Las palabras y la convivencia democrática

Las palabras son el vehículo de consumación de la existencia. En tanto que ponemos palabra, las realidades —tanto las íntimas como las públicas— toman forma: pensar o sentir pasan por poner palabra. Somos en la medida en que ponemos palabra para, luego, compartirla.

A las palabras les ocurre que pueden transmutar su significado por diversas razones. Y también ocurre que, entre estas razones, hay algunas que son premeditadas: ciertas palabras se pueden vaciar de un significado y llenarse de otros. ¿Cómo podemos entendernos entonces? ¿Cómo podemos pensar lo que decimos si quiera, si ese lugar común, la única verdad establecida a la que podemos acceder objetivamente, se ve trastocada por intereses concretos?

La democracia se basa, también, en palabras. Son el instrumento político por excelencia, ya que el lenguaje es el único lugar común donde cohabitan esa serie de entidades de tan diverso pelaje que somos los seres humanos. Últimamente, por desgracia, esos cimientos se tambalean. Detrás de ello están quienes han vulnerado los significados de palabras tan graves como legitimidad o constitucionalidad. Por supuesto, estas palabras juegan un papel fundamental, pues señalan lo que queda fuera y lo que queda dentro de nuestra democracia. Por eso, para que una democracia sea saludable, es fundamental que nadie califique —y menos a sabiendas de que miente, con premeditación y alevosía— lo perfectamente legítimo de ilegítimo simplemente porque no le guste. En este sentido, la manipulación del lenguaje constituye la manipulación de la democracia misma, consumada en la desinformación premeditada del ciudadano.

Tampoco debería apropiarse nadie de la Constitución, la monarquía o la bandera, instituciones y símbolos comunes que representan por definición a todos los españoles. De lo contrario, podría parecer que los “constitucionalistas”, en el fondo, no lo son tanto (sabrían, si no, que la soberanía nacional reside en los españoles: no en unos españoles, ni en los mejores españoles y, ni siquiera, en los que se sienten españoles).

Están también quienes han tachado de traidores a todos aquellos que no piensan igual que ellos, los que han caído en la descalificación, los que han alimentado la crispación con el único fin de dinamitar una investidura respaldada por una mayoría parlamentaria. No digamos ya los que han llamado abiertamente al transfuguismo. Se trata de un espectáculo difícilmente tolerable para el ciudadano, que espera del político en su gran mayoría soluciones, propuestas y diálogo dentro de los marcos que hemos establecido, y no una llamada obscena al odio y a la violación de las pocas garantías que tenemos.

Todas estas prácticas suponen, no solo un desprecio tácito a los procedimientos, las instituciones y las formas —incluidas las palabras— que sostienen un sistema democrático, sino que delatan —en tanto que desdeñan la convivencia— una concepción del país como una propiedad privada, inaceptable para alguien que aspire a regir los asuntos públicos. Todo esto consuma la perversión de una palabra más: política

 En su último libro, Las palabras rotas, Luis García Montero —que reflexiona precisamente sobre el valor de las palabras y la necesidad de que algunas recobren su significado— declara sobre la política: “Las formas, los procedimientos, las instituciones son un modo de reconocer al otro, una experiencia democrática a la hora de admitir que la nación es un lugar compartido”. Así, escribe, “el desprecio a la convivencia se apodera del interior de las instituciones democráticas y deja a la política sin su razón de ser”.

Son muchas las voces que se alzan estos días argumentando que estas prácticas —la crispación, el enfrentamiento y el cuanto peor mejor— motivan que nada de lo que se diga o haga en este ámbito tenga un sentido real. De esa tónica, de reducir la política al enfrentamiento, al ejercicio del poder a toda costa, de hacerla irrespirable (e ineficaz), ha bebido el populismo ultra de Vox. Desplazar el lenguaje hacia los límites de la convivencia democrática supone jugar con sus reglas, facilitarles la victoria.

Existe, además, una paradoja aquí: el PP está, desde que entró en el juego de la ultraderecha, entre la espada y la pared. De abandonar ese lenguaje, el monstruo que ha alimentado a base de palabras, perdería el pulso a corto plazo por la capitalización del conflicto (virtual) generado y pasaría a ser la ‘derecha cobarde’ (otro término indeseable, por cierto). Si lo mantiene —y parece ser que esa es la apuesta— se puede ver devorado a la larga. La estrategia de Casado se ha cobrado, por el momento, una de las pocas voces razonables del PP en los últimos años, la de Borja Sémper. Muchos deben —y, si no, deberían— sentirse huérfanos tras su marcha.

La pregunta es, en mi opinión, si “los que creen que no deben responsabilizarse de lo que dicen”, en palabras de Luis García Montero, pueden ser llamados demócratas con todas las letras. Esta máxima, por supuesto, no es solo aplicable a la derecha, aunque los acontecimientos de los últimos días ponen el foco, más que nunca, en un modo de hacer y decir que delata una escasa vocación democrática. Inventamos la política para no hacer la guerra. Quienes llevan la guerra a la política y, con ella, al ágora, no deberían ostentar ningún tipo de responsabilidad pública.

Este tiempo exige lo mejor de nosotros. A todos nos corresponde reflexionar sobre la propiedad de nuestros actos y de nuestras palabras, sobre el significado profundo de muchas de ellas, como política. Es esta una oportunidad de desmarcarse, de no caer en el enfrentamiento, de no perpetuar la perversión de las palabras que sustentan la convivencia cívica, de ahondar en el sentido profundo de la democracia, de dignificar el arte de la política y de tratar de convencer enamorando, haciendo una política que trascienda la dimensión pública para inspirar en lo íntimo. Para ello, nuestras grandes aliadas serán —lo fueron ayer y lo serán siempre— las palabras.

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Alberto Perdomo

Alberto Perdomo de la Hoz (Lanzarote, 1994) es graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y Máster en Comunicación Corporativa e Institucional por la Universidad Carlos III de Madrid. Interesado en comunicación política y en la profundización sobre la democracia y sus implicaciones. Ha publicado artículos de análisis y opinión en diversos medios digitales.

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