La política de la ilusión: cuando una imagen habla más que mil palabras

Hace unos días, una fotografía de Yolanda Díaz causó un gran revuelo en las redes sociales. A pesar de que conocemos ya el modo de funcionamiento de estas nuevas ágoras digitales, donde la agitación y discusión acaloradas se elevan por encima de cualquier argumento racional con el objetivo de mantenerse en lo más alto de la popularidad, no deja de resultar paradigmático el enorme parecido a otra instantánea de Pablo Iglesias años atrás. En este caso hablamos del todavía profesor universitario y novato caballero de batallas en la arena política española por aquel entonces.

Respecto a la instantánea publicada por el diario El Mundo, a raíz de un reportaje, Yolanda Díaz aparece ataviada con una chaqueta de cuero en actitud desafiante y atrevida. La actitud corporal es positiva, valiente, aguerrida, en definitiva, de “ahora es mi turno”.

Hasta ahí todo normal si no fuera porque en el imperio del meme, la burla o la ironía es el Estado-nación de la discusión. Al cabo de las horas, lo que en otra de las fotografías originales del reportaje era una persiana, que hacía las veces de fondo, los adversarios ideológicos de Díaz no desaprovecharon la oportunidad por bregar su particular lucha de antagonistas: banderas de España, símbolos del comunismo, etc.

Todo vale a la hora de significar un enfrentamiento entre esa tan manida dualidad: Nosotros – Ellos. Pero ¿qué implicaciones tienen las fotografías a la hora de hacer comunicación política efectiva? ¿Es casualidad la coincidencia entre estas dos instantáneas de dos de los principales exponentes de la izquierda española en el último lustro?

Preponderancia de la imagen

En los últimos años, quizá por la incidencia cada vez menos velada de la mediatización, el mundo de la política ha virado hacia aquello que algunos politólogos como Antoni González-Rubí han catalogado como “política pop”. Cada vez más nos estamos acostumbrando a ver a los políticos luchar públicamente por una identificación con el electorado de una manera más visceral a través de lo estético.

El ambiente o el entorno ha pasado a decir mucho más que el propio contenido de las palabras. La preparación de esos ambientes puede convertirse en un factor fundamental a la hora de proyectar una imagen favorable para el político de turno de cara a la movilización de sus blancos electorales.

Sin embargo, en ocasiones, una imagen en Internet ha corrido el riesgo de convertirse en la horma en el zapato de cualquier líder político menos ducho en el maremágnum de los artefactos comunicativos de la actualidad. No es el caso, en mi opinión, de Yolanda Díaz.

Pues a pesar de que han corrido ríos de tinta criticando desde su vestimenta hasta la misma concesión de la entrevista, el hecho de ser la política mejor valorada en la actualidad, con altas cotas de aceptación entre los jóvenes, convierten a la gallega en un filón en las redes sociales para cualquier equipo de comunicación que se precie.

Elementos como vía de escape

Vivimos en sociedades intensamente agotadoras, con unas jornadas laborales interminables y un ritmo de vida excesivamente atronador. Esto, acompañado de multitud de micro factores inherentes a cada estilo de vida particular, ha provocado que cada vez más los individuos nos veamos obligados a denegar cualquier intento de proceso cognitivo intenso.

Como diría el psicólogo estadounidense Daniel Kahneman, nos hemos acostumbrado a pensar con “el cerebro rápido” con el objetivo de alcanzar respuestas rápidas y casi instintivas, que nos impelen un menor esfuerzo a pesar de dejarnos más desamparados al arbitrio del engaño y la manipulación.

La tesis de la manipulación se ha hecho palpable en el caso de Yolanda Díaz durante el día de publicación de la entrevista. Basta con bucear apenas un par de minutos para dar con fotografías alteradas en las que aparece la ministra de Trabajo tras el logotipo del partido comunista o de la bandera española.

Otro gran estudioso del pasado siglo, Walter Lippmann, hablaba de la necesidad de creación de una realidad paralela a la verdadera en nuestras mentes, lo que el intelectual estadounidense denominó como “pseudoentorno”. Esta ilusión lo que nos viene a decir es que ante la inconmensurabilidad de todo lo que nos rodea, el papel de los medios de comunicación se nos presenta fundamental a la hora de trocear aquellos aspectos más relevantes del mundo real. La realidad, por tanto, es una construcción, en tanto queda impregnada por la influencia de ciertas ideas preconcebidas en la mente de los individuos.

Pablo Iglesias, el paradigma del político-celebritie

La imagen que hemos rescatado de Pablo Iglesias data del año 2014, momento en el que el actual político comenzaba a hacerse notar en las redes y plataformas virtuales gracias a la proliferación de programas de tertulia política con altos niveles de discusión y polémica. Estos espacios mediatizados fueron utilizados hábilmente por el expolítico para beber capital mediático con el objetivo de lograr un reconocimiento dentro del campo político, objetivo prioritario del que llegara a ser vicepresidente del Gobierno.

En términos semióticos podemos valorar la imagen con una intención claramente vacilante, provocadora y juvenil. La productora de Iglesias describió el espacio que presentaba en Internet como “un programa político, macarra e irónico”.

Así, podemos analizar la figura de Iglesias en clave del político joven que viene a la arena política tradicional para romper moldes. Sin embargo, una de las características de la imagen mítica es su facilidad por invertir su significado y dirigirse en contra del propio protagonista de esta. Hace falta dominar de principio a fin la distribución de la pieza audiovisual, máxime si esta va a navegar entre las olas incendiarias de las redes sociales.

La política se plantea cada vez más en términos de imagen donde el cuerpo y el gesto del político adquieren cada vez más una alta significación. En el marco contextual de 2014, el Pablo Iglesias motero fue recibido como un agente transgresor e innovador; sin embargo, hoy en día, sería visto como algo disonante y poco creíble. Paralelamente, en el marco de 2021, Díaz se dibuja como el personaje político más prometedor para el sector más a la izquierda del abanico electoral.

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