Casi 70 años de UE, ¿ha beneficiado formar parte de ella?

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La Unión Europea es un proyecto supranacional sin precedente alguno, posiblemente uno de los más complejos, y a la vez, más ambiciosos que ha conocido la historia reciente de la Humanidad. La propia Comisión Europea fijó el 9 de mayo como fecha de cumpleaños de la UE. Y aún hoy, a falta de dos años para su 70 aniversario, seguimos en pleno proceso de construcción.

Ese 9 de mayo de 1950 pasó a la historia porque el Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Robert Schuman, pronunció en Paris un famoso discurso con el que invitaba a unión de los países de Europa, con el fin último de dejar atrás las angustiosas guerras mundiales que tanto se habían cebado con el pueblo europeo. Lo que posteriormente se conocería como Declaración Schuman fue recogida con entusiasmo por Konrad Adenauer, entonces Canciller de la Alemania Occidental. Las palabras de Schuman acabaron propiciando la puesta en marcha de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) en 1952.

Se crearon las primeras instituciones comunitarias; que desempeñarían cada una de ellas uno de cada poder público esencial en democracia; el legislativo con la Asamblea -hoy Parlamento Europeo-, el poder ejecutivo por parte de la Alta Autoridad -Comisión Europea-, y el poder judicial que desempeñaba el Tribunal de Justicia –ahora TJUE-. En este primer tratado constitutivo de las Comunidades Europeas se fijó con principal objetivo el evitar nuevas guerras en el continente, como en el propio discurso se hacía referencia; “la producción franco-alemana de carbón y acero” estará “bajo una alta autoridad común en una organización abierta a la participación de los demás países de Europa”, por lo que “toda guerra entre Francia y Alemania se hace, no ya imposible, sino materialmente imposible”[1].

Hoy en día, la Unión Europea comprende una región de más de 500 millones de ciudadanos que conviven en libertad plena, estabilidad y, sobre todo, paz -el contiene vive una era de pax de más de siete décadas-. Los valores del Estado social y democrático de Derecho que se han establecido como pilar básico en Europa sustituye a la prevalencia del más fuerte, y asegura un nivel de igualdad digna para sus ciudadanos. Y todo ello en uno de los sistemas económicos más prósperos y avanzados del mundo que permite a la UE ser una de las regiones del globo con mayor calidad de vida y un envidiable Estado del Bienestar.

No obstante, al cumplir hoy 68 años desde ese discurso que daba pistoletazo de salida al proyecto que hoy conocemos como Unión Europea, debemos plantearnos: ¿Qué saldo ha repercutido a los Estados Miembro (28) el formar parte del proyecto europeo? En una pregunta similar se focalizó el importante estudio de Campos, Coricelli y Moretti (2014)[2].

A diferencia de otros estudios en los que se abordaban cuestiones parecidas, los autores obtuvieron datos estadísticamente significativos. El hecho de que la UE sea algo relativamente actual, el tener un tamaño muestral no excesivamente grande, y sobre todo, el que sea un proyecto en construcción -con más de 4 procesos de ampliación hasta la fecha-, hace difícil obtener conclusiones robustas para nuestra pregunta.

El estudio realiza una comparación usando el “método sintético contrafactual”, es decir, compara la evolución del PIB (Producto Interior Bruto) en términos per cápita, y el de la productividad laboral de cada uno de los Estados Miembro antes y después de su adhesión al Club europeo, y estima cuál habría sido su respectiva evolución en caso de no haber pasado a formar parte del bloque comunitario. Posteriormente, para que sea econométricamente consistente, el estudio comprobará la significación estadística[3] de las diferencias obtenidas en la evolución real de cada variable por país, y la de la respectiva estimación en caso de “No-EU”.

Sus conclusiones son admirables. Con una robustez sorprendente podemos decir cuál habría sido el efecto que ha tenido el formar parte de la Unión Europea. A la cuestión que los autores se planteaban, en caso de que todo lo demás se hubiera mantenido contante (cæterīs pāribus), el PIB per cápita real hubiera sido en promedio un 12% menor en caso de no haberse dado la integración europea. Es decir, lo que es lo mismo, en media, el nivel de PIB per cápita agregado de todos los socios europeos ha sido un doce por ciento mayor gracias a la Unión Europa.

Aunque los datos son claramente positivos en promedio, los “pay-offs” que ha supuesto la UE para los Estados Miembros no han sido homogéneos según el trabajo al que nos referimos (Campos, Coricelli y Moretti, 2014). Los países que más se habrían beneficiado de la unión entre vecinos del Viejo Continente son; Irlanda que incrementaría su renta per cápita nacional un 48,9%, Letonia, un 31,69% más del PIB, seguidos de Lituania (28,08%), Estonia (24,15%) y Dinamarca (23,86%) cerrando el top cinco.

Sin embargo, según el estudio, el único país que habría disminuido su renta per cápita al haber pasado a formar parte de la UE, es Grecia. Hasta un -19,76% del PIB per cápita se habría dejado el país heleno. A pesar de lo que sorprendentes que podrían ser estos resultados, no hay una respuesta consensuada entre los expertos que pudiera dar respuesta a ello. Fuere como fuere, todo apunta que su economía no estaba preparada para entrar (su nivel de desarrollo previo a la adhesión no era el suficientemente homogéneo con el bloque), constándole shocks excesivamente fuertes para tratar de converger hacía el resto de sus socios.

El caso de España es uno de los más positivos, siendo el séptimo país que más ganaría por haberse integrado a nivel europeo. Su renta nacional per cápita se habría visto incrementada en un 19,8% debido a su entrada en la Unión Europea. En el gráfico de a continuación se puede distinguir entra la línea continua, siendo la evolución del PIB per cápita en España entre 1970 y 2010, y la discontinua que representaría la evolución sintética contrafactual del mismo indicador en caso de que, nuestro país, no se hubiera adherido a la UE. La línea vertial divisoria recuerda nuestra fecha de entrada al Club europeo (1986) para facilitarnos el análisis visual entre las dos etapas.

Según el mismo estudio, a pesar de que se pusiera en marcha en 1999, la moneda común, el euro, también habría tenido un impacto estadísticamente significativo en el nivel de renta per cápita de los Estados Miembros de la Unión Europea, que además hubieran formado parte de lo que llamamos, Zona Euro (19-€). Según las conclusiones obtenidas, la puesta en marcha del Euro, a pesar de la Gran Recesión vivida en 2008, habría repercutido con 2 puntos porcentuales más en la renta nacional per cápita, en promedio. Impacto similar que habría tenido factores como la apertura comercial del Mercado Único, o la integración financiera entre los socios -debido a la unión bancaria-(su impacto positivo promedio, en esta ocasión para la UE-28, no sólo el área euro).

Pero, ¿y basta con los factor económico para hacernos a la idea? En otro estudio, éste firmado por Friedrich (2013)[4], se enfoca en responder qué factores potenciadores podrían explicar los sólidos efectos de la integración financiera sobre el crecimiento de la renta en la Europa Emergente (los países de Europa del Este). Para ello se contrastaron los datos para cada país en factores como la calidad institucional, el desarrollo financiero, la integración comercial, la globalización financiera, o la integración política, sobre el crecimiento económico de los países. Y llegó a la conclusión (suficientemente consistente) de que el factor más determinante entre los estudiados es el de la integración política. Por lo que, deberíamos fijarnos también en como avanzar las integraciones, no solo en el campo económico sino también en otros campos como el político, para que esos países puedan aprovechar en mayor medida los beneficios unirse.

La historia se encarga de recordarnos en esta misma línea que, más allá del Euro, en nuestro continente tuvieron lugar otros intentos en los que se trató de alcanzar por medio de procesos de integración una Unión Monetaria (UM); la UM Austro-Alemana entre 1857 y 1867 (Austria, Prusia, Estados alemanes del sur y Liechtenstein), la U.M Latina entre 1865 y 1926 que comprendía una amplia zona monetaria entre Francia, Bélgica, Suiza, Italia y Grecia, o la UM Escandinava entre 1872 y 1931 (Noruega, Suecia y Dinamarca). Los analistas coinciden en este caso que la principal causa de su fracaso – más o menos tardío-, fue porque no fueron capaces de afrontar sus divergencias por vía de mayor integración. Pero como nos recuerda Friedrich, no solo en el campo económico, sino también el político (entre otros).

El repasar rápidamente la coyuntura actual en Europa nos certifica que estamos ante una era reconstrucción; una salida paulatina, pero con determinación, de la Crisis Económica que arrastramos desde 2008, las fuerzas renovadas entre el eje Macron-Merkel, la ventaja europeísta en la batalla frente a los populistas, los aires frescos que nos traerán las próximas elecciones europeas en mayo de 2019, o los cambios de estratégica que se han dado a conocer este miércoles pasado cuando la Comisión presentaba su propuesta para los Presupuestos de la Unión Europea para el periodo 2021-2027.

Que los “trabajos de mejora” ya han empezado en los pasillos de las instituciones europeas y en las reuniones del Consejo Europeo, cada vez es más obvio. Pero no está de más recordar algo importante, recogiendo tanto lo que la historia nos recuerda, como lo que estudios como el Friedrich (2013) no dicen. Si queremos que este proyecto tenga continuidad en el futuro, y siga dando sus frutos como nos demuestran Campos, Coricelli y Moretti (2014), debemos lanzar una era de reflexión en todos los círculos de la sociedad; académicos, profesionales, sociedad civil y políticos, para plantear las sendas por las que la Unión Europea puede seguir avanzando. El Libro Blanco sobre el Futuro de la UE ya está sobre la mesa, el debate está abierto.

El quedarnos en una simple unión de lazos comerciales sería un grave error, similar al que llevó al fracaso de las Uniones Monetarias en Europa durante el siglo XIX y XX. Debemos seguir dando pasos hacia más y mejor Europa. Apostar por aunar fuerzas en campos como la Seguridad y Defensa, el Pilar Social que apueste por una mayor coordinación para la protección de los más débiles, una Unión Fiscal que evitara competencia desleal y la elusión de impuestos en campo europeo. Seguir avanzando dependerá de la voluntad que tengamos de dejar a un lado egoísmos y nacionalismos propios, para tratar de alcanzar un bien mayor entre todos. Necesitamos respuestas globales ante problemas globales, y siguiendo con la política de Estado-Nación y creyéndonos ombligo del mundo no es el camino. ¡Feliz día de Europa!


[1] Discurso conocido posteriormente como Declaración Schuman, celebrado el 9 de mayo del 1950, en París. En línea: https://europa.eu/european-union/about-es/symbols/europe-day/schuman-declaration_es

[2] CAMPOS N., CORICELLI F., MORETTI L. Economic Growth and Political Integration: Estimating the Benefits from Membership in the European Union using the Synthetic Counterfactuals Method, April 2014, IZA Discussion Paper No 8162, May 2014.

[3] Por medio de contraste de hipótesis sobre el modelo de diferencias en diferencias, a un 99% de confianza o P-valor unilateral menor a 0,01.

[4] FRIEDRIC, C., I. Schnabel and J. Zettelmeyer (2013), “Financial Integration and Growth: Why Is Emerging Europe Different?” Journal of International Economics 89: 522-538.

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Marc Riera

Marc Riera Félix (Mahón, 1996), es estudiante de último curso de Economía en la Universidad Carlos III de Madrid. Enfocado en el campo de la Macroeconomía, Finanzas e Integración Europea. Es cofundador de Estudiantes por Europa y milita en distintas asociaciones estudiantiles. Ha trabajado en el ámbito de la gestión hotelera. Colaborador de varios medios de comunicación. Forma parte del European Solidarity Corps.

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