El surgimiento de la izquierda progresista del siglo XXI

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Antonio Gramsci definía el tiempo en el que el modelo histórico vigente está en franca decadencia, pero no ha surgido una alternativa realista y factible, como el momento en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. La historia ha demostrado que esas situaciones se han dado incontables veces: el ineficaz despotismo absolutista previo a la revolución liberal, la paz armada que anuncio la Gran Guerra, la década de 1930 inaugurada con el crack del 29… ¿Se encuentra Europa ante ese momento que augura importantes cambios políticos en los próximos años, a menudo de manera violenta?

Repasemos la evolución de la izquierda en las últimas décadas. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la socialdemocracia se ha ido configurando como su principal fuerza política. Sus aportaciones al desarrollo teórico y material del Estado del Bienestar son irrebatibles. Han dirigido los gobiernos de Europa occidental durante las que se consideran las décadas más prosperas e igualitarias del continente. Esto les ha asegurado un apoyo fijo y continuo de importantes sectores de la población hasta el día de hoy.

Pero desde el fin de la Guerra Fría, esta corriente política ha entrado en un proceso de paulatina y continua decadencia. Tras quedar patente que el comunismo no triunfaría, las fuerzas conservadoras decretaron que había llegado el momento de terminar con las concesiones a las clases media y trabajadora, desaparecido el peligro  de una revolución. Esta decisión, que marca el establecimiento del neoliberalismo, supuso una fractura entre los partidos socialdemócratas y sus votantes. Sus políticos, temerosos de que un enfrentamiento con la derecha resultase en una reducción de escaños y la perdida de subsidios y otros beneficios, prefirieron mantener la tradicional colaboración con estas fuerzas. Esta aptitud marco el inicio de un proceso de continua aceptación de la agenda neoliberal, hasta el punto de perder cada vez más los rasgos distintivos de su propia ideología política. Sus votantes, incapaces de reaccionar a esta situación y ante la ausencia de cualquier alternativa que consideraran viable, prefirieron no hacer nada.

La crisis de 2008 ha marcado el culmen de esta trayectoria. La socialdemocracia europea ha dado su apoyo a  las políticas de recortes, que han establecido un nuevo modelo socioeconómico que supone el sometimiento del estado democrático a los intereses financieros. Estos brindan apoyo económico y laboral a la clase política a cambio de defender sus intereses en las instituciones. El mejor ejemplo de esta situación se encuentra en el rescate de los bancos. El Estado ha adquirido enormes deudas de entidades privadas por considerarlas, de acuerdo a la versión oficial, demasiado importantes para dejarlas caer y que la crisis se acentué con ello. Para poder hacerlo, ha tenido que implantar fuertes recortes en servicios públicos, sin exigir ninguna garantía ni control sobre las empresas que ha rescatado. Son tiempos felices para los directores de los grandes bancos. Si aciertan en los negocios, obtienen beneficios. Si se equivocan, el Estado les rescata. Es el inicio de una nueva realidad socioeconómica, en la que los beneficios se privatizan, mientras las pérdidas son socializadas.

La implantación de este nuevo modelo ha supuesto una clara pérdida de apoyo a las fuerzas políticas tradicionales, generando una gran disminución de votos para los partidos socialdemócratas y el surgimiento de nuevas fuerzas políticas en la izquierda en los países mediterráneos: los partidos de izquierda populista.

Estos partidos han logrado hacer grandes aportaciones teóricas como criticas al establishment, entre las que destaca el abandono del marco Izquierda/Derecha tradicional frente a Elite/Ciudadanos, mucho más aceptado.

Sin embargo, desde su aparición la izquierda populista ha empezado a sufrir un continuo descenso de apoyos tras un periodo de considerable crecimiento, aunque sin llegar este a ser decisivo. Como causas externas no se puede negar una clara campaña mediática y de desgaste por el resto de las fuerzas políticas en su contra, si bien las causas internas son quizás las más importantes.

Los partidos de izquierda populista han marcado el inicio de una nueva corriente política. Al estar aún en proceso de creación de una alternativa política al modelo vigente, no han tenido más remedio que inclinarse o bien por los partidos socialdemócratas, o bien por los partidos minoritarios de izquierda radical como referente.

La crisis de Grecia vio como Syriza optaba por seguir la estela de la socialdemocracia, escogiendo  una aptitud de colaboración y subordinación frente al establishment. En los casos de Francia y España, Podemos y Francia Insumisa han adoptado una configuración organizativa, de discurso e ideológica claramente basada en los partidos minoritarios de izquierda de sus países. Esto quizás es debido a que prácticamente todos sus dirigentes provienen de dichas organizaciones, y por ello han decidido seguir su tradición organizativa Pero ello no ha evitado que ambas formaciones hayan sido relegadas a la periferia política de sus países en la actualidad. De hecho, quizás lo haya provocado.

Por un lado, la nueva izquierda no puede recurrir ni al modelo, ni al discurso, ni a la organización de una corriente política que ya está asentada en el poder y en las instituciones y que solo busca perpetuarse en dicha posición. Por otro, los partidos minoritarios pueden permitirse un modelo organizativo y unas propuestas electorales que no son aplicables a un partido que espera contar con el apoyo necesario para poder ganar unas elecciones generales.

¿Cuál debe ser, por tanto, el desarrollo de la nueva izquierda? El principal desafío es desarrollar un programa positivo, coherente y completo, que elabore una alternativa viable y realista al actual orden neoliberal. Esta nueva izquierda debe mostrar un compromiso mucho más profundo que la socialdemocracia con el ecologismo, el estado social, la transparencia política y la integración europea.

Ya que solo se puede lograr un cambio real y duradero a nivel continental, el segundo gran reto que debe afrontar la izquierda es desarrollar un nuevo modelo organizativo que busque la coordinación de las fuerzas progresistas de toda la UE. Este modelo debe respetar los criterios de eficacia, trabajo en grupo y democracia interna. Se debe encontrar un equilibrio entre la horizontalidad y la verticalidad de la organización.  De tal modo, se podrá asegurar la democracia interna, alejado de las concepciones nacionalistas de los partidos minoritarios.

El surgimiento de esta nueva izquierda progresista eclosionará cuando logre presentar un programa para una Europa unida, con una economía que distribuya equitativamente la riqueza, verde y sostenible a largo plazo y que defienda una democracia real, transparente y participativa para beneficio de todos los ciudadanos.

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Hugo Álvarez

Hugo Álvarez es originario de Oviedo. Tras estudiar Derecho, obtuvo el Máster en Diplomacia y Función Publica Internacional en el CEI Internacional Affairs de Barcelona, para trabajar después en la Embajada Española en República Dominicana. Desde entonces, se ha especializado en el estudio de las cuestiones europeas y los movimientos alter-europeistas.

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Un comentario sobre “El surgimiento de la izquierda progresista del siglo XXI

  • el 20 enero, 2019 a las 8:49 pm
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    Muy de acuerdo. Buen análisis, buenas propuestas conceptuales. El marco está dispuesto hay que pintar el cuadro. Gracias Hugo.

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