La nación y el nacionalismo (I)

El concepto de nación carece de una definición genérica y unívoca, debido a que cada nación, en su realidad social, política, económica y cultural, es particular e histórica. Pese a esto, se puede considerar que las naciones no son naturales e inmutables, sino que cambian con el tiempo. La nación tiene carácter mítico, pues es presentado como algo que ha existido siempre, cuestión que a su vez se ve reforzada por el hecho de que el pasado se hace presente de manera continua a través de la presencia de tradiciones que encarnan memorias, mitos y valores de épocas pasadas.

Por otro lado, el término nación ha sido sacralizado por el discurso nacionalista, y que es a partir de entonces cuando surge la nación como categoría de asociación humana mítica y eterna. Es así la nación una construcción social, cultural, discursiva y política que se desarrolla en un determinado contexto histórico. De esta forma, los actos de identificación están situados históricamente, por lo que se producen en contextos concretos. Aunque la nación sea concebida como antigua desde el punto de vista étnico e histórico, resulta una construcción reciente, por lo que tiene su origen en la época moderna. Así mismo, una nación es también imaginada, ya que tanto su carga simbólica y emocional, al igual que sus tradiciones, pueden ser parcialmente inventadas.

Con todo esto, podemos definir la nación como: una población humana, que no necesariamente posee un territorio definido, pero que cuenta con un pasado común, instituciones políticas, códigos culturales y representaciones simbólicas compartidas. Por lo tanto, la nación conlleva la existencia de vínculos culturales, sociales y políticos que unen una comunidad en un territorio histórico o no.

La nación trasciende la etnia, a pesar de que la nación esté formada históricamente por una o más, aunque la mayoría de los Estados nación son fruto de la hegemonía alcanzada por una etnia que conformó la nación y el Estado según sus valores y la imagen que tenía de sí misma. Una etnia es una comunidad cultural y lingüística que se define, en gran parte, por sus mitos ancestrales y recuerdos históricos compartidos, que tiene una forma particular de organización social y económica, pero que no posee un territorio histórico y, es una comunidad política no mediada. En efecto, la etnia no posee la legitimidad ideológica y la fuerza política que tiene la nación moderna, ya que el término nación, desde el siglo XVIII, es el único instrumento semántico que transmite el reconocimiento, nacional e internacional, de que es legítimo ser diferente. Es decir, en la Europa occidental desde la época moderna se propaga la idea de nación como algo unitario y hasta universal, pero se espera que cada nación sea diferente de las otras en su sentido cultural.

Por otro lado, ni todo Estado, ni toda organización jurídico‐política, coincide con las etnias y naciones existentes en su seno. De ahí, que la preocupación por la homogeneidad de la nación sea lo que mueve el nacionalismo de Estado a rechazar la existencia de otras naciones, etnias y nacionalismos en su seno. En consecuencia, el concepto de soberanía nacional, formulado a partir del concepto de nación política moderna, acabó por reforzar la idea de que las etnias deben ser relegadas al ámbito de la cultura, y de que sólo existe una nación y un Estado nacional dentro de determinadas fronteras territoriales cuyo poder es políticamente soberano. Por tanto, la soberanía compartida no es aceptada en la lógica de la construcción del Estado nacional moderno, pues el concepto de soberanía es entendido como concentración de poder. En resumen, la nación y el nacionalismo se deben entender a partir del análisis del proceso histórico de formación de los Estados europeos y de cómo las naciones y las identidades nacionales fueron discursivamente construidas e imaginadas a partir de determinados procesos históricos.

Nación y nacionalismo son dos conceptos íntimamente relacionados, en el sentido de que todo nacionalismo parte de la idea de nación. El nacionalismo, así como la nación, no tiene una definición genérica que pueda ser aplicada a la diversidad de naciones y de Estados. Más adecuado sería hablar de nacionalismos. Siguiendo esta lógica, existen los nacionalismos de las naciones sin estado, nacionalismos de los Estados‐nación y nacionalismos de los Estados sin nación. Asimismo, se dan nacionalismos imperialistas, agresivos; nacionalismos de resistencia al dominio exterior, nacionalismos reivindicativos e independentistas. De esta forma, lo que distingue a los nacionalismos no son sólo sus elementos étnico‐culturales y cívico‐políticos, sino también la forma en que se imaginó la nación expresada en el discurso nacionalista. El discurso que tiene protagonistas colectivos que movilizan estas formas de ideología y de movimientos sociales, culturales y políticos.

Si la nación puede tener sus orígenes históricos en la Antigüedad, en la época medieval o en la moderna, el nacionalismo, a su vez, es un fenómeno moderno y contemporáneo, ya que es “una política de masas”. Si el sentimiento de solidaridad y lealtad de grupo existe desde tiempos inmemorables, no se puede afirmar lo mismo del sentimiento y de la conciencia nacional pues, ambos, son esencialmente modernos. A partir de la formación de los Estados nacionales, con la centralización del poder político, se hizo necesario obtener la cohesión social y nacional a través de la homogeneidad cultural y lingüística dentro de un territorio delimitado y soberano. Con la industrialización en el siglo XIX, este proceso se consolida, así como los nacionalismos de Estado y los nacionalismos de naciones sin estado. Así el nacionalismo resulta una respuesta a las demandas de industrialización y modernización del Estado[1].

El nacionalismo puede ser una fuerza política e ideológica que busque formar un Estado propio. Sin embargo, es necesario reconocer que el nacionalismo no se restringe a un sentimiento y a un movimiento político y social de lealtad al Estado, o que el Estado es condición indispensable para la existencia del nacionalismo. Por otro lado, no se puede limitar la nación a una unidad política dotada de un territorio. No obstante, los teóricos modernistas han tratado a las comunidades políticas de base territorial del Occidente moderno como las naciones canónicas, mientras que de hecho no son más que casos especiales de naciones anteriormente étnicas favorecidas por estados fuertes. Es necesario admitir que existen los nacionalismos de las naciones sin Estado, que no son esencialmente étnico‐culturales, sino que son expresiones de la representatividad política y, por tanto, de la voluntad política de la mayoría de sus miembros de decidir el futuro de la nación y del Estado del que forman parte. A su vez, no siempre el nacionalismo reclama, como principio necesario y universal, que naciones y estados hayan de coincidir, pues una nación puede sentirse cómoda dentro de un Estado plurinacional, pluricultural y plurilingüístico.

Cabe considerar que el nacionalismo también puede promover la continuidad lingüístico‐cultural y la reivindicación de instituciones políticas de una nación que forme parte de un Estado, a través de la obtención de un cierto grado de autonomía política y cultural. Así considerado, el nacionalismo puede ser una ideología política con una doctrina cultural en su interior. Puede ser un importante factor de modernización, de cohesión social, de democratización, de civismo y de autodeterminación política. En definitiva, el nacionalismo es un término polisémico que ofrece muchas posibilidades de “construcción” discursiva de naciones y de Estados nacionales y que está directamente relacionado con el contexto histórico, socio‐económico, político y cultural en el cual se desarrolla. No obstante, entenderemos el nacionalismo también como un argumento, un discurso, una forma peculiar y característica de justificar objetivos políticos.

A partir de la definición de nación realizada, el nacionalismo es entendido como una ideología política y una forma discursiva que tiene por objetivo “construir” la idea de nación, a partir de la integración de los elementos objetivos y subjetivos que la constituyen, creando una estrategia cultural y política en cuanto movimiento social y político, para edificarla, reconstruirla, mantenerla y expandirla, expresando la voluntad política de sus miembros de proyectar y construir su futuro, sea a través de un Estado propio o no. El nacionalismo puede tener como meta una mayor autonomía política y la conservación de su identidad lingüístico‐cultural.


[1] En esta línea ver: GELNER, E., Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza, 1983.

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Eduardo Bayón (Gijón, 1986), es consultor en comunicación política, asuntos públicos y estrategia. Candidato a Doctor en Ciencia Política por la UNED; es Graduado en Ciencias Políticas y Administración; con Máster en Derechos Fundamentales; y Licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo. También posee un posgrado de Experto Universitario en Relaciones Institucionales y Protocolo. Así mismo, ha colaborado o colabora con diferentes medios de comunicación, tanto escritos, como radiofónicos.

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