Rajoy 2019, rumbo al confinamiento

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No quiera percatarse Mariano Rajoy en vista a las próximas elecciones municipales, que se encuentra ante la travesía del Estigia y que Caronte, quien transportaba en su barca a los difuntos en la mitología grecorromana, es el que comanda el timón del navío popular. Son tiempos de aguas revueltas en Génova y la mano de Ignacio Aguado sobre el hombro de Ángel Garrido es cuanto menos una señal de tranquilidad.

El batacazo en los resultados tras las elecciones municipales de 2015 supuso gobernar en 19 capitales de provincia, frente a las 34 que habían obtenido en los anteriores comicios. Perder grandes ciudades como Madrid o Valencia dejó en buena medida relegado al partido a poblaciones más envejecidas y de menor densidad. Según los resultados del CIS de abril, un 42,9% de los encuestados con recuerdo de voto popular en 2016 son jubilados y pensionistas.

A un año de la próxima cita electoral el escenario es cuanto menos desesperanzador si se atienen a las encuestas. Como si tratase de la representación del inframundo por parte del francés Gustave Doré, la dirección del partido rema a contracorriente mientras lanza por la borda a sus difuntos. Bien se intuye en los despachos que la hegemonía del partido en las alcaldías de los municipios españoles ha tocado a su fin. Ya en 2015 se acopiaron casi seis millones de papeletas, dos millones y medio menos que en 2011. Previsiblemente, muchas de ellas pasaron a engrosar las urnas del partido de Albert Rivera, el cual rozó el millón y medio de votos.

El peso de dos legislaturas en el Gobierno junto a la vorágine de acontecimientos que suceden en la órbita popular están hundiendo la nave, al partido se le resbalan los remos de las manos. Sustituir el albatros por la encina no funciona como desfibrilador, al partido le urge supurar la bilis y dar oxígeno a largo plazo para que broten nuevos nombres desde las bases. Especialmente fuera de las grandes urbes, donde la militancia empieza a pensar en subirse al velero naranja ante la dejadez de Génova por no motivar y entusiasmar a sus grupos en el ámbito rural. La sensación de abandono en los pequeños municipios respecto a las sedes regionales se suma a la reducción en la identificación de los simpatizantes con el partido. El PP tiene la difícil tarea de contentar a un electorado envejecido y trazar una estrategia con una mirada larga si no quiere quedar condenado al ostracismo.

Quizás sea tarde para asumir que se llega con la lengua fuera, incapaz el partido de frenar a un Rivera que ha sabido estimar mejor el viento de tramontana y navegar a toda velocidad alcanzando el pico de las encuestas. Asimismo, la investidura del nuevo President de Cataluña, Quim Torra, puede ser un arma de doble filo, pues quien más rédito puede sacar de ello es el partido naranja, el cual gana visibilidad en la oposición y enarbola con más brío la bandera de la unidad de España ante la estupefacción de quienes implementaron el 155.

La cúpula popular debe centrar sus energías en desincentivar las simpatías hacia el partido de Rivera para poder recuperar su espacio en el espectro político. Necesita de candidatos vigorosos, cuya credibilidad no sea contaminada por las cabezas más visibles a nivel nacional. Puede que esta sea la última oportunidad para retener a aquellos que están siendo seducidos por el frescor del olor a naranja. De momento, es Rivera quien tiene la moneda en su mano para colocarla bajo la lengua de los populares.

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Juan Fernández

Juan Fernández Crespo (Madrid, 1994) es graduado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente cursa el Máster en Márketing Político del Institut de Ciències Polítiques i Socials (UAB). Con alto interés en la comunicación política y la geopolítica, desempeña labores de comunicación y planificación estratégica.

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