Europa resiste, la amenaza persiste

Europa respira aliviada tras la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones francesas, en las que el pueblo galo echó el freno al populismo nacionalista y xenófobo que encarnaba Marine Le Pen. No obstante, Francia continúa caminando al borde del precipicio, y cualquier paso en falso podría provocar una caída definitiva en el abismo, arrastrando consigo a toda Europa. Y es a que un 34% de los franceses que acudieron a las urnas el pasado domingo parece generarle más miedo e inquietud el continuismo con las políticas actuales que el hecho de que la hija pródiga del ultraderechista Jean Marie Le Pen dirija los designios del país.

Por ello, sorprende la complacencia mostrada desde Bruselas, así como la satisfacción por parte del poder económico, político y mediático, en contraste con la reacción que despertó la llegada de Le Pen padre a la segunda vuelta en las elecciones del 2002, obteniendo la mitad de votos que su hija. Por aquel entonces saltaron todas las alarmas, y la conmoción en el país fue tal que los franceses se echaron a la calle en señal de repulsa ante un candidato negacionista del Holocausto y con una visión del país antagónica a la que representan los valores republicanos franceses. Este 2017 la imagen que hemos visto ha sido bien diferente, y la líder del Frente Nacional ha pasado a convertirse en una candidata más, matizando su discurso y llegando incluso a fotografiarse en Amiens con los trabajadores que protestaban por la deslocalización de la matriz estadounidense de su fábrica de electrodomésticos, mientras presumía de ser la verdadera candidata del pueblo y acusaba a su rival de estar de parte de las corporaciones.

Pero no solo es que la extrema derecha haya aderezado su ideario xenófobo con elementos sociales que los partidos liberales han dejado a un lado, sino que en estas elecciones el Frente Nacional se ha normalizado definitivamente, hasta el punto de que la propia izquierda que representaba la Francia Insumisa de Jean Luc Mélenchon no se ha sumado al frente republicano para frenar a Le Pen, como sí lo hizo en 2002. En el nuevo eje que se está dibujando en Europa entre establishment y anti establishment parece que la izquierda hubiera sufrido una especie de amnesia oportunista que le impidiera reconocer que la propia razón de ser del pacto social y del Estado del bienestar que dicen reivindicar fue fruto de la unión de todos contra el fascismo, pues este no es solamente opuesto a los valores de izquierda, sino que es contrario a la propia democracia.

También parecen haberlo olvidado aquellos que promulgan que la principal amenaza de este nuevo tiempo es el populismo, término desgastado debido a lo funcional del mismo, que sirve para desacreditar, sin distinción, a todo aquel que cuestione el actual estado de cosas o que recuerde que la política no es posible sin que el pueblo esté presente. Hay quienes pretenden combatir el populismo olvidando las causas que lo originan, entre otras el aumento imparable de la desigualdad y el abandono a su suerte, o mejor dicho, a la suerte del mercado, de amplias capas de la población que ahora están dispuestas a abrazar a todas aquellas opciones que defiendan el retorno una comunidad que les brinde seguridad, certezas y protección ante los riesgos que entraña la globalización, por más reaccionarias que estas sean.

El reto del presidente francés saliente, así como del resto de líderes europeos en los próximos años, deberá consistir en escapar de los marcos tramposos que establece el antiliberalismo de corte nacionalista y autoritario que recorre desde Estados Unidos a Rusia, pasando por países tan diversos como Polonia, Hungría, Turquía, Holanda, Alemania y Francia. La única manera de conseguirlo será arrebatándole el concepto de patriotismo al nacionalismo excluyente, vinculando este término no con el cierre de fronteras y el repliegue identitario, sino con una mayor integración y apertura, entendida ésta no desde el dogma neoliberal, sino desde un punto de vista humanista, reivindicando el compromiso por una Europa de los derechos, las libertades y la cohesión social, que durante muchos años fue el mejor antídoto para contener al fantasma del autoritarismo.

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Ignacio Pérez Díaz

Ignacio Pérez Díaz (Madrid, 1995), estudiante de cuarto curso de Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid, con experiencia en radio y en comunicación institucional. Interesado en la política, especialmente en el ámbito español y europeo, así como en todo lo relativo a la comunicación, el discurso y al comportamiento de los diferentes actores políticos.

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