¿Qué demonios es Europa?

¿Qué es Europa? ¿Qué es la Unión Europea? Supongo que si le preguntáramos a cualquiera si conocen ambas cosas, nos responderían inmediatamente que sí, que lo saben, pero si les pidiéramos que nos lo explicaran, la cosa cambia. Europa es un continente, un territorio con muchos países y gente… y la UE, bueno, es como una alianza entre países, algo que tiene que ver con la economía, algo a lo que el gobierno le echa la culpa de los recortes.

Esta es probablemente la respuesta que darían cuatro de cada cinco personas en nuestro país. Las razones son muchas y variadas, pero podríamos sintetizarlas en dos: el nacionalismo y la falta de transparencia.

Desde el Renacimiento, el estado-nación ha sido siempre el ente supremo. Lo único que hay por encima de él son otros estados todavía más fuertes.  Los ciudadanos tienen completamente asumida la idea de que los que detentan el poder son los gobiernos de sus países. En el caso europeo, la más sencilla investigación revela las grandes aportaciones que ha hecho la UE a sus países. España, sin ir más lejos, ha recibido en 25 años 228.000 millones de euros, prácticamente la mitad de las obras publicas son financiadas por el dinero europeo. Sin embargo, esta ayuda no ha sido asumida por la población, ya que al ser el ejecutor el estado, se atribuye este el mérito de los avances, mientras la UE queda como el chivo expiatorio de las decisiones impopulares, en una tendencia que se ha dado, en mayor o menor medida, en todos los países del continente: la nacionalización de los éxitos y la europeización de los fracasos.

La UE ha sido desde su creación una construcción diseñada, debatida y desarrollada por las elites políticas y económicas, casi totalmente ajena a la ciudadanía. Quizás sus aspiraciones, totalmente radicales en su momento, hicieran que en un principio tal planteamiento pudiera ser efectivo, pero hoy nos enfrentamos a sus peores consecuencias.

Actualmente nos encontramos en un periodo de crisis que afecta a todos los ámbitos sociales, políticos económicos, a una época en la que se derrumban las certezas, se presencia la destrucción de los valores que cimientan nuestras sociedades y emergen el miedo, el odio al que es diferente, el sentimiento de grupo privilegiado que se enfrenta a amenazas que pretenden destruirnos. Y parece que en ningún otro lugar se están dando como aquí, en Europa.

¿Qué podemos esperar del futuro? Si las cosas siguen como hasta ahora, parece que al final nos encontraremos ante dos Europas: la del Sur, pobre, agobiada por las deudas, el paro y la miseria, y la del Norte, aislada de los efectos más perjudiciales de la crisis, autoritaria, nacionalista y xenófoba. Los bancos y las corporaciones absorberán toda la riqueza. No volveremos a una Europa del siglo XX como predicen algunos, sino a la Europa del XIX, al predominio del nacionalismo radical, la consagración más absoluta del capital y el retorno a las dos únicas clases que concibe tal sistema: los pobres y los ricos, los gobernantes y los gobernados.

Recordemos como eran las cosas hace tan solo setenta años. Europa destruida, decenas de millones de muertos, el hambre y la miseria extendidas por doquier, de una manera no demasiado distinta a lo que está sucediendo ahora. Y todo ello, fruto de las mismas derivas totalitarias que se extienden de nuevo por el continente.

En el mundo actual, el mundo de la globalización (con la que se puede estar más o menos de acuerdo, pero todos debemos aceptar que es imposible volver atrás) nos enfrentamos a una realidad ineludible: los mercados están por encima de la mayor parte de los estados. Los únicos capaces de evitar esta situación son aquellos países que por su tamaño, sus recursos o su población tienen el poder necesario para condicionar al gran capital. En un mapa como este, ningún país europeo es capaz por si solo de ejercer el control necesario que le permita implantar las políticas de bienestar que han sido el signo característico del modelo de sociedad europeo. Los defensores de la vuelta a los estados nación de antaño persiguen una quimera: El pasado no vuelve, nunca volverá. Un retorno a esta situación haría que los países europeos se convirtieran en actores insignificantes, cuyo destino recaería en manos de las potencias que dirijan el futuro. La unión ya no se trata de un asunto moral, político o económico. Se trata de una cuestión que marcara la supervivencia de nuestro modelo de vida. Inglaterra es un triste ejemplo de este estado de cosas. A fuerza de dudar entre el pasado y el futuro, un pasado marcado por la grandeza, el predominio económico y el sentimiento de superioridad frente a otros pueblos y un futuro incierto, que parece gritar que la vida no volverá a ser como antes, la mitad del pueblo británico ha preferido negar la realidad y escuchar a aquellos que les dicen que sí que es posible volver atrás.

Por primera vez en mucho tiempo, Europa mira hacia el futuro no con esperanza, sino con miedo.

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Hugo Álvarez

Hugo Álvarez es originario de Oviedo. Tras estudiar Derecho, obtuvo el Máster en Diplomacia y Función Publica Internacional en el CEI Internacional Affairs de Barcelona, para trabajar después en la Embajada Española en República Dominicana. Desde entonces, se ha especializado en el estudio de las cuestiones europeas y los movimientos alter-europeistas.

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