europeos como la Beca Robert Schuman del Parlamento Europeo y el Servicio de Voluntariado Europeo. Actualmente dirige su propia Asociación sobre Derechos Humanos y redacta proyectos de cooperación internacional y desarrollo para diversas ONG's. Espera poder compartir con vosotros artículos de interés desde Debate 21.

Deja un comentario

¿Te gusta Debate21?

Queremos explicar la realidad de un modo distinto.

¿Nos sigues?