La España (del) temporal

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Ávila y Manacor. Montoro y Barrios de Luna. Cuatro rincones como otros cualesquiera, pequeños, tranquilos, donde parece que nunca sucede gran cosa. Pero además, los une la amnesia con la que habitualmente son tratados por los medios de comunicación, con señaladas excepciones como las de las últimas semanas, aparte del programa España en comunidad de TVE. Son la España del temporal, esa que sólo emerge en los titulares cuando las inclemencias climatológicas obligan a ello. Las imágenes de las murallas nevadas son, por norma, la única vez que la capital abulense se asoma al telediario. Lo mismo sucede con la cordobesa Montoro y sus récords de temperatura estivales a orillas del Guadalquivir. Las cámaras sólo viajan a Manacor y el embalse de Barrios de Luna, por exceso de lluvias o por falta de ellas. En todos los casos, obligando a los pobres reporteros a lidiar con el frío o a introducirse hasta la rodilla en un caudal desbordado.

Pero no sólo son lugares del temporal, sino que también parecen ser temporales, puesto que alguno de ellos se sitúa en lo que Sergio del Molino ha dado en llamar la España vacía. Su vivacidad y su misma supervivencia penden de un hilo. El olvido mediático va unido al político y administrativo y la condena sobre ellas parece firme.

Lejos de la M-30 y la Diagonal la vida y la política continúan más allá de anticiclones y borrascas, o de violencia de género, el otro triste elemento informativo para destacar en el relato de la actualidad en estas zonas del país. La toma de grandes decisiones (“en Madrid”) o el cuestionamiento de la territorialidad del Estado (“los catalanes”) se ven a una distancia a veces sideral. El hecho de que tengan lugar protestas de calado, como el penoso estado de los ferrocarriles extremeños, por ejemplo, constituye la última de las excepciones a una información política nacional con aspecto de partido de tenis.

Esta actitud de los medios de comunicación aleja el foco de cuestiones y problemas que verdaderamente afectan a estas áreas, y no sólo a ellas. Es el caso de la despoblación, la falta de oportunidades para la juventud, la escasez de tejido productivo y la desvertebración del territorio. Las ciudades también se ven influidas por estas dinámicas, puesto que a medida que la migración interna crece, aumentan asimismo las dificultades para gestionar las propias metrópolis. Al concentrarse la población en los municipios y las áreas metropolitanas la contaminación, la movilidad o la gestión de residuos se vuelven más complejas. Si bien desde ese lado del aumento demográfico sí se presta atención (nuevos desarrollos urbanos, infraestructuras viarias y de transporte público, congestión), se obvia casi siempre la otra cara de la moneda del mismo: el drenaje de la población rural con provincias enteras con la misma población que hace un siglo, caso de Palencia.

Los territorios olvidados, llamados en ocasiones “zonas de provincias”, tienen un peso residual en el relato nacional y parece que la vida allí sigue sin cambios desde hace décadas. A la hora de articular muchos discursos políticos, se tiende a olvidar que Madrid es España, pero España no es Madrid, y la responsabilidad de ello no es exclusiva de los madrileños. El relato político se circunscribe al relato del poder y éste se mueve sin excepción entre Atocha/Barajas y Sants/El Prat.

La consecuencia social del apagón informativo hacia la mayor parte del espacio del país es, especialmente, un importante desconocimiento en ocasiones revestido de un rancio barniz de estereotipos. Asturias, Cantabria, Navarra, La Rioja, las dos Castillas, Aragón, Extremadura, Murcia, los dos archipiélagos o Ceuta y Melilla suman un poco menos del 30% de la población, pero aglutinan casi dos tercios de la superficie de España. Forman parte de una España que no habla, o que al menos, no es escuchada como debería. Sólo la prensa local cubre este vacío informativo, y lo hace sometida en muchas ocasiones a una gran presión, dado que en los entornos pequeños el poder es capaz de ser más fuerte.

Evidentemente, en un medio de ámbito nacional no caben todas las noticias imaginables sobre todos los pueblos de España, pero para potenciar y fortalecer la idea de “comunidad imaginada” que enunció Benedict Anderson, convendría dar voz a situaciones que contribuyan con diversos puntos de vista a ser conscientes de la pluralidad y riqueza del país. En caso contrario, el olvido y el énfasis en la diferencia quebrarán el sentimiento de pertenencia.

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Alberto Cañas de Pablos

Alberto Cañas de Pablos (Madrid, 1987) politólogo y Máster en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es doctorando y docente de diversas asignaturas de Historia española y mundial en la misma Universidad. Ha sido Investigador visitante en la Universidade Nova de Lisboa (Portugal) y la Università degli Studi di Torino (Italia), así como docente invitado en la Uniwersytet im. Adama Mickiewicza en Poznan (Polonia).

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Un comentario sobre “La España (del) temporal

  • el 5 noviembre, 2018 a las 6:16 pm
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    Buen título. La amnesia no es temporal, es crónica y con el mismo infeliz pronóstico que se le otorga al alzheimer.

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