Donald Trump y el vuelco diplomático estadounidense

Desde 1945 Estados Unidos ha sido la gran superpotencia mundial. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial creó un mundo conformado por instituciones diseñadas a su gusto y lideradas por él mismo: la OTAN, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional… Todos los presidentes desde Harry S. Truman hasta Barack Obama han respetado y contribuido en mayor o menor medida al mantenimiento de este sistema que favorece la posición internacional central del país.

El primer viaje internacional de Donald Trump ha confirmado los anuncios que advertían que todo iba a cambiar. A pesar de haber roto la tradición según la cual el primer viaje presidencial suele ser a Canadá o a México, ha sido una ruta de grandes destinos. En primer lugar, Riad, capital de Arabia Saudí, el gran aliado estadounidense en Oriente Medio junto a Israel. De ahí a las dos de las ciudades más importantes de la historia para Occidente: Jerusalén y Roma. Más tarde acudió a Bruselas, sede de la Unión Europea y de la OTAN, las organizaciones internacionales que más críticas y presiones han recibido por parte del nuevo presidente, calificándolas de obsoletas e ineficaces. Por último, la cumbre del G7 en Taormina, en Sicilia.

Su actitud proclive a adoptar una postura aislacionista ha quedado clara a lo largo de este viaje. Trump humilló a sus aliados del Atlántico Norte cuando afirmó que “23 de 28 países” no pagan lo deberían en cuestiones defensivas, presumiendo del músculo del gasto militar estadounidense. En la reunión de las 7 democracias más industrializadas del mundo por primera vez no se alcanzó un acuerdo para luchar contra el cambio climático, lo que dejó preocupados a los otros líderes, ante la posibilidad de que no respete los acuerdos de París de 2015.

Más allá del cambio de la postura tradicional, en las cancillerías europeas preocupa también la actitud de Trump, simbolizada en el empujón para apartar al Primer Ministro de Montenegro, Dusko Markovic, para aparecer en primera fila en la foto de los miembros de la OTAN. Se ha comentado mucho ese gesto, pero muy poco el movimiento inmediatamente posterior, toda una declaración de principios vía lenguaje no verbal: levanta la cabeza y aprieta el labio hacia arriba mirando con condescendencia a ambos lados.

Trump no sólo no cuenta con los demás estados, sino que pisa a sus socios si hace falta. Es el peor de los outsiders posibles: maleducado y simple, pero también ignorante, al igual que su equipo. Tras criticar a Alemania por la cantidad de coches que vende a EEUU, su asesor comercial Gary Gohn trató de justificar las palabras del presidente afirmando que “los aranceles entre Estados Unidos y Alemania son distintos a los que rigen el comercio con Bélgica”. Parece que Gohn no sabe que los miembros de la Unión Europea negocian sus acuerdos de comercio en bloque, sin diferencias entre ellos.

Por suerte, el resto de representantes, conscientes de la nueva situación, han optado por responder a la actitud revulsiva del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Donald Tusk aireó las diferencias en torno a Rusia, reconociendo que la de este año es “la reunión del G7 más difícil en años”, mientras Macron saludó a unos cuantos líderes europeos de la OTAN antes de dirigirse a él y el papa Francisco le dejó clara su opinión sobre el medio ambiente y otras cuestiones en las que las posiciones de ambos son diametralmente opuestas. El impacto ha sido profundo, y el 28 de mayo Angela Merkel, durante un discurso en Múnich, afirmó que “la Unión Europea ya no puede confiar más en Estados Unidos” y que “debe guiar su destino con sus propias manos”.

Muchas son las incertidumbres creadas de cara al futuro y es difícil predecir cómo encajarán las piezas con el paso del tiempo, pero la ruptura con el modelo anterior es clara. El Presidente de Estados Unidos es la personificación de la imagen que el país transmite al exterior, y poco tiene que ver el Obama cortés con un Trump que puja sin disimulo pero con brusquedad por colocarse en primera línea en las fotos oficiales.

Su falta de compromiso con el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, según el cual si uno de los miembros es atacado, los demás responderán en su defensa, sus críticas y desdenes a la Unión Europea y su soledad en el G7, unido a una personalidad rotunda y caprichosa, auguran una sociedad internacional difícil de gestionar durante su presidencia. Los entendimientos serán mucho más complicados de aquí en adelante, no cabe duda.

El cambio de paradigma es evidente, y la distancia con sus aliados no es sólo política, sino que alcanza también lo físico. En una metáfora del mundo que Trump pretende construir, mientras que los líderes comunitarios y los de Francia, Italia, Japón, Canadá, Reino Unido y Alemania paseaban a pie por Taormina, él recorría la ciudad por su cuenta, usando un carrito de golf.

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Alberto Cañas de Pablos

Alberto Cañas de Pablos (Madrid, 1987) politólogo y Máster en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es doctorando y docente de diversas asignaturas de Historia española y mundial en la misma Universidad. Ha sido Investigador visitante en la Universidade Nova de Lisboa (Portugal) y la Università degli Studi di Torino (Italia), así como docente invitado en la Uniwersytet im. Adama Mickiewicza en Poznan (Polonia).

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Un comentario sobre “Donald Trump y el vuelco diplomático estadounidense

  • el 31 Mayo, 2017 a las 10:34 am
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    Merkel, Macron, Mariano, lo único que hacen es fastidiar (por decirlo suavemente) al trabajador alemán, francés o español. Llegada masiva de inmigrantes, sueldos de mier…perdón, precarios y atentados terroristas, para acabarlo de arreglar.

    Los medios del sistema, sois lo peor.

    Respuesta

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