Corea del Norte y su estrategia

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A lo largo de muchos años, casi desde la fundación del país y la implantación de la dinastía Kim gobernante en el mismo tras la aún inacabada guerra con sus convecinos del Sur (1953), Corea del Norte (CN) ha buscado y seguido una estrategia  basada en una serie de principios casi inalterables en busca de la supervivencia del régimen y dejar de ser uno de los principales parias en la zona con la idea de alcanzar, en su día y como última fase, una reunificación de la Península de Corea bajo su egida.

Kim Jong-un, actual máximo dirigente de CN y nieto de su fundador Kim il-sung, no solo ha heredado los principios fundamentales de dicha estrategia, sino, que ha sabido recoger los frutos de sus antecesores, aumentarlos y explotar con éxito los mismos para, de momento, encontrarse a punto de lograr la primera parte de todo lo pretendido por todos ellos.

Mucho se ha hablado sobre el personaje, de su despiadada forma de gobernar y de su despotismo y desprecio sobre los demás, incluso los más cercanos a él. La mayoría de lo hablado y escrito sobre su figura giraba en torno a que es un hombre poseído por la locura, fuera de sí mismo y totalmente desconfiado del resto del mundo, sobre todo, de sus allegados. Solo unos pocos, encontrábamos en su comportamiento y pasos dados el camino de una verdadera estrategia bien meditada y que a no muy tardar empezaría a dar y recoger sus frutos con el acostumbrado silencio de la Comunidad Internacional (CI) en situaciones muy complejas.

En los últimos meses, la situación de tensión zonal y mundial ha llegado a alcanzar cotas de máximos y el mismo Trump se enzarzó personalmente con Kim hasta el punto de mostrarse dispuesto a llegar a un conflicto nuclear con todas sus consecuencias. Pero, Kim es un hombre que, además de los genes heredados, goza de una formación europea avanzada, sabe que llegar a dichos extremos no es tan fácil para nadie. Ni para él porque tendría todas las de perder ni para el hombre, de momento más poderoso de la tierra, por el enorme costo político y económico que supondría una guerra de ese tipo en pleno siglo XXI y por su difícil justificación interna e internacional.

Los aliados tradicionales de CN, China y Rusia han pugnado por interpretar un papel muy importante en este juego de retos, exabruptos y bravuconadas. Han sabido dar una de cal y otra de arena de forma constante y sin precipitaciones. Jugando al gato y al ratón, han sabido arriesgar sus cartas y quedar ante la opinión internacional como aquellos que pueden y saben retener los impulsos del dictador y, por otro lado, los únicos capaces de evitar un desastre nuclear de graves consecuencias personales y económicas tanto en la zona, como para el resto del mundo.

Putin y Xi han sabido conjugar esfuerzos por ambos lados, salir airosos y dejar en aguas de borrajas los impulsos e intentos del imprevisible y pusilánime Trump reteniéndole tanto en la arena política –el CSNU- como por la influencia de sus acuerdos comerciales bilaterales con EEUU. Al mismo tiempo, y con no pocas limitaciones y reticencias, han aceptado ejecutar una serie de restricciones sobre las importaciones de crudo y sus derivados de CN, su exportación de mano de obra para recibir divisas y en reducir la compra de sus escasas exportaciones –mariscos, carbón y otro tipo de minerales-. Con un menor éxito se han logrado aceptar determinados y puntuales vetos sobre algunas personas y capitales que acogoten un poco más las exiguas transacciones comerciales y económicas de CN.

Kim sabía que cada nueva Resolución del CSNU supondría apretarse un agujero más el cinturón para sus conciudadanos -que no para él porque nunca se priva de nada-. Pero, al mismo tiempo, era sabedor que dichos nuevos y más graves sacrificios de su pueblo le iban proporcionando el tiempo necesario para, con determinados apoyos externos y bastantes trapicheos, alcanzar o mejorar sus capacidades nucleares y las posibilidades de sus misiles de largo alcance e intercontinentales. Necesitaba tiempo para ello y al parecer lo ha logrado; con mucho esfuerzo y penar para los norcoreanos, pero lo ha logrado.

Hace pocos días, declaró oficialmente que CN ya es una potencia nuclear, y que ya cuenta con todo lo necesario para ser considerado como tal. Esto ya no es una teoría más o menos paranoica de los servicios de información e inteligencia; es una clara y patente realidad y como tal debe ser aceptada.

Algunos se preguntarán ¿de qué sirve todo este esfuerzo? La respuesta es bien sencilla. Al lograrlo o estar muy próximo a ello, CN empieza a ser considerada en otro plano. Su carrera nuclear no ha sido muy legal ni acorde a lo establecido en el Tratado de No Proliferación (TNP). Tratado, que abandonó voluntariamente –único país del mundo que lo ha hecho- en febrero de 2003; pero, es una realidad y al no figurar como Estado miembro parte de dicho Tratado, nada le impide hacerlo, tal y como antaño lo han hecho otros países que, de momento se conocen, aunque algunos no oficialmente y que también se encuentran en su misma situación –Israel, Afganistán, la India y Pakistán-.

Este nuevo status y consideración hace que desde dicho momento las amenazas o intentos de combatirle o amenazarle con el uso de la fuerza adquieran un nivel muy diferente. En definitiva, han logrado que su Régimen se encuentre mucho más protegido y sea casi intocable a diferencia de lo recientemente ocurrido con otros regímenes dictatoriales –Sadam Husein y Gadafi-. Protección, prestigio y supervivencia son las cualidades que desde siempre han pretendido los Kim.

Corea del Sur, Japón, China y EEUU, entre otros países directamente afectados, son sabedores de que además de las repercusiones económicas, ponen en grave riesgo sus propias integridades si estallara un enfrentamiento nuclear en la zona. Baste observar la reciente situación de pánico vivida por los ciudadanos norteamericanos en Hawái ante una falsa alarma –por error- de un ataque nuclear “procedente” desde CN.

Sus respectivas economías, en total y clara mejora y expansión, no están por la labor de resquebrajarse por culpa de una situación bélica de imprevisibles consecuencias de todo tipo. Por ello, desde el mismo momento de la declaración nuclear de Kim se han visto obligadas a buscar nuevas fórmulas que traten de disminuir la tensión en la zona y que satisfagan, aunque de momento solo sea parcialmente, los intereses del dictador.

Así, a los pocos días, llegamos a sorprendernos con una noticia impensable meses o semanas atrás. Tras un encuentro entre delegaciones de ambos países se acordó la participación norcoreana en los Juegos Olímpicos de invierno a celebrarse en su vecino del Sur (concretamente en PyeongChang). En dicho acuerdo se fijó que Pyongyang enviará a dicha localidad una delegación de alto nivel oficial, que incluirá atletas, aficionados, un equipo de exhibición de Taekwondo, su famoso grupo de animadoras, un conjunto de músicos y cantantes y varios periodistas.

Para llegarse a este primer paso se ha necesitado la comprensión y colaboración de todos los países y hasta del mismo Comité Olímpico Internacional (COI), quien se ha visto precisado a alargar el tiempo de inscripción de los atletas participantes. El mismo COI que a principios del pasado mes de diciembre, por el contrario, y ejerciendo sus tradicionales características de seriedad y rigidez, decidió permitir a los deportistas rusos participar en dichos Juegos, aunque solo será bajo bandera neutral, tras suspender al Comité Olímpico ruso por haber sido acusado dicho país de dopaje de Estado.

Tras este primer pasito, no se han hecho esperar otro tipo de reuniones de carácter militar entre ambos países para aumentar la distensión entre ellos; aunque inicialmente son pocos los resultados conocidos de dicha reunión, constituyen en realidad los prolegómenos de otro tipo de futuras y próximas conversaciones y acuerdos de carácter militar, comercial, social y turístico para tratar de recuperar aquellos puntos y lugares de cooperación y encuentro entre coreanos y favorecer la puesta en marcha de nuevo de ciertas industrias y el turismo que tradicionalmente, aunque con varias interrupciones, han existido y funcionado entre ambos vecinos y en las que también participa China en lugares próximos a sus respectivas fronteras comunes.

Nada nuevo bajo el sol -Nihil novum sub sole (Eclesiastés 1, 10)-, reaparecen las políticas de cooperación con CN que ya fueron impulsadas o implantadas, en gran medida, por la Administración Reagan en 1988 y seguidas o aumentadas por varios y sucesivos presidentes norteamericanos. Aunque también es justo decir, que esta vez dichas medidas o movimientos han sido mucho más aplaudidas que las anteriores –aunque bajo un relativo silencio mediático e internacional por no hacer demasiado ruido- ya que todos son conscientes de que el mismo interlocutor ha cambiado de posición y ahora es mucho más fuerte y letal que en aquellas ocasiones anteriores y, por ello, es mejor estar a buenas con él.

En definitiva; Kim, desde su toma del poder, ha sido capaz de mantenerse firme en su postura e ideas heredadas a pesar de las muchas rondas sancionadoras del CSNU, de las amenazas personales y de las hambrunas, persecuciones y excesos sobre su pueblo. Sabía que lograr el referido objetivo nuclear le reportaría grandes benéficos a su país y economía y, sobre todo, que gracias a ello podría albergar muchas más esperanzas de supervivencia, respeto y gloria personal. Objetivo logrado.

Por mucho que ahora Trump trate de disimular su enfado aparentando estar volcado en otros grandes problemas internos con los congresistas y senadores en su Cámara de Representantes y Senado quienes se niegan a aprobar sus presupuestos y en los masivos movimientos feministas que ponen en peligro la mayoría en sus representantes en las próximas elecciones parciales a los hemiciclos. Que se refugie y justifique en el gran impulso logrado en su economía; en la fuerte bajada de impuestos que favorecen a las empresas y la creación de empleo; en su empecinamiento enfermizo con el muro con México o con los llamados dreamers y en el aumento de la producción de petróleo gracias al incremento del precio del crudo –lo que hace factible y rentable su extracción por Fracking- que le llevará pronto a alcanzar al país mayor productor mundial –Arabia Saudita-. Sabe que esta batalla, en concreto, la tiene pérdida. Nadie está dispuesto a seguirle o apoyarle en una lucha, que, aunque fuera totalmente desigual y con un claro vencedor tendría, sin duda un carácter nuclear y, por ello, muy perjudicial para todos aquellos implicados directa o indirectamente en la misma.

Solo resta que Kim firme definitivamente la paz entre las dos Coreas -actualmente solo existe un armisticio entre ambas datado en 1953-; sepa administrar con tiento y pausadamente su éxito; que no se extralimite en lograr todas sus pretensiones, sobre todo, que se olvide del tema de la reunificación peninsular bajo su gobierno y que encuentre aliados externos que le entiendan y apoyen al igual que Irán los buscó en su día para que la CI firmara en 2014 el vergonzoso Acuerdo Nuclear con dicho país.

Acuerdo, del que pronto nos tendremos que arrepentir; porque, según el mismo, cuando Irán pueda producir uranio altamente enriquecido (para 2029 como máximo) y convertirse en potencia nuclear, sin duda lo hará. Aunque en este caso, su situación geopolítica y los problemas con sus convecinos serán de mucho más calibre que los que se puede encontrar Kim en su zona donde nadie quiere un gran conflicto, no hay problemas de hegemonía religiosa y todos marchan al unísono en busca de mejorar, y en mucho, sus propias economías.

En 2018 ya tenemos una potencia nuclear más en el mundo sin que se haya hecho todo lo verdaderamente posible para evitarlo porque, aunque muchos conocían la estrategia norcoreana, se les ha dejado actuar con bastante impunidad. Unas veces se ha llegado este tipo de situación por intereses de defensa, prestigio regional o de grave peligro para la integridad nacional. Pero, en este caso, ha sido solo por intereses de supervivencia de tipo personal.

Entrar en club de los países con capacidades nucleares, aunque sea por la puerta falsa, sin reconocimiento oficial y contrariamente a los preceptos y la legislación internacional al respecto, tiene sus riesgos, pero, sin duda, también sus propias ventajas por no someterse a ningún tipo de control oficial. Una vez más la CI no ha sabido contrarrestar este tipo de iniciativas y no se ha cumplido con lo que soñamos hace ya muchos años sobre lograr progresivamente la desnuclearización total en el mundo. Ni siquiera los que lo pensaron y lo dejaron escrito en el propio TNP lo pensaban de verdad, pero les quedó muy bonito. Ahora todos a cerrar los ojos, a alegrarnos de que no haya ocurrido nada grave de momento y a tratar de no enfadar o despertar a la bestia, no sea que esta se revuelva. Todo un teatro de la hipocresía.

Tal y como ya se ha referido al principio de este trabajo, hace bastante tiempo que algunos pensábamos e incluso escribíamos que esto podría terminar así en contraposición de los muchos agoreros que ya veían una inevitable guerra nuclear en marcha ya que no encontraban otra solución a dicha situación de tensión. La realidad ha quedado manifiestamente patente y todos aquellos tambores de guerra se han silenciado de forma estrepitosa. Me alegro por ello, aunque pienso que no debemos lanzar precipitadamente las campanas al vuelo y ya veremos lo que esto supone a medio o largo plazo.


Artículo de F. Javier Blasco para Atalayar.com

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