El Reino: el cine español aborda la corrupción política

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Este texto no pretende ser un ejercicio de crítica cinematográfica de la película “El Reino” (Rodrigo Sorogoyen, 2018), por más que como espectador uno haya disfrutado de la trama, las interpretaciones, los diálogos, las secuencias de acción, o la banda sonora.

Que un fenómeno como la corrupción política organizada, que ha sido tan característico de nuestro devenir como sociedad, y que condicionó durante décadas enormes parcelas económicas, sociales e institucionales en España, no hubiese alumbrado todavía una película con ambición panorámica, comenzaba a ser una anomalía de nuestra industria cultural… o una muestra de que el daño era tan profundo que aún necesitábamos tiempo para salir del hoyo y actuar con perspectiva. Aun así hay que recordar dos obras precursoras como son la descriptiva “B de Bárcenas” (David Ilundáin, 2015) y el thriller “Cien años de perdón” (Daniel Calparsoro, 2016).

Tampoco se pretende desvelar la historia de un filme que, cuando se escriben estas líneas, está recién estrenado en las salas de cine. Pero sí esperamos aportar un breve repertorio de lo que puede verse en la película y que constituye el abecé de la corrupción, causas y consecuencias.

-En primer lugar el aspecto moral y de responsabilidad cívica.

Resuena la pregunta dirigida a los protagonistas “¿por qué entrasteis en política?”; mientras que en las escenas en las que emerge cierta indignación popular, ésta se alterna con acciones cuasi costumbristas de alguien que aprovecha un despiste para quedarse con algo que no es suyo. Y es ese factor, el punto ciego, el contar con que nadie se va a enterar, lo que ayuda a la persona corrupta a superar el dilema ético.

Podemos cebar ese camino con más razones:

-Acertadamente la película sitúa el cáncer en el aparato de El Partido, entre cuadros orgánicos, centrales y territoriales, de dudoso currículum laboral, pero expertos en medrar; que han hecho carrera interna desde jóvenes sin tener una salida profesional que les permita mantener el tren de vida al que se han subido.

-Casi nada se habla de políticas públicas, se practica un poder aparentemente desideologizado y el valor de las personas está precisamente en su capacidad relacional, en sus lealtades e influencias desde cargos basados en la dinámica del grupo, un entramado jerárquico del que depende una red clientelar sin apenas mecanismos de rendición de cuentas ante la ciudadanía.

-Este perverso sistema de selección de líderes, pone en manos de pocas personas la definición de transparencia, participación y evaluación que se juzga conveniente, para unas instituciones que, finalmente, acaban gestionando decisiones millonarias.

-La colisión de intereses en la maraña Administración-Partido con algunos sectores empresariales que, al tiempo que dependen de los presupuestos públicos y/o del marco regulador para realizar su actividad, tienen la capacidad de aproximarse y crear interdependencias tanto con estas personas tentativamente corruptas como con la propia organización política. Esta fusión puede ser tan intensa que lleve a degradar el modelo productivo del ámbito de actuación de la red corrupta.

-Una oposición política en la que pervivan los mismos vicios; o que no logra ser competitiva al no percibirse como alternativa viable, por carencias propias o por el aplastamiento al que la somete el entramado anteriormente descrito.

-Entramado que aumenta su hegemonía si la corrupción extiende sus intereses entre el resto de mecanismos de control entre los poderes públicos: con una judicatura partidista e infradotada; y unos medios de comunicación que por unos motivos u otros terminan sirviendo más como correas transmisoras del poder que como canales de información y de servicio a la opinión pública.

Finalmente la trama se completa si se logra la desactivación de la sociedad civil, que en El Reino se mueve entre la hipocresía y el cinismo, el cansancio y el miedo; y se termina refugiando en un escapista nihilismo hedonista.

Vayan al cine y disfruten de la película.

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Pelayo Cobos

Pelayo Cobos (Gijón, 1979), es Licenciado en Ciencias Políticas, Administración Pública y Relaciones Internacionales por la Universidad del País Vasco. MBA por la Universidad de Oviedo y Curso Superior de Estrategia y Gestión del Comercio Exterior por el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX). Ha realizado un curso de Política Internacional Comparada en la Universidad de Oslo (Noruega). Cuenta con más de diez años de experiencia profesional en mercados internacionales, trabajando en el sector financiero, con empresas industriales y como consultor independiente.

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