Un contrato global con acento europeo

In the end..that’s what this election is about. Do we participate in a politics of cynicism, or do we participate in a politics of hope?

Hace apenas unos días que el Presidente de la República de Francia, Emmanuel Macron, hacía un llamamiento a la fortaleza de la Unión Europea para construir un nuevo marco de relaciones internacionales, frente a la deriva estadounidense o la posición china. Macron auspiciaba un nuevo contrato global para un mundo cambiante, en el que las rencillas entre países iban en aumento y el resurgir de la idea del Estado-nación estaba provocando desequilibrios y prácticas desleales.

En el marco del World Economic Forum que recientemente ha tenido lugar en Davos, los líderes mundiales han abordado diversidad de temas, mostrando especial incidencia en el tema de la desigualdad, la innovación, el aislacionismo de distintas regiones del mundo y, también, el cambio climático.

En el marco de la globalización –frente al ya conocido discurso proteccionistas del Presidente estadounidense Donald Trump-, el Foro se inauguraba con una elegía en favor de un progreso mundial, para todos, y no guiado por el egoísmo propio que ha caracterizado el ‘Make America Great Again’. En esta línea se manifestaba el primer ministro indio, quien alertaba de un retroceso de la globalización que en ningún caso beneficia a la consecución de los objetivos más urgentes de la agenda global. Este guante era recogido por muchos de los líderes presentes, entre ellos, varios de nuestros dirigentes europeos, como la alemana Merkel o el francés Macron quienes dejaron patente que la Unión Europea va a tener un papel muy activo en el espacio geopolítico mundial de las próximas décadas. ‘Mercron’ –como lo ha definido el diario Politico.eu- han aprovechado el WEF para demostrar que el proyecto comunitario es un activo al alza en medio de un panorama internacional decadente.

Aunque con matices diferenciadores, los discursos de los líderes del renovado eje franco-alemán se centraron en mostrar el avance integrador de la UE como ejemplo para su trasposición al ‘globo’ en general. El diálogo y el compromiso firme y real de los Estados por una globalización común, que no excluya a ninguno de los que desearen emprender el camino.

De atrás a hace unos años, hemos convivido bajo el espíritu de un pacto social que en la actualidad se ha quebrado. Los severos problemas de los que adolece el Estado del Bienestar, la crisis del ‘sueño americano’, la generalizada sensación de inseguridad y otros problemas regionales, han desembocado en una ola de escepticismo y cuestionamiento de lo hasta ahora construido. Olvidada ya la intensa reforma económica china de la década de 1980 o, puesto en entredicho la veracidad de que en EE.UU. toda persona puede llegar a triunfar, el sistema se ha visto envuelto en una atmósfera de desconfianza y volatilidad alejada de las tesis sobre las que se asentó tras la Guerra Fría. En síntesis, estos problemas mayoritariamente nacionales (desempleo, prestaciones y servicios públicos, movimientos extremistas…) se han de adicionar otros más globales como la migración, la revolución tecnológica…agravados por la hiperconexión propia de la globalización que vivimos. Y, en el seno mismo de ello, la deriva del hasta ahora motor político y económico –Estados Unidos de América-, hacia ‘aguas’ inhóspitas ha generado un desequilibrio geoestratégico que ha afectado a la cohesión y la gobernanza global instalada hasta hace unos años.

Sin embargo, ante esta marea de pesimismo y desconfianza, parece que hay embarcaciones dispuestas a desafiar a la tormenta. Desde su llegada a la presidencia de la República francesa, Macron ha infundado varios mensajes de desafío y esperanza ante esta realidad tormentosa; el último ante el WEF celebrado recientemente. Frente a las divergencias y los acuciantes problemas que afectan al globo, el Presidente de la República ha apostado por un contrato global que asegure la buena marcha de la globalización. Pero, ¿qué debe contener ese contrato global?

Después de la múltiple crisis que hemos atravesado y que aún persiste en algunos aspectos, de los cuales quedarán secuelas durante los próximos años –p. ej., la desigualdad creciente en la sociedad-, es indispensable sentar una línea roja inquebrantable: la lealtad y el compromiso mutuo. Si realmente se desea superar los retos que se presentan en un horizonte no tan lejano, no podemos apartarnos del mundo. Este contrato debe tener la capacidad integradora necesaria para aunar los esfuerzos de todos aquellos dispuestos a hacer de este mundo el hogar de todos y, además, servir de contrapeso a aquellas potencias que durante estos últimos meses han puesto su mirada hacia metas egoístas e incluso perniciosas para ellos mismos a largo plazo. Se debe evitar que aquellos que no quieran avanzar, bloqueen el futuro.

El crecimiento de la desigualdad es una de las mayores dificultades mundiales que se han dejado oír en el Foro de Davos, como consecuencia de los procesos de digitalización y globalización, y por supuesto de la crisis mundial que aún sigue latente. Este contrato global que auspiciaba Macron debe tener una doble garantía, la legitimidad y la suficiencia. La primera, debe obtenerse no sólo por la adhesión de los Estados, sino también por el respaldo civil de la sociedad. La segunda, por el claro matiz moral que conlleva que los ciudadanos de los estados partícipes de dicho contrato vean sus necesidades cubiertas para llevar una vida digna. Este contrato debe ir más allá de combatir la pobreza, debe garantizar que nadie caiga en esa situación.

Ante este panorama, la Unión Europea debe –y debe hacerlo ya- ocupar el espacio de liderazgo que EEUU ha dejado. Con las últimas victorias electorales en el continente, se percibe un repunte del entusiasmo europeísta (aunque hemos de ser prudentes, no olvidemos los gobiernos euroescépticos de Polonia o República Checa, por ejemplo) que ha fortalecido la política comunitaria, descongelando los proyectos estancados y reactivando la economía. Europa debe jugar un papel vanguardista, acorde a la responsabilidad que ha venido representado siempre. Este contrato global debe ser suscrito –sin ausencia alguna- por todos los miembros del proyecto común; se requiere de una UE fuerte y decidida para conseguir implantar este compromiso internacional. Asimismo, debe tenerse presente a América Latina que, paulatinamente, está dando visos de seriedad económica y compromiso con las reformas económicas y políticas necesarias.

En conclusión, este contrato debe tener la rúbrica de aquellos protagonistas mundiales que deseen surcar las aguas de un nuevo horizonte, desconocido y no exento de dificultades. Este contrato debe tener el compromiso de los líderes mundiales cuya fe rece en favor del progreso y la garantía de una vida digna y sostenible en el planeta. Este contrato debe tener como mandamientos la protección social, la lucha contra el cambio climático, la erradicación de la pobreza, la desaparición de las jurisdicciones no cooperadoras y el aseguramiento de la lealtad tributaria entre los firmantes, la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, la seguridad global y la protección de la infancia.

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Antonio Gutiérrez

Antonio Gutiérrez Guijarro (Baena, 1996) es jurista, finalizando el grado de Derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Cofundador de Estudiantes por Europa (ExE) y S. Gral. de European Law Student Association UC3M. Interesado en la educación, políticas de igualdad, fiscalidad y sistemas impositivos. Sumergido en todo lo relativo a la integración europea y el derecho comunitario. Colaborador ocasional en diferentes medios como contertulio o articulista.

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