La crisis de los partidos políticos: redundancia y ocaso

Necesitamos tu apoyo económico para seguir haciendo análisis independientes y rigurosos. Sin ti, no es posible.

En reclamación de una democracia más participativa y representativa, el 15M evidenció la conversión de los partidos políticos en maquinarias preocupadas por aumentar su suelo electoral intentando seducir a todo tipo de votante. En mayo de 2011, el “no nos representan” se convirtió en un himno, una catarsis en forma de frase que engoló el cabreo y la desafección de cientos de miles de personas de todos los vértices del país hacia los partidos, los políticos y las instituciones; una rabia que se había estado acumulando desde la aplicación de medidas económicas neoliberales como respuesta a la crisis un año antes.

Enfrente del clamor indignado pronto se incorporaron varios políticos que, en tertulias, entrevistas y comparecencias, corrieron a construir eslóganes de reacción al 15M —sonado fue el “que se presenten a las elecciones” de Cospedal— y a evidenciar lo que consideraban una ridícula paradoja: no concebían que hubiese gente que no se sintiera representada precisamente por ellos, los que habían sido elegidos mediante el voto directo y legítimo de los ciudadanos justamente para eso, para ser representantes.

Aunque la antítesis entre estas dos posiciones es clara (de un lado quienes no se sienten representados y del otro quienes remiten ortodoxamente a las reglas del sistema), ninguna puede erigirse como total poseedora de la razón; y es que en el asunto de la representatividad a través de los partidos políticos hay claroscuros. Veamos: En 2007, el politólogo holandés Hans Daalder publicó un texto elocuente: ¿Partidos negados, obviados o redundantes? Una crítica. En él, Daalder hace un recorrido histórico por los planteamientos teóricos que, de un modo u otro, han rechazado el papel de los partidos políticos como único vehículo de participación y representación ciudadana; para finalizar exponiendo algunas reflexiones sobre una tendencia contemporánea de crisis de los partidos, que en España eclosionó con el 15M.

Partidos para usar y tirar

Inmediatamente después de las revoluciones liberales, una enorme bolsa de población quedó automáticamente excluida de los nuevos parlamentos formados solo por notables, una privilegiada oligarquía burguesa sin ninguna intención de universalizar la participación política. Fuera de los muros de esos parlamentos, movimientos sociales masivos como el obrero, con el paso del tiempo y a través de huelgas, manifestaciones y protestas —durísimamente reprimidas—; lograron que esa masa de gente además de voz tuviese voto.

Uno de los argumentos de quienes dudan de la verdadera función representativa de los partidos políticos aluden a esto: una vez que los partidos de masas llevaron a término la labor de incluir a nuevos grupos de ciudadanos en la esfera política, los votantes solo se limitan a sancionar en las elecciones a unas élites —desde alcaldes a
diputados nacionales— y sustituirlas por otras.

En el sentido de la democracia participativa, la plataforma Democracia Real Ya fue bastante explícita dejando constancia en su manifiesto de demandas concretas como “referéndums obligatorios y vinculantes para las cuestiones de gran calado” y “para toda introducción de medidas dictadas desde la Unión Europea” o la “modificación de la Ley Electoral para garantizar un sistema auténticamente representativo y proporcional que no discrimine a ninguna fuerza política ni voluntad social, y donde los voto en blanco y nulo también tengan su representación en el legislativo”.

Partidos como agencias de promoción del candidato

Con el fenómeno de la mediatización de la política (los políticos, sabedores del poder de los medios, y sobre todo de la televisión, intentan influir a la población valiéndose de ellos), la personalización de los partidos es palmaria. Los que se basan en esta idea para cuestionar la utilidad de las formaciones políticas resaltan que, en muchas de ellas, prima que el candidato se maneje bien con los medios por encima de las propuestas concretas del programa electoral. Algunas siglas han nacido directamente en derredor de la figura de su líder, como En Marche! de Emmanuel Macron en Francia.

Desde esta lógica, los partidos dejan a un lado la ideología y la política de masas y se convierten en empresas comercializadoras del voto, en maquinarias electorales atrápalo todo donde, a través de un candidato que da bien delante de la cámara y acude a programas de televisión, no a abordar temas de debate público, sino a bailar, tocar la
guitarra o jugar al baloncesto; pretenden camelar a votantes de distintos lugares del espectro ideológico. Este cambio de dinámica, donde la ideología está debilitada y los partidos cada vez se parecen más entre sí, es uno de los factores que explica, por ejemplo, por qué cada vez más electores de partidos socialdemócratas tradicionales se decantan por fuerzas liberales y conservadoras.

Lobbies frente a partidos: los técnicos en el Estado

Esta última reflexión aborda el asunto de la incrustación de los grupos de presión en las estructuras del Estado. Con el ascenso y consolidación de la globalización y, en consecuencia, el creciente fortalecimiento de las grandes corporaciones multinacionales ha tenido lugar una cierta yuxtaposición entre Estado —continente de las instituciones salidas del voto ciudadano— y distintos poderes económicos —opacos y antidemocráticos como el BCE o el FMI—.

Desde la detonación de la crisis financiera en 2008 y la comprometida situación que les sobrevino a algunas economías de la eurozona la UE, a través de estos organismos —la troika—, impuso desde los despachos de Bruselas las tristemente famosas medidas de austeridad. No importó qué partido había sido elegido por la gente en las urnas —en España gobernaba entonces el PSOE—; la troika ponía a los dirigentes ante una coyuntura sin intermediarios: o aplicar las recetas, por muy antipopulares que estas fuesen, o la hecatombe en forma de sanciones y salidas del euro.

En una escala más local, los lobbies o grupos de presión también obvian el mecanismo legítimo de la representación política mediante los partidos para intentar influir directamente en los legisladores, es decir, en estos casos ya no son los partidos quienes se organizan para planificar acciones de gobierno y llevarlas después al Parlamento para hacerlas leyes; sino que son esos lobbies los que presionan inmediatamente a sus señorías para que salgan adelante determinadas políticas en función de sus intereses corporativos.

Prácticas como estas han materializado la institucionalización de algunos lobbies que incluso cuentan entre sus filas con cargos o excargos públicos —las, también célebres, puertas giratorias—, desplazando a los partidos políticos de sus tradicionales funciones de mediación y articulación.

Más participación, pero no sin partidos

Aquel “no nos representan”, que ahora cumple siete años, no solo era la voz de la perplejidad por la incongruencia histórica de que un partido de corte socialdemócrata de repente claudicase ante el neoliberalismo más riguroso; el 15M llenó las plazas de España de gente que quería una democracia más participativa porque sentía que daba igual quién detentase el poder: habían visto cómo toda la ideología, los postulados y el programa de un partido se doblegaban sin presentar oposición ante un organismo supranacional. Las imposiciones de la troika constataron que en el juego de élites de la tecnocracia la soberanía popular no sirve para nada y los partidos pueden ser despojados de su papel de vehículos de representación y participación.

No obstante, a los políticos que entonces cargaron con virulencia contra el 15M también hay que reconocerles una parcela de certeza en su arrogancia: a pesar de que las sociedades posindustriales modernas y su relación con la política no tienen nada que ver con las que se daban hace decenios, y las funciones tradicionales de los partidos han tenido que redibujarse; éstos siguen siendo el elemento insustituible sine qua non para canalizar la representación pública y un engranaje troncal en el funcionamiento del sistema. En resumen, todas esas proclamas que se erigieron en la Puerta del Sol, desde una posición apartidista, en último término solo podían materializarse siguiendo el cauce institucional establecido que va desde la proposición por parte de un grupo parlamentario hasta su votación y aprobación en las Cortes.

Aunque su llegada al Congreso aún no ha conseguido vertebrar reformas que sí se encuentran en la opinión pública, como la de la ley electoral o la de partes concretas de la Constitución, Podemos y Ciudadanos, de momento, han disuelto el binomio gran partido de centro izquierda/gran partido de centro derecha que venía dándose en España desde la legislatura constituyente en 1977. Sin embargo habrá que esperar para ver si la autonombrada “nueva política” es capaz de cambiar la dinámica, cuyo agotamiento la empujó a surgir, o únicamente se queda en un fenómeno gatopardiano donde algo se modifica para que todo continúe como estaba.

Fenómenos como el que alumbró aquella indignación, ahora en cierto modo reeditada con las protestas del movimiento feminista y de los pensionistas, son claros síntomas del agotamiento y las fracturas que padecen las democracias representativas contemporáneas en la medida en que afrontan derivas como la mediatización de la
política, la homogeneización de los partidos y la delegación de asuntos de Gobierno en la pura tecnocracia burócrata. Aun así, y aunque ahora parezca que los partidos conforman un oligopolio elitista con escasa diferencia entre ellos, han sabido adaptarse a las circunstancias y los cambios sociales ajustando sus discursos, sus candidatos, su funcionamiento interno e incluso sus propias siglas y, de momento y sobre el papel, seguirán siendo los catalizadores principales de la participación en lo público a expensas de que nuevas formas de organización política y social todavía desconocidas les suplanten esas funciones.

The following two tabs change content below.

Alberto Mesas

Latest posts by Alberto Mesas (see all)

Deja un comentario