Ruth Bader Ginsburg: una oda jurídica a la igualdad de género

¿Cómo describir qué supone la igualdad de género en el sistema jurídico para las mujeres que aún nos seguimos viendo discriminadas jurídicamente en nuestros países de origen? No encuentro aún la forma de comunicar las ansias de libertad y de justicia que nacen en mujeres como yo todos los días.

Leer sobre Ruth Bader Ginsburg transporta a esa posibilidad de reinventar los conceptos de igualdad, de qué implica ser mujer en un mundo hecho para hombres y, sobre todo, en la importancia de abrir camino para las siguientes generaciones.

Ruth fue abogada y jueza, y aunque su partida es triste para la igualdad de género defendida en los tribunales, no me cabe en las fuerzas de conquistar terreno en esta misma materia todo el trabajo que esta mujer nos ha legado, dejándose a sí misma en el intento de darle dignidad y derechos a las mujeres, consiguiéndolo finalmente, transformando la historia a ambos lados del juzgado. La joven que empezó a trabajar en la Universidad de profesora tras ser rechazada por todos los despachos de Nueva York, la segunda alumna femenina de su clase de 500 hombres en Harvard, reinventó los conceptos de justicia, igualdad y derechos en cuanto a la discriminación sexual, y a ella le deben todo todas las mujeres que hoy gozan de su posición legal en Estados Unidos.

Defendió la posibilidad de entrada de las mujeres a las academias militares para las que se las consideraba demasiado vulnerables, el cobro de alquiler por parte de las mujeres de la Armada que estaban legalmente discriminadas porque el alquiler se consideraba responsabilidad de los hombres, adjetivando a las mujeres de “dependientes” irremediables, así como la diferencia salarial entre hombres y mujeres de hasta el 40%.

Ruth reinventó el camino hacia la libertad, los derechos civiles y la no discriminación por sexo. Hizo de cada una de sus causas, que para cualquier abogado hubieran pasado desapercibidas , un argumento funcional en la defensa de la igualdad de hombres y mujeres, y su partida nos deja una gran frase: “No pido un favor por mi sexo, pido que mis hermanos nos quiten el pie del cuello”, aludiendo a la superioridad masculina tan propia de sus tiempos, la misma por la que su primer día de universidad en Harvard en 1953 le preguntaron ¿por qué ocupa la plaza que podría ser para un estudiante hombre?.

Ruth, como todas las mujeres que cambian el mundo, amaba su trabajo, era una apasionada del Derecho y siempre quiso ser una parte activa del mismo, siendo consciente de la lucha tan larga que les quedaba a las mujeres estadounidenses; sin embargo, sembrando precedentes que cambiaron el rumbo del Derecho en EEUU, pronunciándose abiertamente sobre el apoyo al aborto; para ella, “si el Estado asume el poder sobre los cuerpos de las mujeres, también lo hace sobre sus vidas profesionales”.

Pese a que como bien ella explicó a lo largo de su vida, ser mujer era un impedimento para ejercer como abogada, eso no fue así en su vida personal. Compartió 56 años de matrimonio con su marido Marty, un exitoso abogado de Nueva York, que no solo admiraba e impulsaba su carrera, considerándola un hito en el Derecho, sino que decidió renunciar a su trabajo en Nueva York, cuando en 1993 Ruth fue nombrada jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos, porque consideraba más importante la labor de su esposa.

Ginsburg brillaba por su arduo trabajo hasta altas horas de la madrugada y por la definición familiar de “dad is the cooker and mum the thinker”.

Ginsburg defendió casos en la década de los años 70 en los que demostró, en defensa y a favor de varios hombres también, que la discriminación sexual de las leyes afectaba negativamente a hombres y a mujeres por igual, negándole la pensión de ayuda a “padres solteros”, denunciando a “hijos cuidadores” a Hacienda por descontarse los horarios de cuidado a una madre, entre otros muchos casos. El claro ejemplo de que los hombres habían sido también educados en una sociedad en la que debían disculparse por cumplir el papel que “naturalmente” según  la misma correspondía a las mujeres, y encima eran castigados por la ley cuando no procedían a actuar como tal.

Ginsburg, sin renunciar a su feminidad, a su intrépida timidez y enorme sabiduría, se convirtió en una figura pop con sus “opiniones discrepantes” en la emisión de sentencias, que hoy conocen y admiran los jóvenes, y que es sin duda el claro ejemplo de una defensora incansable de los derechos civiles, desde su edad más joven como abogada y profesora de Derecho y Género, hasta los último de los 27 años en el Tribunal Supremo, en el que no solo fue la jueza liberal, la jueza feminista, la jueza discordante, si no la jueza histórica.

La que cambió el destino jurídico de las mujeres americanas. La que no tuvo miedo a enfrentarse a quienes perpetuaban el sistema de discriminación. La que supo reinventar el concepto de justicia en pos de la igualdad de género.

Ser mujer no fue una bendición, sino una condena que una toga le alivió.

Para siempre Ruth Bader Ginsburg, eterna en la jurisprudencia americana, la historia del derecho y el feminismo.


Artículo de Noor Ammar Lamarty para Atalayar.

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