Aprendizajes de una crisis: otra globalización es posible

Globalización Coronavirus

Según la primera acepción del DRAE, la palabra crisis designa “un cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. Así, cabe esperar que acompañe a toda crisis una oportunidad de cambio, o al menos de reflexión sobre la forma en que habitamos el mundo. Por supuesto, como todas las oportunidades, podemos aprovecharlas o dejarlas ir, como hemos hecho con tantas otras. Su aprovechamiento requerirá, a su vez, de que nos planteemos las circunstancias en los términos adecuados.

Humildemente, considero que, si algo trae en claro esta crisis que vivimos, es nuestra lectura, parcial e incompleta, de la globalización. Fue mi admirada maestra y amiga, Grazia Baroni, quien me descubrió hace años una lectura alternativa sobre un proceso de globalización que leemos en términos económicos, comerciales y financieros, pero no culturales. De hecho, se ha venido leyendo ampliamente la globalización como un proceso de “financiarización” de la economía, algo que no ha hecho sino alejar la economía de la economía real.

Según decía Baroni en un artículo que tuve el placer de traducir del italiano hace unos años, la lectura exclusiva de la globalización en estos términos —que coincide con el apogeo de la doctrina neoliberal y la ósmosis del pensamiento economicista a todos los lenguajes y dimensiones humanas— “reduce a una sola dimensión, la de la mercancía, toda expresión humana, hasta deformar las estructuras sociales, desde las más evolucionadas y democráticas hasta aquellas menos justas y desequilibradas en la distribución de bienes y servicios”.

Grazia planteaba en aquellas líneas que la globalización supone, en cambio, la superación de los parámetros de tiempo y espacio que siempre han regido el mundo, gracias a los avances tecnológicos de la cuarta revolución industrial. Con ello, la realidad nos ha sido desvelada por primera vez en toda su complejidad, por lo que es necesario para interpretarla de una clave de lectura —valga la redundancia— compleja. Por otro lado, el hecho de que todo esto ocurra sin que seamos conscientes de lo que supone nos hace continuar leyendo el mundo con viejas claves, lineales por definición. Consecuencia de ello es, por ejemplo, que actuemos individualmente ante desafíos que requieren, a todas luces, de respuestas colectivas. Esto ocurre, además, a todos los niveles. Y en esas estamos.

La paradoja de lo real

El hecho de que la respuesta política a esta crisis haya llegado tarde y caóticamente en tantos casos pone de manifiesto nuestra incapacidad (o nuestra falta de costumbre) para asumir que vivimos en un mundo interconectado. Vivimos con naturalidad muchos aspectos de la globalización, pero no la hemos asumido culturalmente. Y de que lo hagamos puede depender nuestro futuro. La clave está, para mí, en algo que Santiago Alba Rico dijo en los primeros días de confinamiento:

Esta sensación de irrealidad se debe al hecho de que por primera vez nos está ocurriendo algo real. Es decir, nos está ocurriendo algo a todos juntos y al mismo tiempo. Aprovechemos la oportunidad

A mi modo de ver, esta crisis pone en evidencia la verdadera dimensión de la globalización: nos da una oportunidad de sentir todos a una para experimentar que somos un solo mundo, una sola especie que habita un planeta pequeño y frágil, como nosotros. Que nuestra lectura de la globalización es parcial lo demuestra el hecho de que hablemos de desglobalización para designar la contracción de los mercados y el repliegue sobre los estados ante la falta de respuestas multilaterales, cuando, paradójicamente, tenemos ante nosotros una oportunidad inédita de vivirnos como una sola especie ante un desafío común y la colaboración a todos los niveles se presenta como un mecanismo imprescindible para superar esta situación.

Es frustrante ver, sin embargo, cómo algunos países europeos entierran la cabeza en su propio ombligo, esgrimiendo cualquier excusa para justificar su insolidaridad y negando una ayuda de la que depende que el proyecto europeo no se desvanezca como realidad política, sin apreciar que esta ola, unida a las nuevas configuraciones geopolíticas que coincidirán con una Unión Europea más debilitada que nunca, se los llevará también a ellos por delante. Es curioso, además, apreciar que ese mismo debate sobre la solidaridad y un contrato social renovado es aplicable a todos los niveles, tanto dentro de España como a nivel global. ¿No es acaso la solidaridad la clave para evitar la fragmentación de los territorios, de las sociedades, de los individuos?

La parte positiva de esta situación —que la hay es que ha obligado a la política y a la dinámica económica a salir de su fantasía para acompañar el paso de la realidad humana más primordial.

La consecuencia de continuar profundizando en la desigualdad, de alimentar la dinámica individualista, de legitimar durante años prácticas que contradicen todos los principios razonables sobre el bien común bajo pretextos de todo tipo, ha sido el resurgir de los nacionalismos que pusieron en jaque a la humanidad —y a Europa en particular— no hace tanto. Igualmente, los populismos capitalizan hoy el desencanto derivado de este sin sentido, demostrándonos que no es posible bajarse del mundo, como decía Mafalda, pero sí de la realidad.

Estos movimientos se caracterizan, precisamente, por negar deliberadamente la complejidad que nos ha sido revelada gracias a la revolución cognitiva que inaugura la globalización, ofreciendo relatos y respuestas tan simples como equivocados. Ese voluntarismo que se obceca en negar la realidad pone en jaque nuestras democracias y en duda nuestros avances científicos y, con ellos, lo poco —y, a su vez, lo mucho— de positivo que hemos alcanzado en milenios.

En este contexto de sociedades cada vez más desiguales, acentuado por la incapacidad de la política para ejercer el papel para el que fue concebida y el debilitamiento de las instituciones democráticas que sirven de contrapeso a los poderes económicos, crece cada vez más la base social de este tipo de movimientos. ¿Cómo podemos hacer frente, en estas circunstancias, a los desafíos que se nos presentan y de los que depende, en última instancia, nuestra existencia? Hace apenas un siglo, no teníamos ni problemas tan complejos ni los instrumentos para solucionarlos. Un avance tan vertiginoso como falto de anclaje en la reflexión sobre el bien común nos ha traído, también, la posibilidad real de desaparecer.

¿Seremos capaces de combatir la amenaza de nuestra desaparición como especie con las mismas políticas y la misma mirada que ­nos han llevado hasta esa posibilidad?

Aunque, quizás, los más privilegiados no lo vean o incluso se beneficien momentáneamente de esta situación, se aprecia claramente que el precio de no avanzar en grupo es una dinámica de retroceso terrible que lo amenaza todo. Con todo ello, ¿de qué les sirve a los más ricos su fortuna en un mundo en llamas? Es más, ¿de qué les sirve, a secas, su fortuna? ¿Qué es la riqueza? De la ceguera de muchos para plantearse esas preguntas, de la ceguera de casi todos para dar sentido a nuestra vida, de creernos algunas mentiras muy elaboradas, derivan casi todos nuestros males.

Todas estas cuestiones nos devuelven a las cuestiones morales fundamentales de la humanidad, en un contexto que ha sacrificado la filosofía y el pensamiento crítico (al igual que la sanidad pública) en pro del dogma neoliberal de la productividad, arrebatándonos todas las herramientas que tenemos para hacer frente a una situación así. La parte positiva de esta situación —que la hay— es que ha obligado a la política y a la dinámica económica a salir de su fantasía para acompañar el paso de la realidad humana más primordial.

Más de lo mismo o nuevas respuestas

Todo esto bien puede remitir a otra crisis que nos obliga a plantearnos, exactamente, las mismas cuestiones, aunque con menos escenarios positivos: el coronavirus es un ensayo del cataclismo climático. Se trata de la crisis definitiva que nos pone ante las narices la consecuencia última de la globalización: que somos una sola especie, la humana, con una casa común y desafíos comunes, y que nuestro futuro depende de actuar en consecuencia a ese nuevo paradigma.

El dilema salta a la vista: ¿Seremos capaces de combatir la amenaza de nuestra desaparición con las mismas políticas y la misma mirada que ­nos han llevado hasta esa posibilidad? La respuesta parece evidente. Y temo verdaderamente, como muchos, que no reaccionemos hasta que sea demasiado tarde.

Con un solo clic en la profundidad de la cultura humana, asumiendo que esta situación nos obliga a cambiar el paradigma de la competición por el de la colaboración, el relato podría ser bien distinto: en la otra cara de la moneda, hay una humanidad que cuenta hoy, por primera vez en su historia, con los instrumentos y el conocimiento necesarios para hacer realidad nuestras utopías más irrealizables. Bajo esa óptica, la elección parece incluso sencilla, pero hay que hacerla.


Dedico este artículo cariñosamente a Grazia Baroni, que me abrió las puertas, con su lucidez genuina, a comprender la complejidad del mundo que habitamos; y a Angela Volpini porque, sin en el ejemplo de su vida y su palabra, no me habitaría la esperanza.

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Alberto Perdomo

Alberto Perdomo de la Hoz (Lanzarote, 1994) es graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca y Máster en Comunicación Corporativa e Institucional por la Universidad Carlos III de Madrid. Interesado en comunicación política y en la profundización sobre la democracia y sus implicaciones. Ha publicado artículos de análisis y opinión en diversos medios digitales.

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