El poder de la “patria querida”

La oposición venezolana está equivocada. Desde hace muchos años que el primer tópico de discusión en Venezuela es la política. Lo quieran o no, los habitantes de este país no pueden escaparse del acontecer de la vida pública y los aciertos y desaciertos del gobierno de turno.

El pintoresco y carismático personaje que lideraría un golpe de estado en los noventa, y luego las riendas del país con las mayores reservas petroleras del mundo, supuso un antes y un después en el estilo de hacer política nacional. Sus habilidades oratorias capaces de enganchar hasta al adversario más acérrimo, fracturaron las posibilidades de discutir los temas de interés para el futuro de la nación, a cambio de una interminable narrativa anti-imperialista decorada a veces con una dosis de humor populacho, y llena siempre de un resentimiento feroz. La hora de la venganza había llegado.

Rápidamente sus palabras marcaron el rumbo de los venezolanos y, especialmente, el rumbo de la dirigencia política independientemente de su bando. Habiéndose preparado por mucho tiempo, incluso especializándose en el área de comunicación política, el Comandante impuso un monopolio discursivo a partir del cual todos tendrían que razonar. En pocas palabras, no perdió por un momento la capacidad de establecer la agenda pública de la sociedad.

Tales fueron sus competencias persuasivas, que del mejor amigo de los medios de comunicación y la élite económica venezolana, pasó sin mayor problema a convertirse en el hijo del más longevo dictador del continente americano, acabando con todas las instituciones que podrían suponer un obstáculo en su autoritario camino, y siendo aplaudido por ello.

A varios años de su muerte, esa presencia discursiva sigue influenciando la percepción del entorno venezolano. La costumbre de estar al tanto de sus opiniones y paradigmas permanentemente a través de toda la propaganda oficial, de alguna manera mutiló las aptitudes de la sociedad política democrática para plantear una perspectiva diferente.

La palabra cambio hoy no es suficiente. La idea de que cualquier gobierno será mejor que el actual no es suficiente. Años y años de escuchar a Chávez hablar de los grandes errores de la época puntofijista –los 40 años de democracia previos a su gobierno– ha calado en todos y no hay forma de movilizar plenamente a los ciudadanos sin abordar esta discusión.

Los resultados electorales de 2015, por más que le resulte incómodo a un sector, se deben principalmente al rechazo de la Revolución, no al agrado por la alternativa opositora. No fue el gran liderazgo de la Mesa de la Unidad lo que convenció a millones de electores a sumarse el 6 de diciembre, sino la desesperación ante la crisis social que absorbe cada día al país en manos de un gobierno fallido.

La importancia de volver a establecer la agenda no es poca cosa. Gobernar es comunicar, y quien controla la agenda, controla las riendas del país.

Gracias al gobierno chavista, hoy día no hay medio de comunicación social lo suficientemente fuerte e influyente capaz de impulsar una agenda pública como en años anteriores. Inclusive, no hay líder político de oposición que tampoco lo pueda hacer. Por no decir que quizá, en realidad, no haya líder político alguno. Pues basta con preguntarse quién podría ser en la actualidad un buen candidato opositor (que no se halle en prisión) para las elecciones presidenciales, y solo los grillos cantarían.

Sin embargo, el trabajo político de base sí tiene esa capacidad si se realiza de manera coordinada aprovechando la plataforma de la MUD como punto de partida. Es la herramienta idónea para proponer un cambio de paradigma y difundir una nueva visión de país que supere esa noción simplista y superficial de algo diferente, de un “país dolarizado”, de un “país sin malandros” por la sencilla razón de que otra persona usará la banda presidencial.

Establecer una nueva agenda en la que el gobierno boliburgués tenga muy poca participación resulta necesario para que el mensaje llegue a la gente. Y para que esto suceda podemos aprender de las mismas técnicas empleadas por quienes detentan el poder. La guerra económica, el imperialismo yanqui, la conspiración de la ultraderecha, la famosa “patria querida”, etc. Éstas no son solo frases pegajosas. Éstas son frases que definen el mundo de los venezolanos, ya sea para apoyarlas y creer en ellas, o para negarlas y combatirlas. El lenguaje militar, bélico, confrontacional, ha resultado clave para polarizar y sacarle el máximo provecho al juego político. A este tipo de tácticas comunicacionales deben prestar mucha atención los demócratas, si quieren marcar un nuevo camino de la política venezolana.

Definir el país, definir el futuro en sus propios términos es obligatorio para ser una alternativa real. Controlar el vocabulario para llegar a los ciudadanos no sólo como estrategia para ganar unas elecciones sino para hacer entender que la historia democrática, de los derechos y privilegios que alguna vez permitieron a sus ciudadanos salir adelante en Venezuela no se debe al carácter heroico y despótico de una élite militar que sabía cómo poner orden en la casa, sino al trabajo y compromiso de millones de ciudadanos, de héroes civiles que diariamente pusieron de su parte para enriquecer moralmente a la sociedad, así como para fortalecer las instituciones democráticas y fraternales del país.

En este sentido, los políticos demócratas deberían entender que la comunicación, siendo siempre inherente a su oficio público, tiene que respetar a la sociedad civil que los apoya y espera escuchar la verdad, sin importar las sensibilidades que pueda despertar. Esto no supone decir todo lo que sucede, ni revelar lo que ocurre tras bambalinas, sino respetar a quienes creen en la democracia, en vez de defender teorías ficticias que sólo pretenden manipular voluntades y cuidarse de no ofender al poder.

Si no van a haber elecciones, no prometan elecciones. Si no saben cómo acabar con la delincuencia, no juren que acabarán con ella. Si miles de jóvenes los acompañan en una marcha y esperan horas para escuchar su discurso, tengan algo inteligente y constructivo que decir.

En fin, la ciudadanía espera de la alianza opositora y demócrata mucho más que un acuerdo para conseguir el poder. Espera una nueva visión de Venezuela, soluciones reales a corto y largo plazo sin los atajos que los llevaron hasta esta situación. Una política de debate, de transparencia, y dónde el interés público prele sobre las candidaturas partidistas que,  lamentablemente, parecieran querer seguir haciendo uso del modelo clientelar y rentista que ha acabado con el enorme potencial del país.

Quizá sólo haga falta pensar en lo que recientemente hicieron los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, desconociendo las medidas absurdas de un tribunal parcializado por respeto a sus compañeros y sus propios ideales de democracia y libertad. Y qué mejor comienzo que empezar por definir las palabras de esa visión.

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Alejandro Yordi

Consultor estratégico en campañas políticas y comunicación corporativa. Licenciado en Letras y Especialista en Comunicación Política, Alejandro Yordi ha dedicado los últimos años a la planificación e implementación de estrategias de comunicación para campañas de gobierno y electorales en un contexto de cambios políticos abruptos y gran polarización.

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