El populismo ante la ausencia de legitimidad democrática en América Latina

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Para acercarse al entendimiento del populismo en América Latina, vale la pena utilizar como punto de partida la frase con la cual Francisco Panizza introduce la publicación que coordina, en conjunto con diversos autores, El Populismo como espejo de la democracia (2010). «Se ha vuelto casi un cliché comenzar a escribir sobre populismo lamentando la claridad acerca del concepto, poniendo en duda su utilidad para el análisis político» (Panizza, 2010: 9). La frase de Panizza refleja dos tensiones inherentes al concepto, que resultan centrales para analizarlo, y posteriormente, ponderar su capacidad explicativa. Primero, se trata de un concepto polisémico. La polisemia –del latín polis y sema–, definida como la «pluralidad de significados de una expresión lingüística»[1], convierte al populismo en un concepto que, como democracia, se mueve en distintos niveles. En ¿Qué es la democracia? (2007) Giovanni Sartori señala cómo el concepto democracia tiene un nivel normativo y otro descriptivo –un nivel para explicar lo que la democracia es y otro lo que debería ser–. Por tanto, que Robert Dahl decidiera dejar el concepto democracia para el debate normativo, acuñando a partir del mismo el concepto poliarquía, refleja que, si el problema se resolviera con recurrir a su etimología, no pasaría de traducirlo directamente del griego: poder (kratos), del pueblo (demos). Sin embargo, dado su enorme complejidad, es inevitable incorporar a la pregunta ¿Qué es la democracia?, las transformaciones e interpretaciones que ha sufrido a lo largo de la historia; desde la democracia griega hasta la poliarquía dahliana. De ahí que, elaborar la definición de un concepto represente una de las tareas más complejas de las ciencias sociales: se trata de lograr que un término describa lo abstracto, de manera lo suficientemente amplia como para abarcar realidades diversas, pero que al mismo tiempo sea capaz de contener un claro referente empírico, que pueda describir lo concreto (Freidenberg, 2007: 19).

En el caso del populismo, una tensión inherente al concepto es que se trata de un término en disputa, cuyas dificultades de definición son de naturaleza social, histórica y lingüística. En América Latina, ello explica que la academia viva una euforia por trazar una ruta coherente al respecto, sumado a la urgencia por hacer una evaluación precisa del papel que desempeñaron los liderazgos del llamado «giro a la izquierda» en la región (Márquez, 2017). Pero si para definir la democracia sigue siendo fundamental abordar sus transformaciones, tanto en términos teóricos como empíricos, lo es igualmente en el caso del populismo. Al final, guste o no, el populismo es uno de los fenómenos más relevantes de la política latinoamericana desde el último siglo (Freidenberg, 2007), así como un fenómeno estrechamente relacionado con la apertura del sistema de representación política y la democratización de la región.

Ahora bien, desde sus inicios, el concepto populismo ha tenido una connotación peyorativa. En Rusia, «como explicó el historiador Richard Pipes en un estudio clásico (…) se utilizó para describir la ola anti-intelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo (…) para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero –a diferencia del marxismo– se identificaba con el campesinado y era nacionalista» (Adamovsky, 2016). En Estados Unidos, cuando el Partido del Pueblo apareció en 1892 y comenzó a tener una influencia político-electoral relevante, fue descalificado por parte de sus adversarios, el Partido Demócrata y el Partido Republicano. De ahí que, históricamente el populismo ha sido un movimiento anti-elitista y anti-intelectualista, descalificado sistemáticamente por aquellos adversarios de quienes eran tildados de populistas. Pese a ello, surgido a través de liderazgos que buscaban representar a sectores rurales excluidos, a partir del siglo XX el concepto populismo comenzó a ser utilizado por sociólogos como Edward Shils, quien afirmaba que a diferencia de lo que se pensaba en el siglo XIX, este fenómeno podía surgir tanto en contextos rurales como urbanos.

No obstante, como se ha podido constatar recientemente, si inicialmente el concepto fue utilizado por académicos, poco a poco se ha ido incorporando a la discusión política generalizada. Generalmente, en el debate político en la actualidad suele ser utilizado como sinónimo de irresponsabilidad económica, demagogia, caudillismo, autoritarismo. Y si bien dicha carga no es enteramente fortuita, por un lado, la falta de precisión del concepto lo hace útil para su instrumentalización, por el otro. Por consiguiente, si el Partido Demócrata y Republicano descalificaron al Partido del Pueblo por su éxito electoral, hoy hay ejemplos de actores políticos que utilizan el concepto de forma arbitraria e imprecisa, en aras de obtener rédito político-electoral[2]. Ejemplo de ello puede encontrarse en el discurso de Enrique Ocha en México, Álvaro Uribe en Colombia, José María Aznar en España, entre otros. De este modo, es importante distinguir cuándo el concepto está siendo utilizado como arma arrojadiza, y cuándo se hace de forma analítica, más allá del punto de partida y las conclusiones a las cuales se pueda llegar[3], cuidando desde luego el no incurrir en uno de los errores más graves del producir conocimiento: confundir los valores del investigador con la descripción de aquello que se quiere observar (Freidenberg, 2007: 21).

Ahora, aunque académicamente no exista un consenso respecto al significado del populismo, lo hay acerca de su núcleo analítico. Grosso modo, la literatura ha explicado a través de tres enfoques: a) generalizaciones empíricas, b) explicaciones historicistas e c) interpretaciones sintomáticas[4] (Panizza, 2010: 10-11). En todos los casos el núcleo analítico se ubica a través de tres grandes categorías: un modo de identificación, un proceso de nominación y una dimensión política. Al mismo tiempo, algo que vale la pena señalar, es que más que una ideología, hay un consenso en torno a que el concepto, más que una ideología es una forma de hacer política, una estrategia y un tipo de liderazgo que, en términos generales y en palabras de Shils, implica la aceptación de dos principios fundamentales: una noción sobre la supremacía de la voluntad del pueblo, y la ausencia de intermediación y/o la relación directa entre el pueblo y el gobierno (Panizza, 2010: 12-15).

Dicho esto, es importante señalar que, a diferencia de otras regiones, en América Latina, democracia y populismo han sido dos fenómenos estrechamente relacionados. Si podemos decir que el populismo ha sido una forma de relación entre el Estado y sociedad civil, distinta a la concebida por el modelo hegemónico de la democracia liberal, hoy podemos decir igualmente que el populismo se ha convertido en su principal crítico, cuestionando dicha hegemonía al considerarla carente de legitimidad. Ello explica que en América Latina, al considerar insuficientes los instrumentos de articulación de intereses propios de la democracia representativa, los liderazgos populistas no acepten intermediación institucional con sus seguidores y suelan recurrir a la democracia plebiscitaria, erosionando la institucionalización previa. En cualquier caso, si el populismo ha sido una fuerza fundamental para la democratización de América Latina, incorporando a sectores históricamente excluidos, ha transformando a su vez los derechos individuales en los de un colectivo, favoreciendo formas personalistas y autoritarias, minando las posibilidades de un pluralismo que resulta indispensable para las democracias liberales (Freidenberg, 2007: 9).

¿Cuál es el nudo, entonces, que hace al populismo tanto necesario como nocivo para la democratización de la región? Siguiendo a Freidenberg, el populismo tiene una relación de «amor-odio» con la democracia. Una «naturaleza bifronte». Primero, a través de un «estilo de liderazgo»[5] el populismo incorpora simbólica y efectivamente a sectores históricamente excluidos tanto política como económicamente del sistema político, con el objetivo de impulsar la rotación de una élite renuente a la apertura y a la pluralidad política. De ahí que, las primeras manifestaciones populistas buscaran impulsar la apertura de regímenes oligárquicos que limitaban la participación de sectores medios y pobres de la sociedad, a través de regímenes excluyentes. Ejemplo de ello suele citarse con los ejemplos clásicos de Vargas en Brasil, Perón en Argentina y Cárdenas en México, pero cabe igualmente en casos como el turnismo de facto en Colombia con el Frente Nacional, o el elitismo presente durante el puntofijismo en Venezuela. Por consiguiente, el nudo del populismo, más allá de condenarlo categóricamente reivindicando la democracia liberal y/o el republicanismo, por un lado, o idealizarlo sin matices exaltando la noción de pueblo[6], por el otro, está en proponer soluciones que contribuyan a resolver la tensión que propicia su surgimiento a partir de dicha «naturaleza bifronte».

Dicho de otro modo, populismo y democracia liberal son dos fenómenos que disputan la legitimidad democrática producto del conflicto que genera excluir a determinados sectores a cambio de incluir a otros. En América Latina, el denominado «giro a la izquierda» ha eclipsado un fenómeno de largo alcance que Federico M. Rossi ha denominado «olas de incorporación» en la región, producto de conflictos redistributivos de naturaleza histórica que pueden ser observados en dos olas de incorporación de los segmentos más pobres de la sociedad. Por tanto, dentro de estas reivindicaciones populares que surgen para responder a demandas de inclusión, la aparición de partidos de izquierda o populistas ha sido uno de los subproductos de dos décadas de lucha por la reincorporación (M. Rossi, 2017). Dentro de la disputa por la legitimidad histórica entre grupos socioeconómicos que intentan mantener una relación íntima entre el poder económico y político, frente a aquellos que presionan para expandir la arena sociopolítica e incorporar a los menos aventajados, el populismo ha jugado un papel clave.


Referencias bibliográficas y hemerográficas:

Adamovsky, Ezequiel. (2016, 23 de septiembre). ¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo? Anfibia. Recuperado el 25 de octubre de 2017 a partir de: http://www.revistaanfibia.com/ensayo/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-populismo-2/

Fernández Liria, Carlos. (2016). En defensa del populismo. Madrid: Catarata.

Freidenberg, Flavia. (2007). La tentación populista. Una vía al poder en América Latina. Madrid: Editorial Síntesis.

Kaiser, Axel y Álvarez, Gloria. (2016). El engaño populista. Barcelona: Deusto.

Laclau, Ernesto. (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Márquez, Cristian. (2017, 9 de junio). Populismo, ¿espejo de la democracia? Revista Replicante. Consultado el 9 de octubre de 2017 a partir de: http://revistareplicante.com/populismo-espejo-de-la-democracia/

­_______________(2017, 31 de julio). Enrique Ochoa y la instrumentalización política del conflicto venezolano. Okupo+. Consultado el 9 de octubre de 2017 a partir de: http://okupo.mx/enrique-ochoa-la-instrumentalizacion-politica-del-conflicto-venezolano

Mouffe, Chantal. (1999). El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Barcelona: Paidós.

Panizza, Francisco. (2010). El populismo como espejo de la democracia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Petersen, Germán. (2012). Las amenazas de lo popular. El potencial autoritario de la noción de ‘‘pueblo’’. Fragmentos de Filosofía, (10), 117-137.

Rossi, Federico M. (2017, 21 de septiembre). Suramérica: ¿auge y caída de la izquierda? ¿O algo más? Política Exterior. Recuperado el 10 de octubre de 2017 a partir de: http://www.politicaexterior.com/latinoamerica-analisis/suramerica-auge-y-caida-de-la-izquierda-o-algo-mas/

Sartori, Giovanni. (2007). ¿Qué es la democracia? Madrid: Taurus.

Villacañas Berlanga, José Luis. (2015). Populismo. Madrid: La Huerta Grande.

Vargas Llosa, Álvaro (coord.) (2017). El estallido del populismo. Barcelona: Planeta.

Weber, Max. (1979). El político y el científico. Madrid: Alianza Editorial.


[1] Real Academia Española. Consultado el 24 de septiembre de 2017 a partir de: http://dle.rae.es/srv/fetch?id=TZIPkGU

[2] Como advirtió Max Weber hace casi un siglo en El político y el científico, si bien la política no tiene cabida en las aulas, una cosa es la opinión práctico-política y otra muy distinta el análisis científico de las estructuras políticas. Si uno habla de democracia o populismo en una asamblea, no lo hace para ocultar su opinión personal, sino para tomar partido. Por consiguiente, en estos espacios el lenguaje no es desde luego un instrumento de análisis científico, sino un medio para tratar de granjear simpatías políticas al adversario. Así, los conceptos no son ‘‘rejas de arado para labrar el terreno del pensamiento contemplativo, sino espadas para acosar al enemigo, medios de lucha’’ (Weber, 1979: 2011-2012).

[3] Como analicé en Enrique Ochoa y la instrumentalización política del conflicto venezolano (2017), ejemplos de su instrumentalización podemos encontrar tanto en Europa y América Latina desde el discurso del priísta Enrique Ochoa y el panista Ricardo Anaya en México, Álvaro Uribe en Colombia, José María Aznar y Albert Rivera en España, o Matteo Renzi en Italia. A diferencia de casos de clara instrumentalización política, intentos por contribuir a su discusión desde polos ideológicos opuestos pueden ser ubicados en publicaciones como En defensa del populismo (2016), de Carlos Fernández Liria y El engaño populista (2016), de Axel Kaiser y Gloria Álvarez; El estallido del populismo (2017) coordinado por Álvaro Vargas Llosa frente a La razón populista (2005) de Ernesto Laclau, o El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical (1999) de Chantal Mouffe frente y Populismo (2015), de José Luis Villacañas.

[4] En el primer caso se busca analizar empíricamente casos considerados populistas a partir de tipologías que buscan incluir atributos transversales a todos casos. La intención es delimitar el fenómeno y hacer un diagnóstico sobre sus principales rasgos. Las explicaciones historicistas, por otro lado, parten de que el fenómeno tuvo lugar bajo un conjunto de circunstancias históricas, que en América Latina suelen ser identificadas durante el período de Industrialización por Sustitución de Importaciones, a través de liderazgos como el de Getulio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas en México, o Juan Domingo Perón en Argentina. Finalmente, el tercer enfoque mezcla características de los dos anteriores, incorporando la noción del pueblo como actor político, partiendo de que esta categoría es utilizada como una estrategia discursiva que realiza un diagnóstico en el cual se divide a la sociedad en grupos: ‘‘los de arriba’’ y ‘‘los de abajo’’, ellos’’ y ‘‘nosotros’’, ‘‘el pueblo’’ y ‘‘la élite’’.

[5] De acuerdo con Freidenberg (2007: 25), el populismo es un ‘‘estilo de liderazgo caracterizado por la relación directa carismática, personalista y paternalista entre líder-seguidor, que no reconoce mediaciones organizativas o institucionales, que habla en nombre del pueblo y potencia la oposición de éste a ‘‘los otros’’, donde los seguidores están convencidos de las cualidades extraordinarias del líder y creen que gracias a ellas, a los métodos redistributivos y/o al intercambio clientelar que tienen con el líder (tanto material como simbólico), conseguirán mejorar su situación personal o la de su entorno’’.

[6] Como señaló Petersen (2012), la articulación del populismo alrededor de la idea de ‘‘pueblo’’ como una totalidad orgánica que se expresa en una sola voluntad general, tiende a minar la pluralidad, dado que se asume que se tiene la capacidad para comprender lo que dicha totalidad requiere, cuando ésta está compuesta por proyectos individuales sumamente complejos y diversos, propios de las sociedades contemporáneas.

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Cristian Márquez

Politólogo. Máster en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Salamanca

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