«Invitadas» y la temporalidad injusta

El otro día estuve en la exposición «Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833–1931)», una muestra que tiene como objetivo mostrar las jerarquías de poder y de género en la España del siglo XIX y XX. «Invitadas», textualmente desde la web del Prado, busca «ofrecer una reflexión sobre el modo en el que los poderes establecidos defendieron y propagaron el papel de la mujer en la sociedad a través de las artes visuales».

Una exposición dura y necesaria que pretende hacer un doble hueco, tanto a la visión machista de los hombres hacia las mujeres, como al papel que las mismas cumplían en la sociedad de los primeros. Una exhibición compuesta por dos estímulos repartidos en sus 17 secciones: incomodar al espectador(a) con la representación femenina por el hombre y demostrar la autonomía y calidad pictórica de la mujer.

Sin embargo, «Invitadas» es a la par extremadamente contradictoria, pues este doble hueco, esta doble función (manifestar el papel precario de la mujer y, no obstante, la enorme calidad de la misma), adolece de la temporalidad. Esta exposición, situada entre las paredes del museo más importante de España, dejará de estar disponible a mediados de marzo. La intencionalidad (buena y valiente) es temporal. El objetivo y la pretensión de visibilizar el papel de la mujer en la pintura morirá en unos meses. Mientras recorría sus secciones no dejaba de preguntarme que si la voluntad es sincera, ¿por qué no hacer un hueco a estas pintoras entre las salas permanentes del Prado?

La bestia humana, de Antonio Fillol (1897).

Y a pesar de ello, «Invitadas» es imprescindible. En «La bestia humana» de Antonio Fillol podemos ver, al igual que en la novela del mismo nombre de Zola, la misoginia, la prostitución y sus consecuencias en la figura de una joven mujer. No sabemos si ha pasado o va a ocurrir. Tampoco importa. La degradación ya ha tenido lugar. De Fillol hay varias obras, ninguna expuesta de forma permanente en el Prado, pues este era un «pintor inmoral», que en palabras modernas consiste en representar la hipocresía social y moral de la España de la época. Como en «El sátiro», donde una niña ha sido abusada sexualmente y, como si esto no fuera suficiente para ella, un alguacil le obliga, delante de todo el mundo, a desvelar a su agresor. Un doble castigo.

Pero la exposición es más sórdida cuanto más salas avanza. Niñas (no jóvenes mujeres, niñas) sexualizadas como en las obras de Pedro Sáenz, una sumisión constante a los hombres como muestran Sandor Gestelner y Plácido Francés, un señalamiento al descarrilamiento moral de la mujer por amar o actuar libremente, como Luis García Sampedro o en la impresionante «La rebelde», también de Antonio Fillol. O incluso la esclavitud de la mujer mostrada por José Jiménez y Antonio María Fabrés.

«¡Perdonar nos manda Dios!», de Luis García Sampedro (1895).

Pero luego llega el turno de la mujer (después del hombre, para más inri), y vemos los retratos y las copias de los grandes autores, las reproducciones de prendas de vestir y los bodegones. Como no podía ser de otra forma, solo en el siglo XX los hombres empezaron a dejar a las mujeres pintar con cierta libertad. Solo a partir del siglo XX las mujeres pudieron empezar a asomar sus manos en los premios de pintura. No era por falta de calidad técnica, como lo atestigua «Marina» de Flora López o «Paso de una procesión por el claustro de San Juan de los Reyes» de Elena Brockman. O cualquier obra de MaRo (María Roësset Mosquera). La razón era más simple, no había cabida para más sensibilidad y visión que la masculinizada. Las mujeres no debían pintar, debían auxiliar al hombre, como en la extraordinaria «Las doce» de Cecilio Pla y Gallardo.

«Marina», de Flora López Castrillo (1912).

Por supuesto, las exposiciones de la época censuraban las obras que mostraban las vergüenzas y degradaciones de los hombres hacia las mujeres, pero nunca las que se infiltraban en los cabarets y prostíbulos de la España de la época. Porque los hombres podían permitir que la sociedad les viera como unos «granujas» que pagaban por mujeres, pero no como unas bestias que abusaban de ellas. El espejo convexo, nunca cóncavo. «Invitadas» se queda en un intento. Necesario y potente, pero en un intento. En marzo la exposición dejará de estar disponible y la mujer, sus obras y sus injusticias, volverán a estar ocultas o en última fila de visibilidad. Yo me quedo con las Memorias de Emilia Pardo Bazán:

Solo aspiro a gozar de la libertad…

no para abusar de ella en cuestiones de amorucos…

sino para interpretarme, para ver de lo que soy capaz,

para completar en lo posible mi educación,

para atesorar experiencias,

para… en fin… ser alguien;

una persona, un ser humano en el pleno goce de sí mismo.

«Paso de una procesión por el claustro de San Juan de los Reyes», de Elena Brockmann de Llanos (1892).
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Daniel V. Guisado

Daniel V. Guisado. Politólogo. Máster en Análisis Político y Electoral por la UC3M y Máster Paz, Seguridad y Defensa por la UNED.

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