‘Octubre Rojo’, el triunfo de la obstinación bolchevique

Hace un siglo, el 7 de noviembre de 1917, se produjo uno de esos momentos de la historia de la humanidad que han pasado al mito: la Guardia Roja bolchevique asaltó y conquistó el Palacio de Invierno de Petrogrado, la capital de Rusia, y se hizo así simbólicamente con el poder del país más grande del mundo. La imagen de las masas asaltando las verjas del palacio imperial han trascendido desde entonces en el tiempo y han conformado la visión de este acontecimiento. Sin embargo, esa imagen es, cuanto menos, exagerada. Se creó diez años después por el director de cine Sergei Eisenstein para la película que inmortalizaría el asalto. Empezó un combate por el poder del que solamente sobrevivirían los bolcheviques que crearon el primer estado comunista del mundo.

Cuando el crucero Aurora dio la señal del asalto, a las 21:45 horas del 7 de noviembre de 1917 (el 25 de octubre en Rusia, según el calendario juliano que se aplicaba allí entonces), los guardias rojos pro bolcheviques se movilizaron para ocupar los diferentes puntos estratégicos de Petrogrado, la capital de un imperio que llevaba meses tambaleándose. En febrero de ese año (según el calendario juliano), tras dos años y medio de guerra y derrotas contra Alemania y Austria-Hungría, la población de Petrogrado estalló y se rebeló contra el gobierno autocrático del zar Nicolás II quien, incapaz de reconducir la situación, abdicó del trono dejando el poder en Rusia sin cabeza.

Rusia era entonces un enorme imperio multinacional y de carácter primordialmente campesino. Aunque existían algunos núcleos industriales en las grandes ciudades (Petrogrado, Moscú o en la cuenca del Volga), la inmensa mayoría de la población vivía en el campo en un régimen semifeudal en el que la Iglesia Ortodoxa y el Zar eran la autoridad máxima. Pero en las ciudades esa autoridad llevaba años resquebrajándose poco a poco. Existía una pequeña burguesía y estaba formándose una pequeña clase trabajadora a la sombra de las grandes fábricas. Eran una minoría, pero estaban en los lugares adecuados para influir en los acontecimientos.

1905, el primer aviso

El primer aviso de que estas clases no seguían tolerando la autocracia zarista se dio en 1905. Ese año, la derrota ante los japoneses dio pie a unas protestas que desembocaron en una auténtica revolución que, sin embargo, tuvo pocas consecuencias prácticas. Finalmente, tras unos meses en los que el poder se distribuyó en una confusa serie de soviets locales, el orden zarista recuperó el poder a cambio de permitir la existencia de un sistema parlamentario (la Duma), que, sin embargo, apenas se reunió. El Zar sabía que el gran Imperio Ruso, con sus diferencias y su enorme extensión, solamente se podía gobernar con mano de hierro donde no habría sitio para la democracia. Pero Nicolás II no fue el único que sacó consecuencias de los acontecimientos de 1905.

Lenin, el líder del pequeño partido marxista llamado bolchevique, una escisión de los socialdemócratas rusos a los que llamaban mencheviques, tomó nota de la falta de decisión y de rumbo de las fuerzas revolucionarias, lo que fue aprovechado por los zaristas para anular la revuelta. En su reflexión, Lenin llegó a la conclusión que en Rusia existían unas condiciones revolucionarias objetivas claras: malestar entre los campesinos que exigían la propiedad de las tierras que labraban, malestar entre la burguesía que quería participar en la toma de decisiones políticas, y malestar entre los trabajadores por sus nefastas condiciones de vida. Es decir, la revolución era un acontecimiento que solamente podía surgir desde las masas. Pero una vez en marcha, esas masas debían ser dirigidas para evitar la derrota revolucionaria, y esa dirección, el elemento subjetivo revolucionario, solamente lo podía ejercer el Partido Bolchevique.

Ya en 1902, en su obra “¿Qué hacer?”, Lenin expresó la necesidad de crear un partido reducido, pero sumamente profesional, clandestino y decidido, con el único objetivo de gestionar la futura revolución hacia un régimen socialista a través de la dictadura del proletariado. Ese partido eran los bolcheviques, que se diferenciaban de los demás socialistas en que querían pilotar la revolución desde una minoría (y no a través de las masas como querían los Social Revolucionarios), y no querían esperar a que se dieran las ‘condiciones’ sociales previas, para lo cual se necesitaba que en Rusia primero se produjera una revolución ‘burguesa’ como en los países de Europa occidental, tal y como propugnaban los mencheviques. Los bolcheviques tenían prisa por hacerse con el poder. Eran pocos, pero profesionales y decididos.

1917

En febrero de 1917 se volvieron a repetir las ‘condiciones objetivas’ de la revolución. Al igual que en 1905, los rusos estaban hartos de guerra y de derrotas, y el sistema autocrático del Zar no pudo aguantar la presión y abdicó. Se abrió la puerta a una oleada de partidos, grupos y organizaciones que aspiraban a controlar la revolución. De hecho, se crearon dos legitimidades paralelas: el Gobierno provisional, controlado por la burguesía a través del Partido Democrático Constitucional, los Kadetes, y los soviets, donde tenían presencia sobre todo los partidos de la izquierda: mencheviques, socialrevolucionarios y bolcheviques. 

Los kadetes querían un sistema parlamentario, y se mantuvieron fieles a la alianza de guerra con los aliados contra Alemania. De hecho, ante la presión franco-británica, se inició una ofensiva por parte de los rusos con el objetivo de aliviar el frente occidental. Pero resultó ser un desastre. Los soldados no querían luchar más.

Por otro lado, los soviets querían poner fin a la guerra, al hambre, y el reparto de las tierras entre los campesinos. Estas eran las principales demandas de los soldados que, hartos de luchar, estaban dispuestos a seguir a cualquiera que cumpliera con esos deseos. Lenin se dio cuenta y trabajó ese aspecto cuando regresó a Rusia de su exilio en Suiza ayudado por el alto mando alemán: con la esperanza de contribuir al caos en Rusia, los alemanes permitieron a Lenin cruzar su territorio en un tren sellado para llegar a Suecia y, desde allí, entrar en Rusia. Todo ello acompañado de una suculenta ayuda económica para los bolcheviques.

En julio de 1917 el fracaso de la ofensiva militar provocó una insurrección en Petrogrado. Fue el primer intento de Lenin de alcanzar el poder, pero fracasó. Tuvo que huir a Finlandia donde se escondió. Los kadetes mantuvieron el poder, pero al igual que había surgido una rebelión desde la izquierda, la derecha también reaccionó con un golpe por parte del general Kornílov, el comandante en jefe del ejército, que estaba dispuesto a disolver a los soviets.

La izquierda se recuperó de la debacle de julio y se rearmó dispuesta a defenderse. En octubre (noviembre) estaba previsto que se reuniera el 2º Congreso de los Soviets, en Petrogrado, y Lenin vio la ocasión que estaba esperando: movilizando a la izquierda contra Kornílov, el objetivo era eliminar el Gobierno Provisional y, con él, una de las legitimidades en litigio.

Lenin regresó de su escondite y en la tarde del 7 de noviembre la Guardia Roja tomó el Palacio de Invierno tras negociar con los guardianes una conquista casi incruenta ya que nadie apoyaba ya a los kadetes. No fue la toma épica del Palacio de Invierno que ha trascendido en el imaginario colectivo.  El 2º Congreso de los Soviets se reunió para dar por finalizado el Gobierno Provisional y nombrar a uno nuevo, esta vez formado exclusivamente por bolcheviques con Lenin a la cabeza.

Los bolcheviques tenían el poder, y a partir de ese momento actuaron con crudeza para no perderlo. En ese momento Lenin y los suyos eran una organización más entre la enorme maraña de partidos y de grupos que representaban a diferentes sectores de la sociedad rusa. Sin embargo, los bolcheviques eran los más obstinados. Cuatro años después, tras una guerra civil sangrienta que destruyó el país y al resto de partidos, los bolcheviques eran los únicos que se mantenían en pie.

La bandera roja estaría ondeando sobre el Kremlin durante 70 años.

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Michael Neudecker

Michael Neudecker (Núremberg, 1977), es periodista y politólogo, profesional de la comunicación política de origen alemán. Su experiencia profesional ha transcurrido hasta el momento en el ámbito de las corporaciones locales, el parlamento regional de Madrid y la redacción de El País donde aprendió su oficio. Ha colaborado como analista en diferentes páginas web y mantiene dos blogs personales donde escribe sobre historia (La Vida de los Años http://vidayeltiempo.blogspot.com.es) y sobre análisis político y de comunicación (Las Reglas del Juego http://mneudecker.blogspot.com).

Un comentario sobre “‘Octubre Rojo’, el triunfo de la obstinación bolchevique

  • el 8 noviembre, 2017 a las 10:40 pm
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    Me está alegrando ver como el centenario de la revolución se está afrontando con gran madurez por como se está tratando y el material, especialmente libros, que se está produciendo. Felicidades por el artículo Michael. Me ha gustado mucho.

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