Putin: entre Pedro el Grande y el Gatopardo

En una de las primeras entrevistas que Vladimir Putin concedió a periodistas occidentales, fue preguntado sobre qué líder mundial le inspiraba. Su respuesta fue Pedro el Grande. Apostilló que, a pesar de llevar muerto desde 1725, seguiría vivo mientras su causa siguiese vigente. Desde su victoria electoral en marzo del 2000, Putin ha sabido leer como nadie el sentimiento popular ruso, explotando una narrativa nacionalista y romántica basada en el culto al liderazgo singular de Putin al frente de la Gran Madre Patria, manteniendo así vigente la causa de Pedro el Grande. Putin tuvo la perspicacia de rehabilitar a los servicios de inteligencia para dotarse de un círculo de hombres fuertes en el ‘siloviki’, provenientes de los servicios de seguridad, que facilitaron la expulsión de la influyente oligarquía judía que se había hecho con el patrimonio material de la Unión Soviética, y la sustituyeron por una oligarquía propia, que lleva desde entonces las riendas de Rusia con mano de hierro.

El éxito de las estructuras de poder creadas por Putin lo prueba el apoyo que aún recibe por parte de los jóvenes rusos, quienes solo han conocido la Rusia postsoviética bajo el dominio de Putin, y que han comprado su retórica de grandeza global que articula la política de afirmación nacional característica de su acción política. Esto le permite seguir proyectando internamente su imagen del hombre fuerte que personifica el interés nacional ruso, y así permanecer en el poder para seguir al frente de la nueva ‘nomenklatura’ oligárquica, cambiándolo ahora todo para que todo siga igual.

En el actual sistema político de Rusia, el poder político se concentra en la Presidencia, mientras que la Duma no es tanto un órgano colegiado como un instrumento para canalizar los conflictos interministeriales. Estas claves nos permiten entender las motivaciones detrás de las recientes reformas constitucionales propuestas por Vladimir Putin para transformar el régimen político de Rusia y permitirle prolongar indefinidamente su control real del poder, una vez que su cuarto mandato presidencial finalice en 2024, mediante enmiendas constitucionales que fortalecerían efectivamente los poderes del primer ministro y el Parlamento a expensas de la Presidencia. Esto debilitaría el poder de su sucesor, ya que, al apostar por la preeminencia del Consejo de Estado -hasta ahora, un florero institucional que posiblemente termine presidiendo Putin- y un Parlamento reforzado, Putin sienta las bases para que las oligarquías rusas sigan teniendo influencia a través de él, gracias a que el futuro presidente verá sensiblemente erosionada su capacidad discrecional de nombramiento de ministros.

La dimisión en bloque del hasta entonces primer ministro Dimitri Medvedev, junto al resto del Gobierno ruso, despeja el camino para estas reformas, que serán implementadas por el ignoto tecnócrata de 53 años Mijail Mishustin, quien resultó cómodamente confirmado como primer ministro por el Parlamento ruso, sin que al parecer haya estado en la cocina de la crisis de Gobierno. Mishustin ostenta una sólida reputación como gestor, desarrollada al frente del Servicio de Impuestos Federales, donde reformó con éxito el sistema fiscal, consiguiendo un aumento sustancial de la recaudación gracias a la informatización de la agencia tributaria rusa. Posteriormente, dirigió la Agencia de Administración de la Propiedad y de las Zonas Económicas Especiales. Pasó al sector privado en 2008 como presidente de UFG Asset Management, un importante fondo de inversiones ruso.

Mishustin es, por lo tanto, alguien que conoce en profundidad todas las facetas del sistema ruso, tanto el siloviki como la plutocracia, así como las reglas de juego propias de los corrillos políticos, y carece de enemigos frontales. Significativamente, Ramzan Kadyrov, presidente de la República de Chechenia, alabó públicamente la designación de Mijail Mishustin por Vladimir Putin, al tiempo que criticaba al Gobierno saliente. Kadyrov, que nunca ha ocultado sus críticas a la política rusa en el Medio Oriente -y que adujo problemas de salud para dejar temporalmente su cargo, cuando dimitía Medvedev- es uno de los nombres que suenan para asumir altas responsabilidades en el gabinete de Mishustin. De confirmarse, parece probable que los cambios llevados a cabo en 2018 en el Cuerpo Diplomático ruso para el Medio Oriente, y los ajustes en la cadena de mando militar que tuvieron lugar en Siria en 2019, sean el preludio de un reajuste de mayor calado en la presencia rusa en la región. Aunque habrá que estar atentos al sustituto de Sergei Lavrov en la cartera de exteriores (para la que se barajan los nombres de Sergei Ryabkov, bien conectado en EEUU, y de Alexander Grushko, actual representante en la UE, ambos miembros del equipo de Lavrov), es esperable una transición continuista, que seguirá causando fricciones con la Unión Europea en la región oriental del Mediterráneo.

No cabe negarle a Putin que sea un buen émulo de la sagacidad y audacia que caracterizaron a su admirado Pedro el Grande, haciendo de la necesidad virtud al precipitar una crisis de Gobierno que sirve como paraguas para cambios constitucionales importantes, precisamente cuando el leal Medvedev se estaba convirtiendo en una rémora para Putin, debido a las acusaciones de corrupción sistémica, el rechazo popular a la reforma de las pensiones y la percepción generalizada de incompetencia política. Putin ha preferido adelantarse a los acontecimientos, dándole la vuelta al partido antes de las elecciones de 2021, que Rusia Unida, el partido de Medvedev, tenía difícil ganar después de cinco años consecutivos de pérdida de poder adquisitivo y estancamiento económico. Con este gambito, Putin apuesta por que su poder no quede difuminado más allá de 2024 y le brinda al flamante primer ministro Mijail Mishustin la iniciativa política, personificando la regeneración de las instituciones, la descentralización, la lucha contra la corrupción y la recuperación económica.


Artículo de Santiago Mondéjar para Atalayar.com

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