Populismo y representación, ¿una sombra de la democracia?

Cuando en la actualidad se mencionan los límites y carencias del sistema representativo, o se hace referencia a la crisis de los partidos políticos tradicionales, el populismo se encuentra inevitablemente en el centro de la discusión, ya que constituye un elemento omnipresente en prácticamente todas las democracias maduras. Sin embargo, pese a lo recurrente del término, este continúa siendo un “concepto en disputa”, ya que se ensancha para dar cabida a una gran variedad de manifestaciones políticas, lo cual dificulta su definición.

Es por este motivo que diversos autores han rechazado presentarlo como una ideología, optando por considerarlo como una lógica de construcción de lo político. Así lo concibe Ernesto Laclau, para quien el populismo se caracteriza por la construcción particular que realiza del pueblo, en el que hay una parte que se identifica con el todo, a partir de una identidad privilegiada que adopta la forma de un “significante vacío”, en el que convergen diferentes demandas democráticas frustradas, en momentos excepcionales en los que estas no son resueltas de forma particularizada, lo cual supone trazar una frontera antagónica que divide el campo social.  No obstante, los rasgos de cada manifestación del populismo dependerán del tipo de construcción particular que se realice del pueblo, que puede construirse desde categorías étnicas hasta criterios socioeconómicos y políticos o nacionales y culturales, por lo siempre debemos hablar de populismos en plural. Este tipo de discurso representa un desafío sumamente interesante desde el punto de vista de la democracia, con fuertes implicaciones en lo relativo a la representación política, debido a que ha puesto de relieve algunas de las tensiones inherentes a la misma, convirtiéndose en el “invitado incómodo”, del modelo democrático liberal.

En este sentido, Margaret Canovan, sostiene que el populismo debe ser entendido como una respuesta ante el surgimiento de una brecha entre los procedimientos liberales y la promesa redentora de que la democracia es por y para el pueblo. Siguiendo esta tesis, el populismo en democracias maduras estaría directamente relacionado con esa emergencia de un momento “iliberal”, en el que la dimensión popular de nuestra democracia coloniza toda la lógica democrática en detrimento de la función constitucional de la misma.

En el contexto europeo, y también en los Estados Unidos, esta teorización de Canovan se traduce en el auge del populismo bajo un escenario de convergencia y desideologización de los partidos, y donde la representación misma se produce cada vez más en un marco supranacional y multi-nivel, a menudo con alto grado de opacidad, y el margen de actuación de las políticas a nivel nacional se ve notablemente constreñido, difuminando las diferencias entre izquierda y derecha, especialmente bajo un contexto de crisis económica con la de 2008. Bajo este panorama, que conduce a una cada vez mayor desconfianza hacia las élites y reducción de la política a la gestión de lo existente, se explica el atractivo que ejerce la promesa de los partidos populistas de devolver el poder “al pueblo”. Sin embargo, debemos ser muy cautos con dicha afirmación, ya que supone toda una puesta en cuestión de algunos de los presupuestos y dimensiones de la representación que Hannah Pitkin, una de las grandes referencias en esta área, teorizó hace medio siglo.

Para esta autora, lo que constituye al sistema como representativo no es cualquier acción singular realizada por cualquier participante, sino su estructura global y funcionamiento, las pautas que son producto de las múltiples actividades de agentes diversos, entendiendo que no existe algo así como un sujeto político homogéneo, cuya voluntad colectiva pueda ser interpretada y aplicada directamente, sino una suma o agregación de diferentes voluntades en el proceso mismo de la representación, que exige además una cierta discrecionalidad del poder. Por ello, para Pitkin, la representación es contraria tanto al mandato imperativo como a la autonomía total del representante, ya que exige un difícil equilibrio entre ambos elementos, y un exceso hacia cualquiera de estos dos polos terminaría con la representación, de ahí los peligros que entrañan tanto el populismo como la tecnocracia.

El populismo se presenta por tanto como un fenómeno que promete redimir a la democracia de dicha lógica, que se entiende que está socavando o desfigurando la democracia, apelando para ello al poder constituyente del pueblo, a fin de recrear instituciones y normativas políticas. Por ello, los fenómenos populistas proliferan siempre en momentos posteriores a crisis o cambios acelerados, que provocan que las dimensiones sobre las cuales se sustenta la representación política sufran un desgaste importante. Si tomamos como referencia la crisis de 2008, se aprecia cómo la mayor parte de partidos populistas que han crecido en Europa comparten un común denominador, que tiene que ver precisamente con una crítica expresa a los principales elementos de la representación descritos por Pitkin.

Desde el punto de vista de la representación formal, estos ponen en entredicho tanto la autorización como la rendición de cuentas, entendiendo que las elecciones no han estado funcionando como una herramienta que haya garantizado verdaderas alternativas, sino solamente la alternancia en el poder, señalando que los sucesivos cambios de gobierno no han servido para cambiar unas políticas que, por otra parte, describen como injustas. De este modo, se estaría también cuestionando la dimensión sustantiva de la representación. Además, la denuncia relacionada con la rendición de cuentas estaría también basada en la presunción de que los representantes no son responsivos hacia las preferencias de sus electores, al haberse vuelto cada vez más autorreferenciales, prefiriendo seguir las instrucciones del partido, expertos u otros agentes externos antes que “escuchar al pueblo”. Además, al presentarse a sí mismos como la voz del pueblo como un todo, eludiendo el hecho de que representan tan solo a una facción del mismo, estarían sembrando dudas sobre la propia la propia legitimidad y autorización que se le presupone al resto de partidos para actuar también en el nombre del pueblo.

Sin embargo, en la crítica a estas últimas dimensiones de la representación es donde los partidos populistas encuentran a menudo más dificultades para confeccionar un discurso genuino y coherente, puesto que, en tanto que competidores en las elecciones, se ven obligados a aceptar la lógica de la representatividad. Y no solo eso, sino que su participación en las elecciones y su presencia en el Parlamento, así como sus posteriores alianzas con otros partidos, contribuyen a fortalecer el nivel de aceptación de la representación política, por lo que dicha crítica pierde peso, paradójicamente, cuando los partidos populistas se convierten en actores clave de las instituciones representativas. No obstante, donde el populismo es realmente fuerte es en el terreno de la dimensión descriptiva y simbólica, lo cual explica su facilidad para coordinarse numerosas veces con ideologías de corte nacionalista y etnocentrista, así como con movimientos con una cierta identidad de clase.

Con un discurso en cierto modo similar a la crítica arrojada por los socialismos al parlamentarismo a finales del S. XIX, debido a su carácter elitista, los populistas argumentan que buena parte de los representantes son meramente oficiales de partido, “profesionales” de la política, que no representan al ciudadano corriente, y que priorizan el cargo y el beneficio individual antes que el servicio público, lo cual entronca también con el elemento de la corrupción. De esta forma, la dimensión simbólica, necesaria para la legitimación de la representación, se resiente, reforzando el antagonismo entre “pueblo” y “élites”, del cual se alimenta el populismo. Como parte de la dimensión descriptiva, el populismo aduce que los miembros del Parlamento, especialmente de los partidos más asentados, forman parte de una élite, la cual no comparte los mismos problemas que la gente corriente, ya que son parte de una clase política privilegiada, por lo que los representantes no se parecen ni describen a sus representados.

Sin embargo, para que un movimiento populista adquiera significancia política no basta con la frustración de dichas demandas o promesas de la representación, sino que es preciso que estas confluyan en torno a un determinado símbolo o significante, acción que Laclau describe como la construcción de esa voluntad por medio del proceso mismo de representación simbólica. Esto equivale a decir que la vaguedad del discurso populista, que trata no solo de representar, sino de construir en el mismo proceso de la representación una nueva identidad popular, en base a la adhesión y homogeneización de demandas dispersas en torno a un común denominador, surge precisamente ante la vaguedad o indeterminación de la propia realidad social en contextos cambiantes. Por ello, el teórico argentino entiende el populismo no como una actividad que rechace la representación política en sí, sino como un caso paradigmático de representación, entendida esta como creación de objetividad social que no preexiste a su construcción política. Por tanto, el populismo constituiría la máxima expresión de una voluntad manufacturada, no genuina, constituyendo así un fenómeno reactivo que precisa de un fuerte liderazgo y una constante movilización y presencia mediática.

Por último, cuando hablamos de populismos debemos distinguir sus efectos democratizadores de sus prácticas autoritarias, diferenciando entre los populismos como movimientos que cuestiona el poder de las élites, de los populismos cuando llegan al poder, donde normalmente chocan con las instituciones de la democracia liberal.  Por ello, el devenir autoritario que gobiernos populistas han experimentado en ciertos países, especialmente en aquellos con sistemas presidencialistas, crisis sistémicas e instituciones débiles, se explica por la lógica populista que construye al pueblo como uno, que puede ser encarnado en un líder, y que transforma a los adversarios en enemigos morales, eliminando los contrapesos institucionales. Sin embargo, allí donde las instituciones son fuertes, y existe una sociedad civil organizada (lo que Rosanvallon denomina “contrademocracia”) que no permite a los populistas hablar en nombre de todo el pueblo, y donde además existen sistemas parlamentarios, en los que los partidos populistas se ven obligados pactar y entrar en la lógica del compromiso, desradicalizando sus demandas, el populismo termina siendo influenciado por las instituciones representativas, asumiendo su propia lógica.

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Ignacio Pérez Díaz

Ignacio Pérez Díaz (Madrid, 1995), estudiante de cuarto curso de Periodismo en la Universidad Carlos III de Madrid, con experiencia en radio y en comunicación institucional. Interesado en la política, especialmente en el ámbito español y europeo, así como en todo lo relativo a la comunicación, el discurso y al comportamiento de los diferentes actores políticos.

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