Elena Cañizares y Twitter: historia de una bola de nieve en la red, cuando todo vale

La edad virtual ha roto con las formas de interacción social tradicionales para dar lugar a nuevos espacios que obligan a las sociedades a modificar sus formas de comunicarse. Esto tiene una incidencia indirecta sobre el lenguaje, lo cual nos obliga a adaptar nuestra forma de relacionarnos, tanto con el entorno como con los individuos que conforman la sociedad, si no queremos quedarnos obsoletos y perdernos una parte de la realidad. Estas nuevas formas de interacción dan pie a enfrentarnos a las nuevas dinámicas que se dan en las redes, a las nuevas problemáticas derivadas de aquellas, o lo que es lo mismo, a nuevas bolas de nieve.

El caso más reciente y a su vez el que quizá más repercusión social y mediática haya tenido en los últimos meses, además de ser el que mejor refleja estos procesos de viralización en las redes y estas nuevas lógicas del mundo virtual, es sin lugar a dudas el de Elena Cañizares. La historia de la bola de nieve comienza con una conversación por un grupo de WhatsApp entre cuatro compañeras de piso, donde una de ellas cuenta a sus compañeras que ha dado positivo en su PCR y que, ante la imposibilidad de volver a su hogar familiar por pertenecer sus padres a un grupo de riesgo tiene intención de quedarse en el piso compartido de alquiler. Sus compañeras, espantadas, haciendo gala del individualismo más exacerbado, muestran su total disconformidad a convivir con ella.

Esta discusión que podríamos percibir como un roce más de la vida cotidiana y que en unas circunstancias normales seguramente hubiera acabado resolviéndose internamente sin mayor problemática, es publicada en redes sociales, concretamente en Twitter, a modo de denuncia social. Haciendo alusión a esto, matizar que la búsqueda de la aprobación y el respaldo de los comunes a la víctima consiste en un mecanismo sociológico y psicológico que hace que ante una situación considerada injusta compartamos con nuestros círculos sociales nuestros sentires esperando encontrar apoyo por parte de estos, en este caso, un apoyo basado en la crítica a la adversidad, concretamente a la situación injusta provocada por las compañeras de piso.

Ocurre que la discusión una vez colgada en una red social abierta cambia totalmente de paradigma, no siendo ya su carácter privado sino público, con la consiguiente pérdida del anonimato de todas las partes implicadas que, unido al factor multiplicador de la viralización, da lugar a la total sobreexposición de las partes. La “sociedad tuitera”, por su parte, se divide entre quienes, por un lado, acuden a la publicación por curiosidad al ver su alto alcance ya que llegó a ser Trendig Topic (TT) durante buena parte del día, actuando de espectadores pasivos mientras, por otro lado, están quienes reaccionan de forma simpática a la publicación, en muchos casos participando en el proceso de viralización ya fuera mediante la memetización o por la ridiculización y el linchamiento a las implicadas, mostrando en todo momento sus buenas pretensiones en apoyo y posicionamiento a favor de la víctima.

La bola de nieve sigue creciendo y las que en un principio eran cazadoras se convierten en presas, se produce un intercambio de papeles provocado por el cambio de escenario privado/público y acompañado de un brutal linchamiento por parte de la comunidad virtual hacia las jóvenes, llegando la sobreexposición y la confusión a tales magnitudes que desemboca en el acoso a perfiles totalmente ajenos al conflicto.

Esta nueva lógica de la humillación, el linchamiento y la persecución a todo aquello que el ethos de las redes sociales sentencia como “lo maligno” muestra ciertas similitudes con los castigos de vergüenza pública en los que se paseaban a los reos por las calles de los pueblos o las exposiciones de estos públicamente en las plazas, donde recibían todo tipo de vejaciones por parte de sus convivientes. Si planteáramos esto en nuestras sociedades digitales actuales, probablemente la mayoría veríamos estos actos como hechos anticuados y vejatorios para quien los padece, los definiríamos como comportamientos alejados de las posturas democráticas de nuestras sociedades avanzadas. Sin embargo, pese a que es cierto que esto ya no es así, se conservan algunas pautas que siguen el patrón del escarnio público; ahora las calles y las plazas son las redes, el mal es identificado y señalado, ya no por el pueblo en su entorno material sino por la comunidad virtual; el rechazo a lo maligno no se expresa hoy por malos gestos o lanzando alimentos en mal estado sino por memes, insultos en los perfiles virtuales, hashtags, etc.

Nuevos espacios de interacción social dan lugar a nuevas formas de escarnio público, y es que si algo ha preocupado desde el ámbito de la ciberseguridad es la despersonalización del mundo virtual, el ocultamiento bajo el perfil sin tener en cuenta el aspecto humano (con lo que ello implica) que se esconde tras este, ¿Quién está preparado para asumir la viralización negativa de un día para otro con la presión de tener a la comunidad tuitera y a la opinión pública en contra?

Hasta ahora habíamos visto como la cultura de la cancelación se había cebado sobre todo tipo de personajes de la esfera pública desde celebridades hasta políticos, pero nunca o al menos nunca de forma tan agresiva y en tan corto espacio temporal, esta cultura de la cancelación había activado sus mecanismos para actuar sobre individuos anónimos hasta el momento de hacerse pública la conversación. Peligroso, más aún si tenemos en cuenta que aproximadamente más de un tercio de los usuarios de Twitter se encuentran en la franja de edad que va de los 13 a los 24 años. Doblemente peligroso si aceptamos convertir en norma la externalización de problemas de naturaleza cotidiana con tal de buscar la aprobación del común a cambio de poner en riesgo la privacidad y el derecho al honor de quienes por cualesquiera que fueran los motivos, pudieran estar confrontados con nuestras posturas, ya sea una disputa más o menos justificada. Todo esto bajo la máxima de que la forma de comportarnos y comunicarnos que adoptamos muchas veces está condicionada por elementos extralingüísticos y actitudes que se ajustan en función del medio, el interlocutor, el ámbito donde se desarrolle la comunicación o el carácter, entre otros.

Este crecimiento de la bola de nieve paralelo a la difusión masiva de la publicación no tardó en atraer a medios de comunicación de todos los colores que movidos por el afán de la búsqueda del sensacionalismo se lanzaron a establecer conexiones en directo con la protagonista, entrevistas e incluso invitaciones al plató. Este amarillismo periodístico unido a la praxis cada vez más extendida de transmitir la realidad mediante un enfoque centrado en los acontecimientos de una dimensión minúscula respecto a la realidad donde se desarrollan, copando espacios informativos noticias con poca o ninguna transcendencia social, como muestra este caso.

En estos procesos de expansión en red, como no podía ser de otra manera, muchas empresas y marcas no pueden desaprovechar la oportunidad de colaborar en el crecimiento de la bola y encontrar el momento ideal para sacar su cara más «social-frienddly». Lo importante en estos momentos es hacer acto de presencia y dejarse ver, añadiendo comentarios de compasión y apoyo en el perfil de la protagonista, mostrando a la sociedad la cara más humana y empática de las grandes corporaciones, pero solo en apariencia, ya que esta estrategia lleva implícita pura perversión empresarial bajo el deseo de estar presentes en todo lo que huela a viralidad y pueda proporcionarles su porción de exposición pública. Este fenómeno de la búsqueda de «el rédito de lo viral» no es más que una estrategia de marketing llevada a cabo por los Community Manager de algunas empresas para sacar rentabilidad, mediante publicidad gratuita, a todo lo que ocurra que pueda tener cierta repercusión social. Esta dinámica responde a la vieja aunque nunca prescrita ley sobre la omnipresencia del capital, el cual se encuentra en todas partes donde sea posible extraer beneficio. No cabe duda de que, si el hilo de Twitter no se hubiera viralizado, ninguna empresa hubiera mostrado la más mínima preocupación por la joven.

Todo este espectáculo de creación y desarrollo de bolas de nieve del que la sociedad es espectador y actor a la par, tiene cierto tinte paradójico que invita a reflexionar sobre hasta qué punto el hacer viral un hecho de carácter privado puede tener el efecto adverso al que pretendemos. No cabe duda que, con buena fe, en este caso gran parte de los que vieron el hilo de la discusión no dudaron en dar difusión a lo que podría considerarse una injusticia o al menos un comportamiento moralmente poco ortodoxo, en apoyo a la joven. Sin embargo, la sobredimensión del conflicto en menos de 24 horas, su respectiva viralización y el consiguiente acoso a las compañeras de piso, es posible que en el caso de que finalmente se resolviera por vía judicial, todo este apoyo «solidario» en apariencia pudiera perjudicar a la joven al existir nexo de causalidad entre la publicación de las conversaciones y el posterior linchamiento recibido con el consiguiente perjuicio ocasionado a las jóvenes.

Desde otra perspectiva, las consecuencias sociales y psicológicas derivadas de la presión social y mediática de lo viral no serán menores, más aún si tenemos en consideración la amplitud del fenómeno y el insignificante espacio temporal en el que se ha desarrollado. ¿Qué responsabilidad tenemos como sociedad sobre las consecuencias de convertir la cotidianidad de lo privado en viral? La bola de nieve que empezó siendo minúscula fue creciendo hasta alcanzar dimensiones casi distópicas; todo ello gracias a actores y espectadores que, de forma más activa o más pasiva, contribuyeron a su crecimiento.

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Pablo Bariego

Pablo Bariego Carricajo (Valladolid, 1998), graduando en Sociología por la Universidad de Salamanca. Interesado en temas de consumo, medio rural, análisis político, análisis del discurso, teoría política, entre otros.

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