¿Es inviable la democracia en los países árabes?

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A menudo se esgrimen dos argumentos para justificar la difícil instauración y consolidación de un régimen democrático en los países árabes y musulmanes: uno de los argumentos que se sostiene es la existencia de incompatibilidad entre islam y democracia. Esta incompatibilidad, dicen, hace inviable la democracia en estos países. El otro argumento señalado con frecuencia, es que los pueblos o ciudadanos de dichos países no están preparados para vivir en democracia o no quieren que se instale un sistema democrático en sus naciones. ¿Realmente son válidos estos dos elementos esgrimidos para justificar la imposibilidad de aplicar un sistema democrático en los países árabes y musulmanes?

Empezando por el primer elemento señalado, la incompatibilidad entre islam y democracia, podemos decir que dicho argumento no es del todo cierto. Sin ánimo de hacer proselitismo de ninguna religión, los partidos de corte islamista pueden adoptar programas compatibles con los principios democráticos como la libertad, justicia, igualdad y derechos y libertades públicas de la misma forma que fueron adoptados por los partidos democristianos en Europa desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. El mejor ejemplo de naciones musulmanas con sistema democrático lo encontramos en Indonesia y Malasia. Estos dos países de mayoría musulmana y no árabes han conseguido instaurar y consolidar sistemas democráticos en sus países. Según los datos del historial sobre el índice de democracia que publica la revista The Economist, estos países tienen un índice de democracia que los encuadra dentro de un sistema de democracia defectuosa, defectuosa, pero democracia. Estos índices están al mismo nivel de democracia que existe en países como, por ejemplo, Argentina o México y por debajo de algunas democracias occidentales separado por muy poco margen. Y una excepción en los países árabes lo es Túnez. Desde la caída de régimen autoritario en la conocida como primavera árabe y la posterior transición hacia un régimen democrático, este país norteafricano ha conseguido escalar posiciones y mantener un índice de democracia intermedia o democracia defectuoso, según los estudios sobre la calidad democrática publicados por The economist. Por su parte, los estudios de la organización Freedom House sitúan a Túnez como un sistema libre.

No obstante, cabe subrayar que la gran mayoría de los países arabo-musulmanes desde el norte de África hasta países de Oriente Medio han sido gobernados durante décadas y siguen gobernados actualmente por dictaduras laicas del llamado socialismo árabe. Estos regímenes han surgido de golpes militares y muchos de sus líderes eran o habían servido en la cúpula castrense. Por lo cual, podemos tener una primera impresión: más que el islam, lo que realmente ha impedido que en los países árabes se instaure un régimen democrático han sido las dictaduras laicas, muy alejadas de cualquier precepto religioso.

El segundo argumento señalado como un elemento que obstaculiza la implantación de la democracia en los países árabes, la poca preparación de sus sociedades para vivir en democracia, no es más que un sentimiento de soberbia sostenido por unos o utilizado por otros como pretexto para anular cualquier esperanza de poner fin a sus regímenes dictatoriales. Fuere como fuere, estos dos argumentos interesados le vienen como anillo al dedo a los regímenes autoritarios de esos países para continuar en el poder sin que nadie les cuestione. La explosión de la primavera árabe es un claro ejemplo de que las nuevas generaciones en los países árabes están hartas de ver cómo regímenes dictatoriales acaban con sus esperanzas de libertad, igualdad y justicia social. Este hartazgo lo hemos podido observar cuando cientos de miles de ciudadanos en los países árabes salieron en masa a las calles y plazas en ciudades como Túnez, Cairo o Rabat para reclamar sus derechos sociales y políticos y el fin de la represión y la opresión.

Una de las dimensiones para medir la implicación de los ciudadanos en política es la participación en los procesos electorales a la hora de ser elegidos o elegir a sus representantes en las instituciones políticas a través del sufragio. Si tomamos los datos de participación electoral en los comicios que podemos calificar de democráticos desde el año 2011 en países como Marruecos, Túnez o Egipto, tres países en los cuales parece que se había emprendido un camino hacía un sistema democrático, podemos señalar lo siguiente: en el año 2011 Marruecos convocó a las urnas a sus ciudadanos para participar en el referéndum constitucional. La participación fue del 75,5% y la Constitución fue ratificada por el pueblo por el 97% de los electores. En los comicios parlamentarios del 2011 y 2016, respectivamente, la participación electoral no alcanzó el 50% del total de los electores con derecho a voto (45% y 43%), es una participación más bien baja. Pero hay que tener presente, a diferencia de las democracias occidentales, la posible existencia de unos obstáculos con los que se pueden encontrar los ciudadanos de estos países a la hora de acceder para ejercer su derecho al voto, especialmente en las zonas rurales (meetings a pie de calle, envío de cartas o propaganda electorales, etc.) y que pueden contribuir a la baja participación electoral. En Túnez, tras la caída del dictador Zine El Abidin Ben Ali, en 2011 se celebraron elecciones para elegir una Asamblea Constituyente. La participación fue de un 52%. En las primeras elecciones legislativas democráticas celebradas en 2014 la participación alcanzó el 67,7% y en los comicios presidenciales celebrados en el mismo año la participación fue de un 62,9% en la primera vuelta y de un 60,1% en la segunda vuelta. Por su parte, Egipto celebró sus primeras elecciones presidenciales democráticas en el año 2012 con una participación en la primera vuelta del 46,4% y en la segunda vuelta del 51,9%.

Lo que es evidente es que cuando hay un mínimo atisbo de aperturismo político en los países árabes, los ciudadanos han respondido con su participación en los asuntos políticos. Pero ¿a quién no le gusta o gustaría vivir bajo un régimen que respete y haga efectivos unos derechos fundamentales y las libertades públicas como el respeto a la integridad física, la libertad de asociación, ideológica, la justicia o la igualdad?  Quizás esta ola democratizadora en los países árabes, que ha sido bautizada por algunos autores y medios como “la cuarta ola democratizadora”, dicho en términos de Samuel P. Huntington, se ha encontrado con uno de los peores escenarios para poder instalarse definitivamente: la involución democrática que viven algunos países de las democracias occidentales, especialmente los EEUU de Donald Trump, en el cual algunos dictadores árabes han encontrado un aliado valioso y que ha hecho que muchos de estos dictadores repriman y opriman cualquier intento de movimiento de oposición. La esperanza de los pueblos árabes de vivir en un régimen democrático en sus países no está perdida, para ello se necesita una clase política con una cultura y educación democrática y, sobre todo, se necesita apoyo de los países democráticos occidentales.

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Ahmed Benamar

Ahmed Benamar Bellouki. Graduado Ciencia Política y Administración por la UNED.

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